Chau, Lola

Durante unos 15 años los vecinos de un sector de barrio Parque General Paz tuvimos el privilegio de compartir a diario con Lola, una perra galgo que llegó un día a nuestras vidas para quedarse por tres lustros, dándonos cariño y seguridad a quienes vivimos entre las calles San Luis y Reconquista, dominios de este can color champán recorriendo siempre en un tramo de unos 200 metros.

Recuerdo cuando con mi auto giraba en la esquina regresando del trabajo, ella lo reconocía desde unos 60 o 70 metros y corría hacia casa y esperaba al lado del auto la caricia de llegada. Pero Lola recorría cada vecino y dormía, sobre todo en las frías noches de invierno, en la cochera de Cala o en el garaje de Grosso. Todos éramos sus amigos: Pirucha, Chuni, Marta, Tere, Daniel, Elvio, Manucho, mis hijos cada vez que venían a casa y muchos vecinos más.

Comía en varios lados, de casa de Chuni, de Pirucha, de Marta, en mi casa solo los sábados al mediodía. Ella con cada vecino tenía una forma particular de comunicación e interacción en una rutina de 15 años. En casa pasaba las siestas de invierno abrazada por el sol que le permitía estirarse en el medio de la vereda, obstruyendo el paso y sin reparar en los transeúntes que pasaban, siempre con su rutina y recorrido.

A mediados del año pasado desarrolló algunos tumores que la fueron invadiendo. Con el cuidado de todos, pero especialmente de Leandro, el veterinario, superó el invierno, aunque ya con muchos años le costaba caminar y pararse, y la decisión fue con lágrimas y mucho amor.   

Lola fue de todos y de nadie, tuvo una hermosa vida y nos dio felicidad y hasta algo de qué hablar cada día; cada vez que abría la cochera para sacar el auto allí estaba ella, esperando una caricia corta que la ponía muy feliz. Luego, mientras subía a auto le decía “chau, Lola” y ella regresaba para echarse en el pórtico de ingreso. Sí, creo que Lola tuvo una buena vida.

¡¡¡Chau, Lola, hasta siempre, amiga!!!

 

Roberto

 

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