Poesía mascotera
jueves, 7 de marzo de 2019 · 00:00
Escribirle a los animales que nos acompañan a lo largo de la vida es algo que han hecho grandes escritores y personas que, sin serlo, han sentido la necesidad de comunicarles lo importante de su existencia. En situaciones comunes, cuando caen las gotas del digno sudor laboral o las lágrimas por lo que se ha perdido, suele aparecer echado un perro o un gato para recibir la sal... En tiempos de paz o de guerra... Ellos siempre te pueden arrancar una caricia y hasta una sonrisa
A Niebla, mi perro
Niebla, tú no comprendes: lo cantan tus orejas,
el tabaco inocente, tonto, de tu mirada,
los largos resplandores que por el monte dejas,
al saltar, rayo tierno de brizna despeinada.
Mira esos perros turbios, huérfanos, reservados,
que de improviso surgen de las rotas neblinas,
arrastrar en sus tímidos pasos desorientados
todo el terror reciente de su casa en ruinas.
A pesar de esos coches fugaces, sin cortejo,
que transportan la muerte en un cajón desnudo;
de ese niño que observa lo mismo que un festejo
la batalla en el aire, que asesinarle pudo;
a pesar del mejor compañero perdido,
de mi más que tristísima familia que no entiende
lo que yo más quisiera que hubiera comprendido,
y a pesar del amigo que deserta y nos vende;
Niebla, mi camarada,
aunque tú no lo sabes, nos queda todavía,
en medio de esta heroica pena bombardeada,
la fe, que es alegría, alegría, alegría.
Rafael Alberti
A un gato
No son más silenciosos los espejos
Ni más furtiva el alba aventurera;
Eres, bajo la luna, esa pantera
Que nos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
Divino, te buscamos vanamente;
Más remoto que el Ganges y el poniente,
Tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
Caricia de mi mano.
Has admitido,
Desde esa eternidad que ya es olvido,
El amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás.
Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.
Jorge Luis Borges
Copla para mi perro
Se escucha en la mañana tu ladrido
ansioso de jugar, y tu alegría
ya desde la primera hora del día
invita a un matutino recorrido.
Eres único, perro al que yo cuido
y me cuida. Sin ti queda vacía
mi ánima y corazón. Tu compañía
es de lo mejor que he tenido.
Por ser inseparable esta confianza,
por ser un perro fiel, alegre y tan completo,
te regalo este único soneto
como franco homenaje a nuestra alianza,
porque mientras estés conmigo
se hallará junto a mí el mejor amigo.
Giuliana
A Maula
Sabes todo cuanto pasa en nuestro derredor
Conoces del dolor de los dolores sin flores
Y acudes presuroso en silencio, con destreza
Para ser silencio y decir “presente”
Hasta el nuevo día que seguramente está llegando
Porque si algo eres más que nuestro gato, Maula,
Es la esperanza de que todo va a estar bien
Verte al llegar tranquiliza
Compartir nuestra alegría hecha caricia
Y los mil juegos que nos hacen ovillos
Nos permite gritar con las ventanas cerradas
Para que te quedes un rato más todavía
que sos nuestra familia
Marisa Andrea Cubas
La vida llena de poesía de Paraná, el perro del ascensor
Todavía no es canción como Fernando, el callejero de Alberto Cortez, pero quizás, tal vez, algún día, quién sabe...
Nos cuenta uno de nuestros lectores que lo conoció este último fin de semana que llegó hace algún tiempo a las costas de Rosario, flotando en un camalote sobre las marrones aguas del río Paraná. ¿Cuántos kilómetros? ¿Desde cuál de todos los poblados ubicados aguas arriba? ¿Desde una isla? Desde más allá vino; sobreviviendo, vino, sobreviviendo. Montado sobre las plantas acuáticas, llegó. Y a la vera de ese curso café con leche, el perro al que ahora llaman Paraná, eligió como morada el muelle de pesadores Mitre.
El muelle, la mirada de los pescadores y otros tres perros lugareños lo acompañan ahora, en tierra firme. No es el líder de la “jauría” ni mucho menos. Es uno más, que entró como pidiendo permiso y ahora es parte de la “atracción” del lugar.
¿Por su forma amigable de actuar? Sí. ¿Por el intento de cada momento de no incomodar? También. Pero -dice nuestro querido lector- “lo más increíble es que cuando se cansan de andar por ahí o de estar en un mismo lugar, pasean en ascensor”. ¿Cómo? “Que se pasean en ascensor...”.
La cosa es que en el muelle hay un elevador y los cuatro canes, entre ellos Paraná, van y se suben, hasta que alguien los acompaña en el “viaje” hacia las alturas. Y no se bajan cuando la puerta se abre, sino que esperan a que alguien entre y pulse en botón para bajar. Así se divierten durante unas horas.
Mientras, la gente va y les saca fotos (como la que ilustra esta nota) mientras permanecen dentro del ascensor, los cuatro.
Cuando se cansan de “viajar”, descienden; los tres rosarinos y el que llegó flotando como en un cuento, desde el más allá.
Los Gatos
Lentos
por las aceras,
inmóviles
en las repisas,
aovillados
en los sofás,
nos miran,
nos observan,
nos escrutan.
Llevan
miles de años
haciéndolo.
Y siguen
marcando
las distancias.
Karmelo Iribarren
Chancha
A veces te miro
deambular
perra de tinta
y siento la caricia
del Angel Raúl José
no sobre tu lomo
sino sobre el mío
En tu mirada lánguida
y negra
observo
que me mira todavía
como en aquellos viajes
compartidos
que duran toda la vida
Estuvo en todos
los suplementos
poniendo el lomo
y las canas
y en las mudanzas
y en las andanzas
(medio blender, por favor)
Cómo no ibas a estar vos
Quedate, por favor
Un compañero de El Diario
Callejero
Era callejero por derecho propio,
su filosofía de la libertad
fue ganar la suya sin atar a otros
y sobre los otros no pasar jamás.
Aunque fue de todos, nunca tuvo dueño
que condicionara su razón de ser,
libre como el viento era nuestro perro,
nuestro y de la calle que lo vio nacer.
Era un callejero con el sol a cuestas,
fiel a su destino y a su parecer,
sin tener horario para hacer la siesta
ni rendirle cuentas al amanecer.
Era nuestro perro, y era la ternura
que nos hace falta cada día más,
era una metáfora de la aventura
que en el diccionario no se puede hallar.
Era nuestro perro porque lo que amamos
lo consideramos nuestra propiedad,
era de los niños y del viejo Pablo,
a quien rescataba de su soledad.
Era un callejero y era el personaje
de la puerta abierta en cualquier hogar,
era en nuestro barrio como del paisaje,
el sereno, el cura y todos los demás.
Era el callejero de las cosas bellas
y se fue con ellas cuando se marchó,
se bebió de golpe todas las estrellas,
se quedó dormido y ya no despertó.
Nos dejó el espacio como testamento,
lleno de nostalgia, lleno de emoción,
vaga su recuerdo por los sentimientos
para derramarlos en esta canción.
Alberto Cortez
La historia de Fernando, el perro callejero que retrató Alberto Cortez en la canción, fue recreada de manera magistral por Alba Muñiz para?Mis Animales.
Alba nos ofreció detalles del pequeño peludo lanudo blanco, un animalito que fue adoptado por el pueblo de Resistencia, Chaco, donde hoy tiene su estatua.
Por eso es que sabemos que el can apareció en Nochebuena de 1951, en un bar de esa capital provincial, buscando refugiarse de una fuerte tormenta.
Allí se echó a los pies de Fernando Ortiz, un cantante que, por esas cosas del destino, estaba de paso por la ciudad en la que, desde ese día, se quedó para siempre.
De inmediato, Ortiz se constituyó en su “dueño oficial”, y hasta le transfirió su nombre. El perro se supo ganar el corazón de los lugareños e hizo de la ciudad su casa. Todos querían recibirlo en sus hogares o compartir un rato con él en los bares y restaurantes que frecuentaba, según la rutina que se había establecido: dormir en la recepción del Hotel Colón, desayunar café con leche y medialunas en el despacho del gerente del Banco Nación, visitar la peluquería ubicada junto al Bar Japonés, almorzar en el restaurante El Madrileño o en el Sorocabana, dormir la siesta en la casa del doctor Reggiardo, perseguir gatos en la plaza principal, cenar en el Bar La Estrella y asistir a cuanto concierto se diera en Resistencia, porque -le contaron a Alba- “le encantaba la música” y “se solía sentar junto a la orquesta o los solistas y meneaba su cola en señal de aprobación”.
Pero el 28 de mayo de 1963, frente a la plaza ubicada junto a la Casa de Gobierno, un coche atropelló y mató a Fernando.
Lo lloró Resistencia entera, y su entierro está considerado el más concurrido en la ciudad.
Hoy descansa bajo la vereda de El Fogón de los Arrieros, un centro cultural de la capital chaqueña.
El Gato
De su piel blonda y oscura
brota un perfume tan dulce, que una noche
yo quedé embalsamado, por haberlo
acariciado una vez, nada más que una.
Es el espíritu familiar del lugar;
él juzga, él preside, él inspira
todas las cosas en su imperio;
¿No será un hada, Dios?
Cuando mis ojos, hacia este gato amado
atraídos como por un imán,
se vuelven dócilmente
y me contemplo a mí mismo,
veo con asombro
el fuego en sus pupilas pálidas,
claros fanales, vívidos ópalos,
que me contemplan fijamente.
Charles Baudelaire
Pastor de gatos
Era pastor de gatos y tenía
una larga callada por respuesta.
Las noches las pasaba en los tejados,
jugando con las hebras.
Los gatos y las gatas le miraban,
apoyado en las cuatro chimeneas;
el pastor de gatos se reía
por nada, o mirando a su vecina prisionera.
Era entendido en noches y sabía
sin mirar el reloj la hora que era,
y subía y bajaba su rebaño de gatos
por los campos de tejas.
Algunos aseguran que está loco,
otros que está poeta,
yo, que lo trato mucho,
sólo digo
que es un sabio vestido de princesa.
Gloria Fuertes
A mi perro, Sirio
Oh, sí, lo sé, buen Sirio, cuando me miras con tus grandes ojos profundos.
Yo bajo a donde tú estás, o asciendo a donde tú estás
y en tu reino me mezclo contigo, buen Sirio, buen perro mío, y me salvo contigo.
Aquí en tu reino de serenidad y silencio, donde la voz humana nunca se oye,
converso en el oscurecer y entro profundamente en tu mediodía.
Tú me has conducido a tu habitación, donde existe el tiempo que nunca se pone.
Un presente continuo preside nuestro diálogo, en el que el hablar es el tuyo tan sólo.
Yo callo y mudo te contemplo, y me yergo y te miro. Oh, cuán profundos ojos conocedores.
Pero no puedo decirte nada, aunque tú me comprendes... Oh, yo te escucho...
Vicente Aleixandre
La vida llena de poesía de Paraná, el perro del ascensor
Todavía no es canción como Fernando, el callejero de Alberto Cortez, pero quizás, tal vez, algún día, quién sabe...
Nos cuenta uno de nuestros lectores que lo conoció este último fin de semana que llegó hace algún tiempo a las costas de Rosario, flotando en un camalote sobre las marrones aguas del río Paraná. ¿Cuántos kilómetros? ¿Desde cuál de todos los poblados ubicados aguas arriba? ¿Desde una isla? Desde más allá vino; sobreviviendo, vino, sobreviviendo. Montado sobre las plantas acuáticas, llegó. Y a la vera de ese curso café con leche, el perro al que ahora llaman Paraná, eligió como morada el muelle de pesadores Mitre.
El muelle, la mirada de los pescadores y otros tres perros lugareños lo acompañan ahora, en tierra firme. No es el líder de la “jauría” ni mucho menos. Es uno más, que entró como pidiendo permiso y ahora es parte de la “atracción” del lugar.
¿Por su forma amigable de actuar? Sí. ¿Por el intento de cada momento de no incomodar? También. Pero -dice nuestro querido lector- “lo más increíble es que cuando se cansan de andar por ahí o de estar en un mismo lugar, pasean en ascensor”. ¿Cómo? “Que se pasean en ascensor...”.
La cosa es que en el muelle hay un elevador y los cuatro canes, entre ellos Paraná, van y se suben, hasta que alguien los acompaña en el “viaje” hacia las alturas. Y no se bajan cuando la puerta se abre, sino que esperan a que alguien entre y pulse en botón para bajar. Así se divierten durante unas horas.
Mientras, la gente va y les saca fotos (como la que ilustra esta nota) mientras permanecen dentro del ascensor, los cuatro.
Cuando se cansan de “viajar”, descienden; los tres rosarinos y el que llegó flotando como en un cuento, desde el más allá.
Los Gatos
Lentos
por las aceras,
inmóviles
en las repisas,
aovillados
en los sofás,
nos miran,
nos observan,
nos escrutan.
Llevan
miles de años
haciéndolo.
Y siguen
marcando
las distancias.
Karmelo Iribarren
Chancha
A veces te miro
deambular
perra de tinta
y siento la caricia
del Angel Raúl José
no sobre tu lomo
sino sobre el mío
En tu mirada lánguida
y negra
observo
que me mira todavía
como en aquellos viajes
compartidos
que duran toda la vida
Estuvo en todos
los suplementos
poniendo el lomo
y las canas
y en las mudanzas
y en las andanzas
(medio blender, por favor)
Cómo no ibas a estar vos
Quedate, por favor
Un compañero de El Diario
Callejero
Era callejero por derecho propio,
su filosofía de la libertad
fue ganar la suya sin atar a otros
y sobre los otros no pasar jamás.
Aunque fue de todos, nunca tuvo dueño
que condicionara su razón de ser,
libre como el viento era nuestro perro,
nuestro y de la calle que lo vio nacer.
Era un callejero con el sol a cuestas,
fiel a su destino y a su parecer,
sin tener horario para hacer la siesta
ni rendirle cuentas al amanecer.
Era nuestro perro, y era la ternura
que nos hace falta cada día más,
era una metáfora de la aventura
que en el diccionario no se puede hallar.
Era nuestro perro porque lo que amamos
lo consideramos nuestra propiedad,
era de los niños y del viejo Pablo,
a quien rescataba de su soledad.
Era un callejero y era el personaje
de la puerta abierta en cualquier hogar,
era en nuestro barrio como del paisaje,
el sereno, el cura y todos los demás.
Era el callejero de las cosas bellas
y se fue con ellas cuando se marchó,
se bebió de golpe todas las estrellas,
se quedó dormido y ya no despertó.
Nos dejó el espacio como testamento,
lleno de nostalgia, lleno de emoción,
vaga su recuerdo por los sentimientos
para derramarlos en esta canción.
Alberto Cortez
La historia de Fernando, el perro callejero que retrató Alberto Cortez en la canción, fue recreada de manera magistral por Alba Muñiz para?Mis Animales.
Alba nos ofreció detalles del pequeño peludo lanudo blanco, un animalito que fue adoptado por el pueblo de Resistencia, Chaco, donde hoy tiene su estatua.
Por eso es que sabemos que el can apareció en Nochebuena de 1951, en un bar de esa capital provincial, buscando refugiarse de una fuerte tormenta.
Allí se echó a los pies de Fernando Ortiz, un cantante que, por esas cosas del destino, estaba de paso por la ciudad en la que, desde ese día, se quedó para siempre.
De inmediato, Ortiz se constituyó en su “dueño oficial”, y hasta le transfirió su nombre. El perro se supo ganar el corazón de los lugareños e hizo de la ciudad su casa. Todos querían recibirlo en sus hogares o compartir un rato con él en los bares y restaurantes que frecuentaba, según la rutina que se había establecido: dormir en la recepción del Hotel Colón, desayunar café con leche y medialunas en el despacho del gerente del Banco Nación, visitar la peluquería ubicada junto al Bar Japonés, almorzar en el restaurante El Madrileño o en el Sorocabana, dormir la siesta en la casa del doctor Reggiardo, perseguir gatos en la plaza principal, cenar en el Bar La Estrella y asistir a cuanto concierto se diera en Resistencia, porque -le contaron a Alba- “le encantaba la música” y “se solía sentar junto a la orquesta o los solistas y meneaba su cola en señal de aprobación”.
Pero el 28 de mayo de 1963, frente a la plaza ubicada junto a la Casa de Gobierno, un coche atropelló y mató a Fernando.
Lo lloró Resistencia entera, y su entierro está considerado el más concurrido en la ciudad.
Hoy descansa bajo la vereda de El Fogón de los Arrieros, un centro cultural de la capital chaqueña.
El Gato
De su piel blonda y oscura
brota un perfume tan dulce, que una noche
yo quedé embalsamado, por haberlo
acariciado una vez, nada más que una.
Es el espíritu familiar del lugar;
él juzga, él preside, él inspira
todas las cosas en su imperio;
¿No será un hada, Dios?
Cuando mis ojos, hacia este gato amado
atraídos como por un imán,
se vuelven dócilmente
y me contemplo a mí mismo,
veo con asombro
el fuego en sus pupilas pálidas,
claros fanales, vívidos ópalos,
que me contemplan fijamente.
Charles Baudelaire
Pastor de gatos
Era pastor de gatos y tenía
una larga callada por respuesta.
Las noches las pasaba en los tejados,
jugando con las hebras.
Los gatos y las gatas le miraban,
apoyado en las cuatro chimeneas;
el pastor de gatos se reía
por nada, o mirando a su vecina prisionera.
Era entendido en noches y sabía
sin mirar el reloj la hora que era,
y subía y bajaba su rebaño de gatos
por los campos de tejas.
Algunos aseguran que está loco,
otros que está poeta,
yo, que lo trato mucho,
sólo digo
que es un sabio vestido de princesa.
Gloria Fuertes
A mi perro, Sirio
Oh, sí, lo sé, buen Sirio, cuando me miras con tus grandes ojos profundos.
Yo bajo a donde tú estás, o asciendo a donde tú estás
y en tu reino me mezclo contigo, buen Sirio, buen perro mío, y me salvo contigo.
Aquí en tu reino de serenidad y silencio, donde la voz humana nunca se oye,
converso en el oscurecer y entro profundamente en tu mediodía.
Tú me has conducido a tu habitación, donde existe el tiempo que nunca se pone.
Un presente continuo preside nuestro diálogo, en el que el hablar es el tuyo tan sólo.
Yo callo y mudo te contemplo, y me yergo y te miro. Oh, cuán profundos ojos conocedores.
Pero no puedo decirte nada, aunque tú me comprendes... Oh, yo te escucho...
Vicente Aleixandre