El caudillo del fútbol
El verdadero Chacho Peñaloza fue uno de los caudillos más grandes de La Rioja.
Es el mismo apodo que eligieron para Jorge Peñaloza, nuestro Chacho futbolero, y no pudo haber sido más justo.
El técnico que ganó de todo en la Liga fue también un caudillo inolvidable de estas tierras, un tipo sincero, de poco hablar por la calle, pero de muchas palabras en las charlas técnicas, que cientos de jugadores pueden recordar con cariño.
Una tarde de calor, en Chilecito, precisamente en La Rioja, Chacho organizó una charla previa a la que tuvimos acceso los periodistas. Su Yrigoyen, de Tío Pujio (tal vez una de sus creaciones más gloriosas como DT), jugaba ante el local, Defensores, por un torneo nacional. Eran los 90.
Con pizarra blanca y fibrón azul, Peñaloza se movía como si estuviera en cancha, hacía ademanes, subía y bajaba la voz, miraba a los ojos a cada uno de sus futbolistas y, en casi una hora, alimentó con sus ideas a un plantel cargado de experimentados que supieron ir “a una batalla” para rescatar un buen resultado en un reducto dificilísimo.
La felicidad posterior del Chacho, arriba del colectivo en el largo viaje de vuelta, daba cuenta que nada le había faltado, mientras pensaba en lo que vendría.
Así fue también cuando dirigió a Alumni para consagrarlo en Córdoba. Y así continuó en la Liga, incluso cuando, ya jubilado de EPEC, asistía al gimnasio del profe Morello y, entre bicicleta y mancuerna, se la pasaba hablando de algún jugador, de la Liga, de algún partido o una situación puntual en la cancha, de la misma manera que lo hacía en el café céntrico con su amigo, la Pepona Reinaldi, con quien compartió equipo en una época inolvidable de Unión Central. Su estilo era único. Por eso ganó tanto.
Con sus ojos claros profundos, una sonrisa de lado y una pose de jugador en cada lugar donde estuvo, el Chacho irradiaba una energía ganadora, mientras te saludaba sin olvidar la palabra “Nene”.
“¿Qué hacés, Nene?”; “Vení y jugá por acá, Nene”; “Neneee, pegale al arco”… Un sello.
Así como el maestro Mario Requena, se podría decir que Jorge Peñaloza fue un “señor fútbol” de Villa María. Un faro que iluminó tanto que, incluso en su pérdida, ya dejó señalada una ruta, después de marcar una época.
