Especial Argentina
O juremos con gloria vivir
Escribe Walter Vargas - Especial para elDiario
Hagamos las cuentas provisorias: Argentina ya ha hecho un Mundial extraordinario.
¿Cómo y por qué bajar el precio a un campeón vigente que cuatro años después se mete entre los mejores de la mano de un líder de 39 años?
Argentina, logro consumado, jugará ocho partidos. Ya ganó seis de seis y ahora, en el peor de los casos, el sábado irá por el tercer puesto.
Lo del miércoles, entiéndase, es un regalo del destino. Como dirían los españoles, a no rizar el rizo. A no dar vueltas: una semifinal versus Inglaterra es un hecho histórico y grato en sí mismo. ¿A quién, a quiénes se les ocurriría desdeñar un gran acontecimiento con la debida distancia del desenlace? Ya lo supo cantar José Larralde: si no existiera el no, el sí estaría de más.
Estos tipos, sea dicho, tienen más vidas que el villano de Terminator II. Los voltean, bordean la desintegración, se levantan y van con más energía. Una hermosa locura. Epidemia de la buena.
Particularidades de la pulseada contra los helvéticos:
Esta vez el pibe-genio no salvó al colectivo. Esta vez fue al revés. El colectivo se salvó a sí mismo y de paso salvó al pibe-genio, que a falta de inspiración, seamos justos, en ningún momento se escondió debajo de la cama.
Esta vez, la diosa fortuna sí jugó con prístina claridad. Un nuevo paradigma reglamentario sacó de la cancha a un rival y modificó de raíz el curso del partido. Sucedió a 18 minutos de que cayeran las cortinas del tiempo reglamentario. Embolo, que juega fenómeno, estuvo obligado a ducharse por una inocente simulación cuando ya estaba apercibido.
Y es cosa bien sabida que entre muchas aristas sustantivas, el fútbol tiene sus propias leyes cromáticas. En el fútbol, amarillo más amarillo no da amarillo: da rojo.
Hasta entonces, a sacarse el sombrero por Suiza, un once ordenado, físico, raspador, pero tampoco peleado con la redondez de la pelota, se sintió cómodo a despecho de que lo habían dejado 0-1 en el primer cuarto de hora. Argentina jamás había podido manejar la renta y se veía obligada a jugar más en el campo de acá que en el de allá.
Sería injusto, sin embargo, omitir las plausibles señales que ya habían dado unos cuantos. Para empezar, Julián, un maratonista de más de 42 kilómetros que cuando las papas quemaban no calibraba el juego interior y Don Penales asomaba la cabeza, hizo un gol de los que acostumbra desde pibe en Calchín. Nunca uno como esta belleza que cotiza en la Bolsa de Tokio.
Después, se notó un Dibu más seguro (en el gol suizo, hizo lo que pudo), un Lisandro de regreso, un Cuti empujador, un Paredes de pelota limpia y algún otro que acaso se le escape a la enumeración del cronista. Ah, por cierto, ¡pues claro! Thiago Almada, el desfachatado que abrió caminos y ayudó a despeinar a la defensa del país de los relojes y los chocolates.
¿Jugar bien? No. La selección no jugó bien, no resistió la prueba de la blancura. Careció de solidez en el mediocampo, y abundó en ataques de montañas de pases sin desenlace de mecha encendida.
¿La selección está jugando como un candidato al bi? Con una mano en el corazón: no. Lleva cuatro partidos con goteras en el techo de la defensa y tampoco es que genere una docena de situaciones de gol. Y eso ante rivales que en los papeles no dan para sentarse en su mesa.
¿Y entonces por qué está dónde está?
Porque la jerarquía no baja a raudales de su manantial, pero que para sofocar la sed, alcanza.
Y porque a despecho de que se ve como a una selección cansada, ajada, permeable, atropella meta ponchazo y ponchazo, como los gauchos de Güemes.
Sin overol, no sirve. Sin sufrir, no sirve. Sin dramatismo, no sirve.
Esto es el fútbol, señoras y señores. La arena en la que veintidós guerreros persiguen la apetitosa zanahoria de la épica.
En 48 horas, con cuchillo y tenedor en la mano, el equipazo inglés del crack Jude Bellingham con el Ciudadano Kane a la cabeza.
Pasar a la final demandará jugar un partido de película.
