Opinión (empañada por la emoción)
El pibe de Fiorito que no bajó del Rastrojero ni arriba de los aviones
En los medios y las redes sociales, hoy por hoy, se dice todo. El equipo de Relatores subió ayer una de esas frases que imponen silencio: “Cuando el pueblo llora, que nadie pregunte nada”. No queda mucho para agregar. Aunque los sentimientos impulsan a hurgar en la imaginación o en los recuerdos...Escribe Sergio Vaudagnotto De nuestra Redacción
Francisco Cornejo, Francis, una gran persona de baja estatura. Uno de esos hombres que dan la sensación de haber sido viejos siempre o que parecen haber nacido con 60 años. Su rostro de cacique, su pelo negro mojado cuando no engominado, peinado prolijamente hacia atrás, su bigotito perceptible a corta distancia, su don de gente. Dicen que era “ojeador” (cazatalentos, le llaman ahora) de Argentinos Juniors. Otros dicen que simplemente le gustaba el fútbol. Por lo que haya sido, aquel día de 1971 se bajó del Rastrojero en Villa Fiorito, cerca de la canchita, y se fue caminando a ver jugar a los pibes esos. Y ahí lo vio. Había uno al que le decían Marrón, por el color de su remera; a otro lo llamaban Chaca, porque vestía la camiseta de Chacarita; otro era Carrizo, pero le decían Goyo, y otro era Pelusa, el amigo de Goyo. Francis se quedó un largo rato porque los ojos se le habían llenado de fútbol. Y volvió al día siguiente, y otra vez y otra... hasta que una tarde se acercó más a los chicos y les preguntó dónde vivían los padres de Pelusa. Le indicaron y Cornejo, con su cara de tótem tallado a mano, se presentó ante don Diego y doña Tota. No tardó en convencerlos para que le permitieran llevarlo a Argentinos Juniors. “Pero que vaya con Goyo, que es más grandecito...”. Y llegó el día en que los dos pibes de Fiorito subieron al Rastrojero y fueron allá por avenida Chorroarín, pasaron la Facultad de Agronomía y llegaron a la fábrica de algodón Estrella, que esconde el predio Las Malvinas, perteneciente al club de La Paternal, aunque en esa zona imprecisa de Buenos Aires, delimitada también por el abandonado Albergue Warnes, los paredones de la Chacarita y todo lo que se podía ver desde arriba del utilitario de Francis o del colectivo 78 o del 133.
Al poco tiempo, Francis ya dirigía a Los Cebollitas de Argentinos, con Pelusa y todos sus amigos, entre ellos Goyo y Horacito Dalla Buona. Empezaron a coleccionar trofeos en los torneos Evita. Después los chicos fueron creciendo y Francis los volvió a mirar de afuera, como la primera vez. Y Pelusa, bueno... “Su” Pelusa, su orgullo y su debilidad, empezaba a ser Diego e iba en camino de ser Maradona. La primera de Argentinos, la de Boca, la del Barcelona, Nápoles (la Meca) y el mundo con la selección. Decían las estadísticas que tantos minutos por partido con la pelota en los pies, decían los brasileños que Pelé..., decían los ingleses que si con la mano, decían los presidentes, decían los del Vaticano... También decían lo suyo los carroñeros, que siempre existieron. Cierto día, uno de estos personajes le quiso “tirar la lengua” a Francis. Quería rapiñar qué tan lejos o cerca se sentía de Maradona el señor de pelo negro y bigote finito. Cornejo vio la jugada y tocó de taco: “Mire usted, Pelusa puede estar en una fiesta vestido de smoking blanco, pero si yo le tiro una pelota embarrada, la mata con el pecho”. Gooool y gol y gol. La pelota no se mancha. Barrilete Cósmico. ¿A qué planeta te fuiste?
Y sí, ayer seguían dando vueltas los que no le vieron el tobillo que “lució” contra Brasil, los que no recuerdan cómo lo partió Goikoetxea, el del Bilbao... Decían que sus hijos, que su Ferrari, que su BMW, que uno o dos Rolex en sus muñecas de negrito de Villa Fiorito... Por eso reconforta mucho que la inmensa mayoría se inclinara por algo así como: “No me importa lo que hiciste con tu vida; me importa lo que hiciste con mi vida...”.
Un futbolista en contra de las multimillonarias miserias de la FIFA. Un jugador al que tuvieron que cortarle las piernas para que no se colgara otra medalla. Uno que vino de abajo, facturó como los de arriba y repartió alegría a tantos que hoy están llorando. Un pibe que no tenían ninguna obligación de saber cómo se hace para ser Maradona. Se sentía cómodo en la butaca del jet privado de un jeque, pero no se olvidaba de los resortes del asiento del Rastrojero de Francis.
Será un funeral como pocos, el de Pelusa.
