Crónica | Una historia de los gestos

Nuestros ademanes de café

Si bien los bares no fueron el lugar más elegido para ver el partido entre Argentina y Arabia Saudita, en algunos, sobre todo en los céntricos, sí hubo movimiento. ¿Cómo se vive el mundial entre pocillos?
miércoles, 23 de noviembre de 2022 · 07:50

A los diez minutos del primer tiempo, en el estadio Icónico de Lusail, en Qatar, Argentina le ganaba uno a cero, en su debut, a Arabia Saudita. Lionel Messi, después de que  Mohamed Kanno derribara dentro del área a Leandro Paredes, había convertido el penal en gol y lo había hecho como acostumbra: dejó que el arquero saudí se recueste sobre su izquierda y con la cara interna del botín zurdo la colocó en el otro costado, al ras, ligera, no muy fuerte, como si supiera el desenlace.

“Se puso nervioso”, dijo un hombre, sentado con otro a mi lado en un bar del centro sur de la ciudad.

Luego hubo más chances, varias, que terminaron en la red, pero no en gol: los jueces de línea y el VAR determinaron offside. Por ejemplo: a los veintiuno, el Papu Gómez lanzó un derechazo que picó tres veces y el diez la bajó para dejarla, con un golpe preciso, adentro del arco. Por ejemplo: a los veintiséis, el Papu metió otro pase, matemático, entre dos defensores, y Lautaro Martínez, con el arquero a centímetros, la picó. Por ejemplo: a los treinta y cuatro, Messi filtró otro pase y el Toro Martínez hizo un regate exquisito: con una bicicleta -que consistió en pasar la pierna derecha sobre la pelota-, le mintió al arquero -lo acostó al arquero- y con los tres palos despejados, la empujó.

Entre las 6.30 y las 9, tiempo en el que se desarrolló el partido, fue muy poco el trajín en las calles de la ciuadad. Luego, de repente, como un día cualquiera, una gran cantidad de personas comenzó a moverse por las arterias villamarienses.

No recuerdo exactamente cuándo, pero mientras algo de todo esto sucedía, en el café en el que estaba junto con mi compañero Roberto, el fotógrafo, en la esquina de Tucumán y Rivadavia, escuché al relator o al comentarista decir que este era un partido para aprovechar, para hacer goles. A veces hay que esperar. O ser más reservado. Porque faltaba todavía: no tanto, pero faltaba. Y yo coincidí con ese comentario, por supuesto, porque es exactamente lo que pensaba pero también porque, supongo, uno se da cuenta de que a veces hay que esperar cuando las cosas ya ocurrieron: cuando, precisamente, no salieron como uno esperaba.

En el bar, en el que también funciona una panadería, hay dos televisores. Éramos alrededor de veinte, la mayoría varones, y distribuidos en grupos: una buena parte, de una empresa transportista de Córdoba; varios, empleados y mozas del negocio; algunos, quizá, clientes habituales. Sentí que todos estábamos tranquilos porque es lo que se percibía: se conversaba, se sonreía, se aplaudía.

Incluso se bromeaba: se decía que acá, en Argentina, esos offsides no se hubieran cobrado.

Claro, se hacían chistes porque íbamos ganando, íbamos a tener otras ocasiones, cómo no, si estábamos jugando contra Arabia Saudita, si tenemos al mejor del mundo.

En los últimos quince minutos del primer tiempo se registraron algunas imprecisiones: en dos oportunidades, a Nicolás Tagliafico le quedó largo el pase dado una vez por Messi y otra vez por Otamendi.

Entonces terminó el primer tiempo: con una calma que se transformó en otra cosa, en inquietud tal vez, en algo que no sé muy bien de dónde provino pero que, por lo menos a mí, me preocupó.

Con Roberto pagamos lo que habíamos consumido y aprovechamos para darnos una vuelta por otros cafés en el auto de El Diario. Él manejaba. Pasamos por tres. Uno estaba cerrado y los otros dos, arreglados para la situación: guirnaldas celestes y blancas, banderas, globos. Sin embargo, a pesar de las puertas abiertas, estaban vacíos: completamente vacíos. Estaban más quietos que las calles, que durante el entretiempo -esos quince minutos en los que volvemos a calentar agua para el mate y cambiamos la yerba o en los que aprovechamos para ir al baño- se movieron un poco con autos y motos de hombres y mujeres que, es probable, llegaron a sus trabajos, sus oficinas, donde, imagino, siguieron viendo el partido. Me pregunté, igual, si el café dejó, hace tiempo, de ser uno de los lugares donde tantos nos juntábamos, hace años, a compartir los partidos. Me pregunté si era por la hora.

Se hacían las ocho y nosotros, con Roberto, seguíamos en el auto. Decidimos ir a un bar del microcentro y, cuando estacionamos, si bien no miré la hora, imaginé que no podían ser más de las y cinco. Nos bajamos, Roberto encaró para el bar y yo me quedé a fumar en la vereda -porque, ¿qué tanto podía pasar en cinco minutos, lo que demoro en fumar un cigarrillo?-, mientras miraba, a través del vidrio, hacia uno de los cuatro televisores del café. Y en ese momento, por el cristal, vi el segundo gol de Arabia Saudita, vi cuando el Dibu Martínez no alcanzaba a desviar la pelota que entraba en el ángulo. Vi el segundo gol que para mí era el primero: ¿cómo iba a ser el segundo si recién arrancaba el complemento?.

Después de entrar y sentarme, entendí el ademán del hombre que tenía a metros del vidrio hacía segundos, porque el mío hubiera sido similar: como él, habría llevado las manos hacia la cara, hacia los ojos, me los habría tapado para no ver; me habría quedado como él, reclinado hacia atrás en la silla, con las manos en la cabeza, mirando sin mirar, desconcertado.

En este bar éramos más: tal vez treinta y pico. Éramos un grupo de personas que no sabía qué decir y que por eso mismo decía todo de otro modo, con lo que no se puede evitar: con los gestos. Como aquel tipo que no paraba de pasarse la mano por la mejilla y de mover la pierna y de morderse una uña, como ese otro que se rascaba la barba, como alguno que cruzaba los brazos, resignado.

Miré las caras de los que tenía alrededor y pensé en eso que decía Borges, el escritor: “No nos une el amor, sino el espanto”.

El espanto: la sorpresa, lo inaudito, lo inesperado, lo incierto. ¿Cómo iba a ser posible que quedara tan poco para que termine el partido y Argentina no lo diera vuelta, ni siquiera lo empatara? Como si con decir “Somos Argentina” bastara. Y sin embargo, sí, para tantos argentinos, como yo, basta con eso, con confiar en lo que somos pero sobre todo en lo que fuimos. El equipo dirigido por Lionel Scaloni intentaba e intentaba y cada vez se hacía más posible la derrota.

“Qué buen planteo que le hizo el técnico francés” -dijo un hombre sobre Hervé Renard, el entrenador saudí-.

Después, el pitazo final, y una mujer que dijo: “Qué triste. Qué lástima. Qué pena”.

Después, de pronto, el bar casi vacío. Y el paso de las mozas, el sonido de los pocillos que se acumulaban sobre sus bandejas para lavar en la cocina.

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