ARG opinión
Gloria y loor a la selección argentina
Escribe Walter Vargas
Y claro. Doler, lo que se dice doler… doler, duele.
Cómo no va a doler haber llegado a tocar la puerta del bicampeonato del mundo de la mano del inmenso Gringo Scaloni y del pibe más pibe del plantel? Lionel Andrés, Leo, pa lo que guste mandar. El Pibe-genio.
Sí, sí, claro que lo sabemos. Remontar con baile versus England nos había producido un éxtasis que ni la droga más moderna podría desatar: el éxtasis del corazón. Ese éxtasis que no se ve en ningún electrocardiograma.
Ese éxtasis que te sube a una alfombra mágica y te lleva a volar por el mundo agitando una bandera albiceleste con una sonrisa más redonda que la mismísima número 5.
Sí, sí, claro, campeones del mundo hace cuatro años y finalistas hoy supone un real que colorea sueños, un colorido sueño que se ha vuelto real. Sublime.
De modo que ahora no seremos oportunistas, olvidazos, ¡ingratos! Ingratos, jamás. La gratitud es un valor supremo de las personas de ley.
Ahora, escrito lo escrito, dicho lo dicho, sinceridad brutal: doler, duele.
Doler, duele, mucho, por una razón de lógica formal, si queremos y podemos verlo así: el golpe de una esperanza frustrada es proporcional a la dimensión de la esperanza. Y la esperanza del bi era masiva de toda masividad. Una esperanza crocante, crepitante, florecida primavera del alma en la negrura del otoño.
Por eso, a no esconder las lágrimas debajo de la alfombra. Lágrimas no es lo único que hay (ya volveremos en el desenlace de estas humildes sensaciones puestas en letra de molde).
Lloremos, pues, como proponía llorar aquel hermoso poema de nuestro Oliverio Girondo: “Y entretanto lloremos tomados de la mano… Lloremos. ¡Sí! Lloremos llanto verde. Sustancias minerales, azufre, mica, arena, cristales fracasados, humilladas tachuelas, ardientes lagrimones de lacre derretido…”.
Entretanto lloramos, Oliverio, pero como el niño perdido en el bosque no deja de buscar mariposas, aceptamos la derrota frente a un señor equipo, un equipazo, un campeón cabal, sin declinar un tranco de pollo las emanaciones de la gesta del miércoles en Atlanta que devinieron una Argentina feliz como hacía tanto que no constaba en actas. ¡Y tanta falta que nos hacía!
(Ayer, en New Jersey, fue otra historia. Ya no había piernas, oxígeno, combustible de reserva).
Se ha perdido, se ha truncado un sueño, con todos los honores, que no sabemos cuántos son, pero que son muchos, son muchos.
El honor de haber regado la cancha de sudor. Al borde de la extenuación.
El honor de haber agotado todos los catálogos y todos los manuales para neutralizar al rival: la estrategia (el fin nodal: impedir que Rodrigo y España manejara la pelota a sus anchas); la táctica (presión alta, presión tras pérdida, salida de contra con pelota al ras y bisectrices difíciles de localizar), la técnica (toda la soltura posible del Pibe-genio para que zurda multiplicara los panes y distribuyera, más la contribución de unos cuantos más de pie fino: Enzo, Julián, etcétera) y, sobremanera mantener la epidermis encendida lloviera o tronara, hasta que juez esloveno hiciera sonar el pito las tres veces del the end.
(De eso se plasmó poco o nada. Más nada que poco. Alcanzar, hoy no alcanzó ni de lejos. Los otros eran muy buenos y se ve que la alcancía propia ya estaba llena).
El honor, en fin, de recompensarse a sí mismos y de recompensar el amor que un pueblo, con absoluta justicia, les había ofrendado sin retaceos.
Muchachos de la selección argentina: nada les ha faltado para ser lo grande que han sido, que son.
Ahora honremos la etimología de la palabra “gracias”, que entre otras cosas abraza la definición de “agradecer lo recibido”.
Agradecemos lo recibido mientras enjugamos las lágrimas y a la vez burbujea la dicha de lo atesorado.
Leo: nostalgias de la locura más cuerda que ha existido.
Sean eternos los laureles.
