ESPECIAL - Argentina

Mi único héroe en este Lío

jueves, 18 de junio de 2026 · 09:02

Cuando terminó el partido, uno de la rueda de prensa le preguntó por qué a su edad sigue así de activo y el tipo respondió: “Porque me gusta jugar al fútbol”.

Salvo la dicha familiar, ¿habrá algo que le guste a Messi más que jugar al fútbol? Negativo. Si lo hay, no se nota, por más que sus detractores aludan a una supuesta adicción a la acumulación de billetes verdes.

Bastará con echar un vistazo a su biografía para tomar nota de que el águila de los negocios es el padre de Messi, y no viene al caso cuánto se somete el jugador a las características y haceres de la persona que lo engendró.

A un puñado de días de cumplir los 39, Messi corre tras la pelota con la felicidad atada a los pies y resulta que debuta en su sexto Mundial y hace lo que hace. Un pibe genio de 38 años. Eso es.

Ahora, el cronista prefiere salir de la cháchara adjetivadora porque, aludida su genialidad, todo lo demás es cartón pintado.

Añadamos un dato duro: busquemos hasta en el último rincón de los archivos y no encontraremos en la mismísima Historia otro deportista capaz de mantenerse en el alto nivel dos-décadas-dos.

De la pulseada en Kansas versus los magrebíes, eso sí, se hace notar una conclusión que, según se mire, es auspiciosa o inquietante: esta vez ni asomo del equipo aceitado, rocoso, de tenencia holgada y perfumada, etcétera. Del equipo que, de tan buen equipo, ahorra energías a su as de espadas y dispensa liberación para que ese as desequilibre.

La selección dependió del 10 hasta lo inimaginado.

Salvo Rodrigo De Paul, ese pendenciero indispensable que corrió la cancha mucho y bien y metió un pase perfecto en la jugada previa al primer gol, ninguno anduvo en un gran nivel y varios en un nivel siquiera bueno.

Tal vez sea justo reponer la pétrea eficacia del Cuti Romero, con la salvedad de que Argelia tuvo mucho tiempo la pelota, mucho y bien en la primera puntada, en el bordado, en el hilván, pero conforme se acercaba al área argentina se derretía como un helado en el Sahara.

De modo que, aplacada la onda expansiva del júbilo que nos regaló el que te dije, con la consabida esperanza de que en las tenidas de plata o nada por lo menos se parezca al del martes (con un 50 o 60% hay que firmar con las dos manos), queda como pagaré impago lo que ha sido la marca en el orillo de la era Scaloni: una selección bien parada y bien movida.

Los austríacos, que a las tres de la mañana argentina se obstinaban en aplastar a unos abnegados e inocentes jordanos, serán la medida exacta de este tramo.

Austria está mejor estructurada que Argelia, juega un fútbol más físico y más directo, más apegado al pasar por caja que al pasear por la peatonal.

Pues bien: esa Austria, oponente mejor alimentado de la primera fase y, por lo tanto, más peligrosa para una selección que todavía está lejos de su punto de cocción, entusiasma porque ya se sabe que mucha de la gloria del ganador está vinculada con la entidad del perdedor.

Dicho lo dicho, si llegara a pasar que a Messi se le ha ocurrido andar por el Mundial en la procesión y en la campana meta sacar conejos de la galera, tampoco será cuestión de contradecirlo. Cosa de él.