Enfoque

Emocionados y Emocionantes

Argentina demostró que para derrotarlos hacía falta mucho más...
jueves, 16 de julio de 2026 · 08:30

Escribe Walter Vargas (Especial)

Se festeja, y cómo se festeja, porque, sabrán perdonar el autoplagio, estos tipos juegan emocionados y emocionan.

Se festeja como se festeja. Hasta la última sonrisa, hasta la última lágrima y hasta el pie mismo de la extenuación.

Repongamos lo ineludible, el porqué de esta hermosa locura. Por estos lares, desde La Quiaca hasta Ushuaia, el fútbol es algo mucho más trascendente que un tema de conversación. Por estos lares, el fútbol es un vector identitario de aquellos. Y esta selección, qué te voy a contar. Te lleva el corazón a una coctelera sabrosa, dichosa, primorosa.

Ya lo había dicho un filósofo alemán del siglo XIX: lo que no mata, fortalece. Y esta selección ha hecho oportunidad del riesgo y vitamina de la adversidad. ¿Con temperamento, pujanza, templanza? Con todo eso, desde luego, pero esta vez, con el juego que mejor juega y que más le gusta. Pelota al pie, “tomala a vos - dámela a mí”, combinaciones.

Un malón gaucho, sincronizado y angelado.

¿Inglaterra? Inglaterra hizo el partido que pudo y supo a favor de un enorme despliegue físico y la tácita esperanza de que el vigente campeón mundial daría el ausente sin aviso.

Qué va. Otra vez será, muchachos de los leones en el escudo. Los leones de carne y hueso estuvieron en la cancha y heridos por un gol recibido de la nada (doble error de Tagliafico allá y Molina acá: las rebeldes goteras de la defensa que se obstinan y se obstinan) volvieron a sacar pecho y dejaron clarito como agua e’ tanque que solos no iban a perder. Que para derrotarlos se necesitaba mucho más.

Una confesión de este humilde cronista: el saber popular va cantando verdades que los oídos se niegan a escuchar y el fuerte verdor de la esperanza se convierte en un arco iris capaz de abarcar todo lo que llegue a rozar el horizonte. Cuando faltaban veinte, el cronista sentía el pecho latir al ritmo de goles de los azules que, en ese momento, no se veían por ningún lado.

La verdad estaba ahí. Agazapada. Esperaba. Reposaba. No le importaba que la desecharan.

Si tiene cuatro patas, es peludo y hace guau, clavado que es un perro. El empate se veía venir. El segundo gol se veía venir. Y de una manera novedosa en el vasto catálogo del Pibe-genio: centro-asistencia milimétrica con la pierna de apoyo.

Además, ya que estamos con Messi, transpirado hasta los tuétanos, en minutos de defender lo cosechado luchó como cualquier hijo de vecino. Tapó, recuperó, creyó más de lo que ya había creído. Que era un mundo.

(Por cierto, ¿de verdad el domingo será la despedida de Messi y la Albiceleste? Ojo: con los marcianos nunca se sabe).

Una conclusión desapegada, de pretendida objetividad periodística: la última media hora de ayer resultó la expresión futbolística más elevada del Mundial.

Una prédica con el alma en la mano: muchachos de la mejor selección argentina de todos los tiempos, el domingo irán por una redundancia celestial: la gloria de la gloria.

Pero si la taba llega a ser adversa, que lleguen con porte de campeones del mundo, con todos los honores.

Total, bronce ya tienen como para hacer dulce.