Qatar 2022 / Crónica | La música del fútbol
Un sueño al que pertenecemos y la desmesura del corazón
En Villa María, como en tantas otras partes, una multitud colmó las calles del microcentro para celebrar el triunfo de Argentina ante Croacia y el pase a la final de la Copa del MundoCuando el árbitro italiano Daniele Orsato dijo “no hay tiempo para más” en el estadio Icónico de Lusail, los argentinos -los que estaban mirando las pantallas, los que estaban escuchando la radio, los que prefirieron no mirar ni escuchar- ya sabían lo que iban a hacer, un rato después, desde hacía algunos minutos: tal vez desde que este Messi de 35 años hizo lo que hacía con veintitantos y le mostró y le escondió la pelota al defensor croata y aceleró, y frenó, y desbordó y, con un pase atrás, dejó que el cordobés de veintidós, Julián Álvarez, nacido en Calchín, defina de primera a un costado del arquero Livakovic.
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Entonces, los argentinos hicieron eso que se hace cuando la selección gana y cómo no cuando gana tranquila y bien y pasa a la final de la Copa del Mundo: festejaron, fueron ellos mismos en exceso, en las calles.


Nadie pregunta por qué, ni dónde, ni cómo, ni si sí, ni si no: nadie se lo pregunta. Y eso es lo interesante, que el acuerdo sea tácito, que sea obvio, como si el protocolo se supiera -en cada ciudad, en cada pueblo- desde siempre.


Acá, en Villa María, como en tantas otras partes, sucede en el microcentro, alrededor de la plaza, de la Centenario y, sobre todo, en la esquina de Buenos Aires y General Paz, una esquina que se desdibuja rápido, que se convierte en otra cosa, en algo que cambia todo el tiempo: una masa de gente que va, que viene, que salta, que no para de saltar, que grita, que canta, que es puro desborde.
No eran mucho más de las seis de la tarde y ayer, con unos 30 grados y un sol que amainaba, pero aún seguía apretando, hombres y mujeres, y chicos y no tan chicos, comenzaban a llegar, algunos en autos, la mayoría caminando, solos o en grupo, con banderas, gorros, vuvuzelas, tambores, redoblantes, pirotecnia, aplausos, vasos de fernet, latas de cerveza y celulares en alto que reproducían eso que tenían delante o que los reproducía a ellos mismos, porque tantos son jóvenes y en una de esas, como no pudo ser con Alemania en 2014, va a ser -ojalá- el domingo que viene contra Marruecos o Francia, no importa, porque al fin y al cabo, ahora, qué importa.
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Ayer martes a la mañana leí una columna titulada “El país menos algunos”, que escribió una periodista porteña que se llama Julieta Habif.
Ella dice: “Hace no mucho escuchamos a Messi pedirnos que confiáramos, que no nos iban a dejar tirados. Después lo pudimos ver sonreír unas cuantas veces. Ver sonreír a Messi es lo más lindo que hay. Pase lo que pase, esa promesa, para mí, está cumplida. Un tiempo antes lo habíamos oído decir 'mi deseo es el deseo de todos ustedes'. Eso también es el fútbol: un sueño al que pertenecemos, lo suficientemente grande como para abarcar a 45 millones de personas”.
No solo pensé en ese sueño del que habla Habif: creo en eso. Lo creo porque ayer hubo evidencias; porque hay algo que se produce porque sí, porque no hay con qué darle al capricho y tampoco hay por qué explicarlo.
Y no sé cuántos hubo por las calles y veredas, pero sé que su nombre, el de Messi, se repetía en las camisetas de cada uno de los que celebraban alrededor. Messi, ese hombre que es demasiado, demasiado fútbol, demasiado argentino, y que por eso capaz es tan nuestro que creemos en él y en todo lo que toca cada vez que toca una pelota o cuando no, cuando deambula como quien no quiere la cosa por la cancha y de pronto nadie puede hacer nada, porque él ya vio por demás y gol.
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Poco después de las 18.30 no se podía estar. Sobre calle Buenos Aires, entre General Paz y José Ingenieros, justo a mitad de cuadra, se vivió el corazón de la desmesura: ahí estallaban los hombres y las mujeres con niños en sus hombros; todos pronunciaban el nombre del Diego mientras el viento desparramaba espuma sobre los cuerpos de quienes se quedaban alejados, pero que acompañaron, igual, con eso de “Muchachos/ Ahora nos volvimos a ilusionar/ Quiero ganar la tercera/ Quiero ser campeón mundial// Y al Diego/ Desde el cielo lo podemos ver/ Con Don Diego y La Tota/ Alentándolo a Lionel” y eso de “Y ya lo ve/ Y ya lo ve/ El que no salta/ es un inglés”, y eso de “Olé, olé, olé/ Olé, olé, olé, olá/ Olé, olé, olé/ Cada día te quiero más// Soy argentino/ Es un sentimiento/ No puedo parar”, y eso de “Volveremos, volveremos/ Volveremos otra vez/ Volveremos a ser campeones/ Como en el 86”, porque, a veces, hay que aferrarse a algo y por qué no el pasado, por qué no sostenerse de aquella alegría, la de México, por qué no prolongarla.
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Anochecía, la sombra empezaba a teñir el cemento caliente bajo un cielo que se mantenía celeste y que pronto, como cada semana, sin que nadie se dé cuenta, quedaría oscuro con las calles vacías.
Así, mientras avanzaba la noche lenta, con Victoria Araujo, fotógrafa de El Diario, regresamos a buscar su auto, que había estacionado a casi unas diez cuadras.
Y mientras caminábamos, encontramos, en la esquina de un bulevar, a un tipo de unos treinta que estaba limpiando vidrios y que charlaba con los conductores de los autos y chatas que esperaban en el semáforo.
En la vereda, en una especie de reborde, había una camiseta con un dinosaurio que tenía colgada una guirnalda. Nos detuvimos a mirarlo. Él contó que le regalaron esas cosas y que, para cada partido, las deja ahí.
Dijo: “Es la cábala”.
Y no hizo falta que diga más nada.
Para qué.
