Qatar 2022 / COLOR | Lo que se dice y lo que se cree

Nada es verdad ni es mentira

martes, 6 de diciembre de 2022 · 08:45

Desde temprano, el día anunciaba una revelación inesperada. El chofer, generación millennial de un taxi, no esperó mucho para sorprenderme;  la final del mundial de fútbol la juegan Argentina y Brasil, nosotros ganamos y nos llevamos la copa, ya está todo negociado y arreglado. Argentina con Messi es un negocio que necesita el mundo.

Argumenté que no creía eso, y hablé de la Patria, la bandera, el orgullo, la historia, el asado, el mate y apelé a un golpe bajo, el dulce de leche.

Por el espejito, me miró con compasión y me dijo, eso fue en el 86, el mundo cambió.

Retrocedí en mis pensamientos y recordé que hubo un día que en el puño cerrado de Maradona se apretujaron millones de argentinos, los soldados de Malvinas, las víctimas del crucero Belgrano,  anónimos que rezaron en  las iglesias o en lúgubres salas de hospitales, en sótanos sin luz, nocturnos insomnes que cosieron las heridas del orgullo nacional, y mendigos abrigados con la bandera argentina.

Maradona asumió el rol de reparador  histórico, de vengador público de esa guerra y de todas las que perdimos y perdemos en los mínimos detalles de todos los días, y pergeñó una jugada de ilusionismo único en la historia del siglo XX, hizo desaparecer el dolor de la derrota, nos insufló valor y abrió las puertas de una nueva oportunidad.

Inauguró un estilo de conflicto bélico cuyo campo de batalla es la imaginación, la guerra del ilusionismo.

Pactó con Dios y fue Dios y bronce; le pedimos demasiado, era solo un hombre.

Para sostener esa imagen, la épica del arquetipo, el superhombre, tuvo que pactar con el diablo hasta el final y fue su fatal prisionero.

Messi nació en Florencia, en pleno renacimiento italiano. Lejos su casa del Ponte Vecchio, tuvo el primer mensaje del destino: lindera a la misma, tenía el taller Leonardo da Vinci.

De allí su nombre, Leo.

Don Cosme de Médicis, gobernador de Florencia, visitaba a Leonardo,  un niño, que con una cabeza redonda de un busto de mármol de un senador romano, enemigo de Florencia, hacía jueguitos entre sus pies, le llamó la atención. A partir de ese día, Messi fue aprendiz de Leonardo,

Messi aprendió a martillo, cincel y punta de botín, que en un instante, el arte puede justificar una vida. Descubrió la geometría de los ángulos, el control del tiempo y del espacio, las proporciones del cuerpo en el aire y el secreto de la transmutación de las almas sobre la materia, él es la pelota y la pelota es otra persona que se llama Messi.

Bajo del taxi, el millennial me mira.

 Usted sabe, le digo, pensando, encontré  el lugar donde coinciden Messi y Maradona, anote, en la m de milagro, en la m de música, en la m de mariposa, en la m de argentina.

 No quiso cobrarme.

* Escritor villamariense. Vicepresidente de la SADE nacional.