Opinión

Primero hay que saber sufrir…

viernes, 9 de diciembre de 2022 · 08:38

Escribe Víctor Álvez

 

Jugamos como vivimos”, respondía un hincha argentino después de sufrir en el partido contra Australia. Y si el fútbol es representativo de nuestra idiosincrasia, algo tiene que ver, ¿o no?. 

Los “brazucas” tienen su “jogo bonito”, bajo el ritmo del “Rey Momo”, con el picadito en las playas de Ipanema y “cabeceaditas” en los pasillos de La Rocinha (La favela más grande de Latinoamérica).

Los ingleses, tan pulcros y ordenados, tácticos, racionales y precisos como el té a las cinco de la tarde. Los franceses, de fútbol vistoso y elegante, principesco, con el aporte paterno de sus colonias ancestrales. Los portugueses, con sus panteras negras mozambiqueñas, con Eusebio abanderado y un toque de orden europeo.

Croatas y serbios, de tez blanca, con inviernos duros, y el lastre de su separatismo de la ex-Yugoslavia, para buscar su identidad envueltos en su bandera.

Países Bajos, el conglomerado “orange”, “La Naranja Mecánica” bajo el legado de Johan Cruyff, esforzado país que le ganó terreno al mar y escenario de una invasión Nazi. Tácticos, organizados y austeros.

Los marroquíes, representativos de los países árabes, musulmanes que enarbolan la bandera palestina, desperdigados en el mundo, volvieron a su geografía para honrar a sus raíces.

La euforia mundialista se ha vivido intensamente en todo el territorio nacional  

¿Y los argentinos?

Los argentinos, “rara avis”, habitantes del mundo al que una encuesta mundial ubicó entre los cinco mejores jugadores del mundo a tres nacidos esta región del mundo: Diego Maradona, Alfredo Di Stéfano y Lionel Messi, en compañía de Pelé (Brasil) y Johan Cruyff (Países Bajos).

“No hagas tango…”, dicen los mexicanos para caracterizarnos por esa tendencia a lo trágico, traducido (mala onda). Enrique Pinti nos definía como una mezcla de italiano -por lo chantas y expresivos-, de españoles -por el sentido trágico-, y llorones, por los judíos.

Así como también en la expresión cultural, como el tango, Discepolín decía que es un sentimiento triste que se baila. De la euforia a la depresión, de los mejores del mundo al país de mierda. Y aquel partido del 86 con los ingleses, con un gol con la mano para retratarnos como tramposos y un segundo de una excelencia inolvidable.

Los segundos en asistencia a Qatar, cercanos a una hiperinflación y peligro de una devaluación, los críticos de un Messi que no cantaba el himno. Ambiguos, criticones, quejosos, inmaduros, nos gusta vivir sobre la cornisa, estamos bien y dilapidamos, estamos mal y la culpa la tiene el otro. Por suerte, a Lionel le gusta jugar a la pelota y no es un profesional del fútbol. Hoy, seguro que vamos a sufrir ante Países Bajos, pero va con nuestra idiosincrasia, porque nos gusta sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin sentimiento, Chan-chan.