Fútbol y literatura / Hugo Orlando Gatti
El amenazado en calma
Un aficionado y librero local describe al Loco ante el caso de coronavirus que debió afrontarEscribe: Gustavo Caleri
Mentiría si dijese que Hugo Orlando Gatti fue el héroe de mi infancia, pero quizás su figura indígena y desaliñada sí resultó determinante para que desde entonces adoptara el gusto por maltratar la ropa y mis rodillas, revolcándome en arcos improvisados con camperas.
Nunca como en aquellos años, dos modelos de arquero estuvieron tan claramente diferenciados; la grieta entre Gatti y Fillol resultaba tan tajante como las camisetas que defendían. Tanto dentro como fuera de la cancha, el clasicismo apolíneo del Pato contrastaba absolutamente con la extravagancia dionisíaca del Loco. Dirimir quién era el mejor nos introducía en interminables e inútiles discusiones, que me encontraban siempre argumentando en favor del portero boquense. Más que defender su estilo osado y vanidoso, me era afín su apariencia de patitas flacas, tan parecidas a las mías.
En lugar de la técnica me cautivaba su aspecto, prescindente de los cánones estéticos impuestos por las grandes marcas. Igual que las suyas, las bermudas que usábamos en el barrio mutilando pantalones agraviados, carecían de triple tira en los costados.
Mi viejo era un apasionado del turf que se aburría mirando fútbol, pero en una ocasión inédita y maravillosa supo llevarme al gigante de Arroyito a ver un Central-Boca. Recién arrancaba la década del 80 y ese soleado domingo de invierno se añeja en mi memoria como el mejor de los vinos.
De aquella experiencia inaugural recuerdo especialmente el brillo asombroso de la camiseta xeneize y al Loco Gatti recoger las monedas que le tiraban a modo de proyectiles los hinchas del Canalla, antes de irse al vestuario en el entretiempo.
Siempre verborrágico y polémico, algunos meses después el Diego le facturaría por cuadruplicado el exabrupto de llamarlo “gordito” y rotularía para siempre con el fibrón flúor de su zurda mágica, lo que ya se sospechaba: el Loco apostaba con plata de otros. En el verde paño del área chica lanzaba los dados de la hazaña personal con las fichas de todo el equipo sobre la mesa.
Una tarde de suerte esquiva se verificaba en los bolsillos flacos de la tabla de posiciones.
Según Juan Villoro, cada puesto en la cancha determina una psicología: el arquero es el hombre amenazado que paradójicamente debe tranquilizar a los demás; un individualista que beneficia al conjunto. Su rol vale tanto como la seguridad que transmite en la gestión de ese espacio acotado por igual número de postes y líneas, donde reina el desconcierto y resulta imperativo no dudar. Gatti cumplía a la perfección esa máxima, aún cuando fallaba.
A principios del 81 volví a verlo, esta vez en el pasillo de los vestuarios de Plaza Ocampo, en el amistoso que Alem jugó frente al Boca que negociaba la llegada de Maradona.
Recuerdo que no alcanzó a jugar ni unos pocos minutos ese partido, pero jamás olvidaré la satisfacción que sentí al colarme en aquel lugar restringido y lograr que garabateara su escueto apellido en un grueso cartón corrugado que encontré a mano. Guardé ese autógrafo durante algunos años en el cajón de la mesita de luz, pero su tamaño desproporcionado importunaba el acceso a los demás objetos y acabó en la basura. Con el tiempo los ídolos se vuelven igual de molestos, obligándonos a ejercer la limpieza.
No tengo dudas que el fútbol mejoró mi infancia y a su modo, el Loco fue una parte importante de esa contribución. Motivado por tal constatación comencé a escribir esta nota cuando se conoció la noticia de que estaba internado con coronavirus. A su edad, la estadística lo incluía entre los pacientes con una de las peores tasas de sobrevida. Contra todo pronóstico, mejoró, recibió el alta médica y volvió a su casa.
En una entrevista telefónica, declaró que nunca tuvo miedo y siempre se sintió tranquilo, situación por demás beneficiosa cuando se trata de afecciones que comprometen la respiración. Había superado el trance, aplicando los mismos conceptos que lo hicieron famoso bajo los tres palos.
Durante estos pandémicos días, en que ese delantero desconocido, implacable y letal ya está pisando nuestra área, nos toca a todos ocupar el puesto del jugador amenazado que debe mantener la calma. Ojalá el Loco nos sirva de ejemplo.
