EL FÚTBOL QUE INSPIRA / LA REACCIÓN DE UN ESCRITOR ANTE LAS LÁGRIMAS

Los tatuajes del alma

La selección argentina marca un gol. La hinchada delira. Una de las personas que hacen seguridad continúa cumpliendo con su consigna de no mirar hacia el campo de juego, sino hacia el público. Estalla el grito de “Muchachos...”. Y él rompe en llanto...
jueves, 30 de marzo de 2023 · 09:13

Apenas sus ojos distinguieron los colores, descubrió su cuna pintada de celeste y blanco, a sus pañales los cruzaba una línea celeste y el  biberón imitaba una pelota de futbol, de las antiguas, con gajos y tiento.

A los cuatro años entró de la mano de su padre al club de fomento barrial Glorias Argentinas, la camiseta gastada se adhirió a su piel, la tintura, que desteñía, mezcló sus pigmentos con su transpiración. Al regresar a su casa, su piel tenía los colores tatuados; sería su ropa para siempre.

En cuarto grado tuvo dificultades en el colegio, en Geografía, los mapas de toda América los pintaba de celeste y blanco.

Lograron que incorporara el marrón para los desiertos y las montañas, y el verde para los bosques. Eso fue todo. Una exigencia más pondría en crisis su identidad.

A Nora, su primera y única novia, la invitó en la primera cita a una charla sobre la ley del offside. Ella, agradecida, le regaló un banderín de córner.

Abandonó pronto sus estudios. El club era su presente,  su corto pasado, y desde allí creía ver el futuro.

“Parado frente a la multitud, de espalda a la cancha, con la pechera amarilla, recordó el lenguaje de ese mundo al cual pertenecía y que, ahora, debería interpretar sus emociones para ‘ver’ el partido”.

No le importaba tener estudios; su vocación  no la necesitaba, tenía las virtudes naturales para ella: atención, táctica, estrategia y anticipación de la jugada, además de buena cintura y anulación del atacante.

Quería ser personal de seguridad en una empresa privada, en el cuidado de la plataforma marina en el sur, atrapando los pesqueros asiáticos.

Don Gervasio lo contrató en el mismo día. A la semana estaba en el sur, navegando en un patrullero, según la estrategia de ataque de los barcos piratas, él planteaba un 1-5-5, un 1-9-1, y algunas veces, ante el ataque a todo y nada del enemigo, supo usar un 1-10.

El tiempo, las extrañezas, el club, su amor por Nora, después de muchos años, lo trajeron de vuelta.

Don Gervasio lo citó urgente. Lo apreciaba.

Nos toca cubrir la seguridad de la presentación de la selección campeona del Mundo; el universo nos estará mirando, le dijo, y agregó: tengo una buena noticia y una regular.

Como personal de seguridad, estará en la cancha ese día.

Don Gervasio carraspeó.

Su vigilancia será de espalda a la cancha, mirando la tribuna.

Parado frente a la multitud, de espalda a la cancha, con la pechera amarilla, recordó el lenguaje de ese mundo al cual pertenecía y que, ahora, debería interpretar sus emociones para “ver” el partido.

En ese lenguaje emocional, los insultos eran un faul, en el “uuuuuy” había pelota de tiro libre rozando el palo, en el silencio y las manos en posición de rezo, el arquero patrio sacaba una pelota imposible.

Se demoraba el gol, gritó el travesaño golpeado por la pelota y, en el rebote, corriendo desde el fondo de la caverna del hombre primitivo, un alarido gutural estalló en toda la cancha.

Un rayo del centro de la tierra subió por su dedo gordo, desarticuló su cadera, descompensó su presión y la válvula salvadora del llanto apareció en el momento en que una bandera negra se ofrecía como mortaja.

Y no giró. Su hijo corrió, lo abrazó y le entregó la sudorosa camiseta del triunfo.