Ultra-trail de Villa Yacanto

El taxista que derrotó a la montaña

Maneja un vehículo entre nueve y 12 horas diarias, entrena dos horas por jornada y acaba de completar los 161 kilómetros de la UTACCH. José Mauricio Beccaria superó el frío, la lluvia y las Sierras Grandes cordobesas en una travesía inolvidable
lunes, 19 de octubre de 2026 · 07:30

El deporte deja trascender, a menudo, historias increíbles de protagonistas que logran desafíos con grandes esfuerzos, más allá de los podios. Una de esas es la de José Mauricio Beccaria, que acaba de completar la distancia de 100 millas en la denominada 15ª edición de UTACCH, disputada entre el 9 y 12 de octubre en Villa Yacanto.

Beccaria tiene 48 años, es taxista y practica running desde hace 11 años. “Tengo 48 años y nací en San Marcos Sud. Me vine a vivir a Villa María hace 15 años. Jugué al fútbol en mi pueblo, era arquero de Club Firpo, desde las inferiores hasta la Primera división, donde era suplente. Cuando me vine a Villa María jugué muchos años en AFUCO, que es un espacio muy lindo”, contó Beccaria en diálogo con elDiario.

 

Entre el volante y la montaña

La fortaleza mental es fundamental para soportar el circuito, la noche y las contingencias. En su relato, contó sus vivencias: maneja un taxi entre 9 y 12 horas durante seis días a la semana y entrena casi dos horas por jornada, seis veces por semana.

La prueba UTACCH contó con la participación de varios corredores locales, pero solo Beccaria participó en la de los 161 kilómetros (o 100 millas), llamada Quya Ultra Trail (“Dama Soberana, Reina de las distancias”), que cruza las Sierras Grandes de los Comechingones con el Cerro Champaquí (2.884 metros) como escenario principal. Esta prueba es considerada una de las tres más duras de Sudamérica.

El primer desafío es terminar y el segundo es no abandonar; el resultado suele quedar en segundo plano, aunque deben completar la carrera en 42 horas como máximo. Beccaria la completó en 39 horas, 47 minutos y 04 segundos, en la categoría de 40 a 49 años, terminando 72° entre más de 140 participantes.

“Tengo tres hijos: Ailyn, de 27; Lorenzo, de 25, y Sara, de 19. Hace 11 años que estoy en pareja con Marcela. Cuando vine a Villa María tuve varios trabajos, hasta que compré un taxi. Arriba del auto estoy entre 9 y 12 horas diarias, seis veces por semana. Uno lo dedico a descansar”.

“Empecé a correr por el Parque Pereira y Domínguez y sentí que empezaba a gustar. Hace 11 años participé de una carrera de 12 kilómetros en Río Tercero, me fue bien y me enganché. Ahí me decidí a dejar el fútbol”, contó.

“Entreno con Damián Cassagne en La Costa Run. Primero empecé con un profe de Jujuy, a distancia, que me acomodó la alimentación. Con Damián nos hicimos amigos. El running está en auge, no es una moda, vino para quedarse. Al tener las Sierras cerca, vamos a entrenar los sábados al Pan de Azúcar, a San Agustín o a San Javier”.

 

Logística y adversidades

“Desde hace dos años me enfoqué en distancias más largas. Este año hice dos de 60 kilómetros, la Champa Ultra Trace y La Cumbrecita; y ahora esta, de 161. En las carreras de montaña llega la noche y es lindo tener a alguien de compañero para ir tirando juntos. Cuando uno corre en la montaña, vas charlando con el compañero que está adelante o los que están atrás. Se te pasan los kilómetros y es más llevadero. La montaña te elige para venir a correr acá. No es que vos la elegís, ella es la que te elige”, destacó.

Sobre la logística, contó: “Eran muchos puestos de hidratación, uno cada 10 o más kilómetros. Hubo 14 puestos y uno podía tener tres bolsones de recambio con ropa y comida en los kilómetros 66, 110 y 135. Uno viene muy mojado por la transpiración, pero además nos llovió todo. La lluvia, el frío, muchas adversidades”.

“En la montaña te puede pasar de todo. En el kilómetro 22 me caí en un arroyo. Y en el 29 se me rompió uno de los bastones entre las piedras. Me quedé mojado hasta el kilómetro 66 y con un solo bastón casi toda la carrera. Todavía me faltaban 100 kilómetros”, relató.

“De noche, bajando del Champaquí en un tramo muy técnico, me caí y se me rompió la linterna frontal. El chico que venía atrás me prestó una. Ese es el nivel de compañerismo en la montaña”, relató.

“Para inscribirte tenés que corroborar que corrés distancias largas, un currículum que te pueden aprobar o no.  Largamos a las 11 de la mañana del sábado y llegué el lunes a las 2.30 de la mañana. Casi un día y medio dando la vuelta. La parte más dura fue del kilómetro 100 al 152. De Villa María fuimos 12 corredores en distintas distancias; en la de 161 fui el único”.

 

La planificación

“Yo preparo la prueba mental y físicamente. La planifico en un papel puesto a puesto, con una frase motivadora. Para vencer la montaña hay que tener mucha cabeza.  Empecé a planificar la carrera en diciembre pasado. Avisé en mi casa lo que quería hacer y mi pareja me apoyó. Es para que sepan que me iba a faltar tiempo para la familia, para visitar a mis hijos. Pero ellos sabían que correr esta distancia era algo que, tarde o temprano, iba a llegar”, contó.

“Siento que tengo mucho para sacar, para dar. Y lo más importante para mí es la persona que tenés al lado; el profe Damián que confía en mí y que me preparó y me dio su apoyo. Además, la pareja que uno tiene, que te apoya que no puedas compartir una salida, porque uno va a entrenar el sábado a la montaña. Hay un montón de cosas que uno va dejando de lado para hacer esto”, añadió.

“En la semana hago running cinco días y dos voy al gimnasio. Empiezo con el taxi a las 6 de la mañana, a las 10.30 desayuno y sigo hasta las 14. Entreno hasta las 16, vuelvo a casa, me ducho y subo otras tres horas al taxi. Los días de velocidad me levanto a las 5, corro en el Polideportivo y salgo a trabajar. Tengo claro el objetivo”, contó.

“Para esta carrera no se entrena en un año, empecé hace 11 años. En el chaleco llevo agua, geles, botiquín, rompevientos, un sándwich, caramelos y el reloj Garmin. Y en los tres bolsones pongo ropa limpia y repuestos. Me ocupé mucho de esta carrera, no podía fallar”.

“En mi pueblo los amigos me llaman Pipa, para el resto soy José o Mauricio. La montaña te elige para venir a correr, vos no la elegís. Es una de las tres carreras más difíciles de Sudamérica. Cuando cruzás el arco te sentís un privilegiado por afrontar semejante desafío”, narró.

“Me costó, sufrí, me golpeé, pero nunca pensé en abandonar. Volví el lunes y el martes ya estaba trabajando con los pies hinchados, me tuve que ir a Córdoba; el trabajo es el trabajo. Somos muy amateurs, nos pagamos todo nosotros”.

Llegó raspado, golpeado, fatigado y sin batería en el celular. “Algunos se preocuparon hasta que me vieron llegar. Me estaban esperando mis compañeros. Fue muy emotivo, muy fuerte todo. La disfruté. No me acobardó la distancia”.

“Ahora descanso hasta noviembre para encarar el 2027. Me gustaría hacer alguna carrera afuera, en Brasil, Uruguay o Perú. La primera carrera del 2027 podría ser la Run Altas Cumbres, de 60 kilómetros. Hasta el próximo año no tengo ninguna carrera agendada, aunque nunca se sabe”, finalizó.

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