MUNDIAL DE FÚTBOL/Qatar 2022

El campito, la cochera, el Dorado y un intento de explicar la Scaloneta

miércoles, 7 de diciembre de 2022 · 08:30

Escribe: Javier Morello*

 

Esta historia comienza en El Campito, una canchita de fútbol arenosa ubicada donde hoy está Epec: Buenos Aires y 25 de Mayo, a la vuelta de mi casa, ahí donde tantas tardes yo esperé mi turno para jugar al fútbol.

El Campito era pura arena, y había un solo arco. Si viviste en Villa María, te acordarás.

Millones de rodillas raspadas  en esa arena dura, poco amigable.

Había un arco, decimos, y el otro: dos cascotes, o dos remeras.

El Campito estaba rodeado por una especie de paredes pequeñas de menos de cuarenta, cincuenta centímetros. Creo recordar que alguna vez la iniciativa municipal las pintó de amarillo.

Quedaba ahí nomás, y los partidos duraban hasta bien entrada la tardecita.

 Lo primero que no entendí y es tanto lo que no entiendo del fútbol y de la vida, que el dato es casi irrelevante, era  cuándo comenzaban o terminaban los partidos. Yo iba, me sentaba en la parecita esa, y esperaba. Y de golpe terminaba un partido y empezaba otro.

Y yo soñaba con entrar.

El mecanismo para entrar, sobre todo en las -llamémosle- divisiones inferiores, era la pisadita.

Los más grosos, los caudillos casi indiscutidos, caminaban como en una película de Trinity: uno hacia el otro, los dos mejores, sabiendo que lo eran, por el centro del Campito. Que con toda su arena ayudaba a sentirse parte del spaghetti western.

En una media luna rodeábamos los aspirantes, poniendo nuestra mejor cara de bueno, de malo, o de feo, tratando de entrar en ese casting salvaje.

Los dos más grosos caminaban para encontrarse. Canchereaban, hacían pasos largos, pasos cortos, esos eran por consenso los  trucos que se podían practicar.

Cuando digo grosos, no es que eran los mejores jugadores, eran buenos, estaban entre los mejores, pero además sumaban algún detalle carismático que hacía que bastaran sus nombres y sus estampas para pararse allí, en medio del Campito y que todos esperáramos expectantes su elección.

Y caminaban el uno hacia el otro. Hasta que uno de los duelistas pisaba el pie del oponente. Ahí llegaba la agonía. El primero en pisar elegía a un jugador.  Y todos los aspirantes a jugadores, a bandidos de ese western preadolescente, esperábamos ansiosos. Hasta los que jugaban bien, esperaban. Solo se escuchaba el viento, soplando en el arenoso suelo del Campito.

Y por turno cada pisador iba eligiendo a uno o a otro. Y yo esperaba. Juro que nunca  me eligieron penúltimo. Siempre último. Siempre fui el peor de los opcionales convocados. Pero lo intentaba. Iba al campito arenoso y trataba de hacerla lo mejor posible.

Lo mejor posible, en términos de resultados, era espantos:  me llegaba la pelota y me ponía a pensar en vaya  saber qué, y (cuando podía)  pateaba con el tobillo, o con huesos que en general nadie conocía. Siempre fui un troncazo.

Llegué a todo esto porque el otro día un periodista deportivo le negaba por una cuestión climática-paisajística toda posibilidad de tener fútbol a ciertos países, sobre todo los árabes.

Acá nos criamos con campitos, decía,  ellos, solo tienen arena. Es una playa gigantesca su tierra. Y yo me quedé pensando que esos 60, 70 pibes que se juntaban por la tarde calurosa de Villa María, en ese Campito arenoso, tal vez podrían haber sido parte del seleccionado actual. Estaban preparados. Lo único verde que se vio en esa esquina de Buenos Aires y donde estaba Epec fue una trasnochada camiseta de Ferro, herencia de algún tío porteño.

¿Qué somos? ¿vacas? ¿Lo que importa es el pasto? ¿cómo encaja en esa taxonomía el Huevo Acuña? El Huevo se crio en Zapala, jugando entre nieve y piedras. Su sobrenombre es por los chichones que se hacía en cada partido cuando daba su cabeza en el campo de juego. Los chichones parecían huevos. Lo cuenta su familia y sus primeros compañeros. No. Ni los que jugábamos en el arenoso Campito somos más aptos para Qatar, ni hace falta mullido césped para ser una estrella en la selección.

Y acá interviene el pensamiento, de la mano de uno de mis primeros dos amigos: el poeta Andrés Velo. Andrés vivía a la vuelta de casa, casi enfrente, en diagonal con el campito. Así que para ordenar mis recuerdos lo llamé hace unas noches por teléfono. Y como siempre, la mirada del poeta nos acerca a las pistas que tal vez den una respuesta.

Además de confirmar y clarificar detalles del campito, al que él también iba y a cuyos castings se sometía, con resultados similares a los míos (pero él era mejor jugador) me tiró un recuerdo: nosotros dejamos de ir al campito.

Y claro. El nosotros incluimos  además del poeta y quien esto escribe, a Omar Ramonda. De golpe un día nos hicimos amigos. Frecuentamos los también arenosos (pero llenos de frutales) patios de Andrés, las veredas del universo comprendido en un par de manzanas, y las terrazas de todas las casas del barrio entre puteadas de adultos.

Y además nos mudamos. Andrés tenía una número cinco. Y nos mudamos a la cochera de la calle Chile. Ahí jugábamos nosotros tres, y algunos que dejábamos participar.

Dejó de importar si éramos buenos o malos. Nadie pisaba (si éramos tres, a lo sumo cinco, con suerte siete, y ya era raro). Jugábamos y éramos amigos. Y los recuerdos de esa época son mucho más gratos, tienen menos estrés y más risas.

Armamos nuestra liga pirata. Nos fuimos de la FIFA, como Colombia en los cincuenta. Rompimos con los clubes que no nos querían del todo. La Dimayor, la liga disidente de la FIFA, donde destacaron Di Stefano, y tantos argentinos, uruguayos y  brasileños, fue llamada “El Dorado”. Allí los jugadores mal pagos de los equipos más brillantes, armaron una nueva liga que por fuera de la FIFA?asombró al fútbol mundial.

Nosotros no asombramos a nadie, salvo a nosotros. Pero la Cochera fue El Dorado, y además tenía arcos “de verdad” sosteniendo los tinglados. Y cuando nos cansábamos de intentar el fútbol teníamos tapias para trepar, experimentos con pirotecnia de alta peligrosidad, autos y camiones abandonados. Y sobre todo, no había quién eligiera a los mejores, porque ya nos habíamos elegido entre nosotros.

Y todas estas revelaciones encontramos con Andrés. Que llevan a lo siguiente: Si la selección actual enamora, no es por el pasto (en tiempos de césped sintético y escuelas de fútbol carísimas, eso casi no existe), no es por haber nacido acá o más allá, o criarse en tal lado (Messi sigue siendo tan rosarino como cuando se fue de niño a Barcelona).

Tal vez el éxito de esta selección, el que tiene que ver con (perdón por la grandilocuencia) el carácter o la identidad argentinos, tiene que ver con que estos tipos que nos vienen conmoviendo desde hace rato, se hicieron amigos. Armaron su propio espacio, tienen sus códigos, se perdonan lo que no les gusta y festejan lo que sí. Tienen su Cochera. Como otros tenían su Campito. Tal vez en un equipo de fútbol, o en cualquier otro colectivo, lo que importe sea eso, tratar de ser amigos, de refugiarse en el otro, de bancarse hasta que duela.


*?Cineasta y guionista villamariense, radicado en Buenos Aires