Liga Argentina / Último partido
Una final de lágrimas y aplausos
El cierre en el Salón de los Deportes no fue el soñado, pero dejó una huella difícil de borrar y alienta a seguir por el camino. El público reconoció el esfuerzo, en un estadio con más de 3.500 almas. Fue el espectáculo de básquet más taquillero de la historia en la ciudadResulta muy difícil hallar en los frescos antecedentes deportivos algo semejante a lo que suscribió Ameghino en estas últimas noches de otoño.
No hay prácticamente registros de esa imagen repetitiva del público colmando un estadio dos noches en una semana, otras dos noches en la otra y así hasta el desenlace de la temporada.
Haber despertado al corazón de un equipo que dio pelea hasta el final, fue casi como un imán para una ciudad que anoche sintió al León en sus entrañas, tanto que el resultado negativo no impidió los aplausos de agradecimiento y el acercamiento del público hacia los jugadores abatidos, para darles ánimos con una palabra o, simplemente, con un abrazo.
Cuando entendieron que los grandotes también lloran, muchos aumentaron las palmas y hasta acompañaron con lágrimas.
No era para menos.
La fiesta en el Salón de los Deportes no podía ser un velorio, sino simplemente soltar la bronca para redoblar la apuesta.
Desde temprano, el Salón estaba pintado de gente para las emociones, cualquiera sea.
Largas filas de autos estacionados sobre el bulevar España (al menos por seis cuadras, de lado a lado), ya se veían una hora antes del inicio del encuentro.
“Esta gente no va a entrar”, advertía Pedro, un viejo simpatizante de todo el deporte local. Pero la gente entró, como pudo.
Con el correr de los minutos, hubo algunos sentados en el piso hasta en la zona del parqué, pegada a la cancha principal. También estaban los que se sentaron en el piso de las tribunas, como abrazados al paravalanchas de la Bombonera.
Las entradas se habían agotado un día antes, por lo que hubo que armar rápidamente un fan fest, con una pantalla gigante entre la puerta principal y la puerta 3 del Salón. Y?allí también hubo, en un momento, 500 personas observando el partido.
Indigestión
Un termómetro fueron los vendedores instalados con los foods trucks, a pocos metros del ingreso al Salón.
“Está por terminar el primer tiempo y me estoy quedando sin la golden”, reveló quien despachaba las jarras de cerveza tirada, a mil pesos cada una. Mientras, al lado había filas para comprar un cono de papas fritas.
La zona explotó con el final del primer tiempo, por lo que hubo quienes se perdieron una gran parte del inicio del segundo, esperando retirar el trago o la cena. Entonces, cuando reingresaron a la cancha, se toparon con una diferencia en el tanteador que parecía irreal, a favor de Zárate.
Esa diferencia terminó siendo la clave del partido decisivo, el que rompió los récords de presencia de público en un espectáculo de básquet en la ciudad.
“Ojalá que no le aflojen, esta gente se lo merece”, contaba un dirigente de fútbol, al retirarse del estadio con su familia.
Otra gente relacionada con otros deportes como el Panadero?López, presidente de Alumni,?alentaban a “apoyar estos proyectos que ya llevan más de una década”.
Dirigentes políticos, de todos los colores, también observaron el juego y el espectáculo, al igual que grandes empresarios de la ciudad.
En ese sentido, fue una página clave porque Ameghino, más allá del resultado, demostró que el deporte en la alta competencia también fortalece el sentido de pertenencia, ese que cada villamariense sintió con orgullo, mientras sufría o disfrutaba, según el destino de una pelota circulando un aro.
Lo mismo sintió ese puñado de hinchas de Zárate que se quedó celebrando hasta la medianoche, un ascenso histórico para su ciudad.
Pasar “el duelo”
Mientras observaba celebrar a los ajenos y llorar de tristeza a los propios, un hombre del club reflexionó: “Habrá que pasar este duelo, sabiendo que siempre hay revancha”.
Otra frase se puede extraer de una película que habla del deporte y sus objetivos: “A veces un ganador es un soñador que simplemente no se rinde”, decía el guión de “Rudy, reto a la gloria”.
De eso aprendió Zárate. Y en eso andará Ameghino, al que hoy solo queda agradecerle.
