Básquet / Martín Paredes
El médico villamariense que triunfa en el deporte de Mar del Plata
Es villamariense, pero hace 15 años que vive en Mar del Plata. Es traumatólogo y exrugbier en el San Martín. Es el médico de Peñarol (entre otros clubes) con el que ganó todo lo que jugó. De la mano del “Oveja” Hernández estuvo cuatro años en la selección argentina. De paso por la ciudad, dialogó coEntrevista Gustavo Ferradans
Martín Paredes es uno de los tantos villamarienses que se acercaron al deporte y han trascendido desde distintas funciones en el deporte nacional. El es un reconocido traumatólogo en Mar del Plata y es el médico de Peñarol de esa ciudad, y en otros tres clubes de la “Perla del Atlántico”, aunque también estuvo en la selección argentina de básquetbol, durante cuatro temporadas.
Nació en Villa María el 17 de noviembre de 1973, es miembro de una conocida familia local y el mayor de cuatro hermanos (Josefina, Mariano y Julián). Está casado y tiene tres hijos. Además fue alumno “en el Rivadavia” desde jardín de infantes hasta que egresó de la secundaria en 1992. Fue también jugador de San Martín RC, desde pequeño, aunque cuando llegó a Primera no tuvo mucha continuidad.
Martín hace 12 años que es médico de Peñarol de Mar del Plata y formó parte de la etapa más gloriosa del club en la Liga Nacional de Básquetbol, pero también se desempeña en la misma función en Comercial Rugby Club; en el futbol, con el Club Alvarado y también en Unión de Mar del Plata, que participa del Torneo Federal de Básquetbol.
Hace unos días, estuvo visitando nuestra ciudad y mantuvo un largo encuentro con El Diario, donde contó sus vivencias en el deporte, desde otro lugar, la medicina, su otra pasión.
-¿Vuelve seguido a la ciudad?
-Vuelvo casi todos los meses a Villa María. La extraño y la disfruto recorrerla, sobre todo paseando de noche y ver cómo crece. Suena raro, pero hace 15 años que vivo en Mar del Plata, y nunca hice cambio de domicilio. Hasta el ITV del auto lo hago acá. Yo fui toda la escuela al Rivadavia y soy fanático de ese colegio. El viaje anterior fui a ver cómo estaba la escuela. Pude entrar y recorrerlo, tuve la alegría de verlo otra vez y de haber vivido tantas cosas ahí. Cuando salí de ahí me compré una remera en la librería del Rivadavia. Ando con la remera puesta siempre. El Rivadavia ha sido todo en nuestra etapa escolar que es la más importante para todos, por ser el de la formación, el del espíritu. Tengo una cosa... que mis hijos no pudieran ir al Rivadavia, un colegio de vanguardia. De mi curso de promoción casi todos terminaron estudiando. Nos metían en la cabeza que todos teníamos que estudiar algo.
-¿Y cuando terminó la secundaria se fue a estudiar a Córdoba?
-Estaba entre Arquitectura y Medicina. Yo en el colegio iba a la actividad Construcción. En el último año de secundaria, luego de un test vocacional, me mandaron para hacer pasantías a la Cruz Azul, y ahí en la guardia se me creó el conflicto. El país estaba en plena crisis del 92. Mis primos que eran arquitectos habían puesto un videoclub. Cuando llegué a Córdoba se me había pasado la inscripción para Arquitectura, Entonces dije, listo, me anoto en Medicina. Lo hice junto a un amigo, Pablo Contreras. Pero siempre supe que iba a ser traumatólogo. Cuando hice las materias clínicas me di cuenta que no era lo que me gustaba. De hecho cuando me recibí sabía que iba a ser cirujano. Luego me fui volcando al deporte.
-Jugó al rugby y siendo un Paredes, ¿no podría jugar en otro equipo que no sea San Martín?
-Creo que no hubiera podido jugar en Jockey, a pesar de tener muchos amigos ahí. Siempre hubo una rivalidad. Los partidos más importantes eran contra el Jockey. Me duele verlo a San Martín en la B y con una estructura pobre. Jockey avanzó a pasos agigantados. Me hubiera gustado ver a San Martín con un desarrollo más grande, pero hubo cosas que se hicieron mal.
-¿Por qué se va a Mar del Plata?
-Llegué a Mar del Plata por un amigo que era de allá y había estudiado conmigo. Yo estaba trabajando en Córdoba y me pagaban dos mangos. El, que estaba de vacaciones en Córdoba me dice de irme para allá. Me consiguió todo. Armé el bolso y al otro día ya tenía laburo. Empecé la residencia de Traumatología en el Hospital de Vidal.
-¿Y se vinculó enseguida con el deporte?
-Me pasó algo curioso, Un día se me rompe el auto, me bajo del colectivo y lo llamo desde un locutorio a un mecánico. El dueño del locutorio me pregunta si jugaba al rugby, por el físico. Me invita a ir al Club Comercial, en Sierra de los Padres. Cuando vi el club, las sierras, los árboles, dije este es mi lugar, y me quedé. Eso me ayudó a adaptarme. Después me enganché cubriendo los partidos. Luego me ofrecieron sumarme a la Unión de Rugby de Mar del Plata, como traumatólogo. En 2008, Los Pampas XV van a jugar a Mar del Plata y me llaman de la Unión Argentina para sumarme a la gira por Mar del Plata, Neuquén, Córdoba, donde se jugó ante Canadá y Estados Unidos. A raíz de eso me llaman para cubrir los test de Los Pumas que jugaron ante Escocia en Mar del Plata. Gracias a todo eso, viajé como staff invitado al Mundial 2011 en Australia, El presidente de la UAR era Del Castillo. Fui con mi viejo y me alojaron en los mismos hoteles. En ese momento no tenía tanta experiencia quirúrgica para estar en un plantel así.
-¿Y con Peñarol?
-En esos años, el presidente del Club Comercial era Felipe Robles, y su hermano Domingo Robles era presidente de Peñarol. Un dirigente de apellido Miño me ofrece ir a Peñarol, donde estaba Sergio “Oveja” Hernández como entrenador. Yo estaba algo complicado con el trabajo y me negaba una y otra vez, no me gustaba el básquet. Me llamó a los seis meses, le volví a decir que no. Insistieron varias veces. Un día, recién llegaba a Brasil de vacaciones, con unos amigos, me llama el médico de Peñarol, Willy Quinteros, muy conocido en Mar del Plata. Me pide si puedo ir a Panamá, que Peñarol estaba jugando la Liga de las Américas y necesitaban un médico. Me tomé un avión y me sumé al plantel. No conocía a nadie; y Peñarol termina siendo campeón. Así arranqué, campeón y sin ser médico oficial. Cuando volvimos, me invitan a un asado a la casa del presidente, voy con mi señora, que es hincha de Quilmes, que es la contra. En una mesa grande, Domingo Robles, entre brindis y aplausos, dice: “Quiero darle la bienvenida al nuevo médico de Peñarol: Martín Paredes”. Mi mujer me miraba y yo no había arreglado nada. Me comprometieron así. Luego nos reunimos y arreglamos los números. Así empecé.
-Y le tocó vivir desde adentro la mejor época del club.
-Fueron los años de éxito de Peñarol. Arranqué con la Sudamericana y luego vinieron los tres títulos consecutivos de la Liga Nacional, también el Súper 8 y la Copa Argentina. Llegué en el momento justo. Previo a irme al Mundial de Rugby, le hago hacer un eco doppler a Tato Rodríguez, que era el base titular y le sale una dilatación aórtica que le impide seguir jugando al básquetbol, luego de 18 años de trayectoria. Había mucha repercusión por eso y yo justo me había ido al Mundial de Rugby. Me querían matar. Tato se enojó conmigo, y durante dos años no me habló. Un día vino y me pidió perdón. Nunca más pudo jugar deporte de alta competencia. A partir de ahí la Liga se volvió más firme con los estudios precompetitivos. En los años siguientes, todo lo que jugó Peñarol lo ganó. Fue algo increíble. Estuvimos en el Polideportivo más de dos años sin perder. Con los kinesiólogos apostábamos la cena para adivinar la diferencia por la que se ganaba cada partido. Y también jugábamos quién hacía más puntos, pero no se podía nombrar a Leo Gutiérrez, ni a Campazzo. Ambos hacían 30 y 25 puntos por juego, y Leiva hacía 15. No había forma de perder.
-Hoy Peñarol vive otra situación.
-Peñarol bajó su presupuesto y bajaron sus pretensiones. Si San Lorenzo tiene un presupuesto de 80, Peñarol debe tener cerca de la mitad. Se nota la calidad de un equipo y otro, sobre todo en los extranjeros. Y la logística es muy cara. San Lorenzo viaja en avión, y tiene sueldos altos y al día. Sergio Hernández me lo había anticipado en una cena. Como lo fue Atenas, luego Peñarol, esta iba a ser la década de San Lorenzo”.
-¿Y cómo se suma a los otros clubes?
-Junto con Peñarol, yo seguía con el rugby. Luego me llama como médico Unión de Mar del Plata, que está jugando su cuarta temporada en el Federal y el Club Alvarado, para jugar el Torneo Federal y ascendimos al Nacional B.
-¿Cómo se las arregla para cumplir con todos?
-El basquetbol no concentra y yo no viajo. El fútbol concentra, pero yo ceno con ellos, consulto si están bien y duermo en mi casa. Con el rugby los acompaño en algún viaje, pido de viajar porque me gusta ir. El rugby es otra cosa. El jugador de fútbol es de quejarse más, el de básquet tiene sus cábalas y rituales, el de rugby no se queja de nada.
-¿Qué le generó vivir todo esto con Peñarol, estar con Hernández y ganar todo?
-Me fui dando cuenta con el tiempo. Eso sucede cuando te pasa algo que no esperás. Ahora que no se gana, cuando el club pasa por una crisis económica e institucional, uno se da cuenta de todo lo que ganamos y lo poco que lo disfrutamos. Antes, cuando se ganaba, esa noche salíamos a festejar, con Campazzo, Leiva, Gutiérrez y otros, y al día siguiente estaban todos entrenando. Ya había pasado. No teníamos tiempo de darnos cuenta de lo que se iba logrando. Era como algo natural ganar. Era como una obligación. No había tiempo para disfrutar. Ahora que veo las fotos, que empiezo a recordar. Uno ve lo que se logró, lo que fue aquel equipo. La verdad, hoy que pasó el tiempo, y que tengo otra edad, no lo extraño. Lo recuerdo como algo extraordinario que pasó y que no volverá a pasar. Hoy el equipo no me genera lo que me generaba antes. Y tengo también otras prioridades, como mis hijos. Antes sentía que nadie podía ganarnos. Hasta el utilero o el que vendía los boletos. No existía la posibilidad de perder. Fue algo fuerte para ese grupo. Era un equipo con mentalidad ganadora, combinado con Sergio.
-Y también lo llamaron de la selección.
-Estando en Peñarol se me da lo de la selección. Estuve cuatro años. Sergio Hernández no tenía contrato de exclusividad, podía estar en un equipo y en la selección. Las ventanas se jugaban en los recesos del Súper 20 y de verano y en julio. Sergio me propone empezar a viajar y arranqué en un preolímpico en Mar del Plata. Luego nos vamos a Toronto. Entrenábamos en la cancha de los Houston Rocket, Fue un viaje cansador. De Houston nos vamos a Toronto. Estuvimos 45 días afuera. No estaba acostumbrado. Encima había sido papá de mi segundo hijo. Cuando Emilio, mi primer hijo varón (que se llama así por mi tío “Bebe”) me ve por Skype, se largó a llorar. Le digo a Sergio que me quería volver. No aguantaba más. Sergio me habló como un padre. “Tranquilo, estas cosas te van a pasar”. Fue algo muy fuerte. El me había querido llevar a otras giras. Tenía que decidirme si iba o no, porque ya no me iba a invitar tanto. Esa gira fue un quiebre. Estaba muy sensible. Cuando llegué Emilio estaba todo el tiempo pegado a mí. Tenía miedo que me fuera otra vez. El viaje fue muy lindo como experiencia, pero muy fuerte en lo emotivo. Entendí que no podía irme tanto tiempo, y se me empezó a complicar en lo laboral. La selección no es lo que todos esperan. Terminas cambiando la plata. Me pagaban lo mismo que en el laburo. Y encima atrasado. La gente imagina algo que no pasa. Luego pasaron cosas que sirvieron para que me fuera. Entre otras, que la CABB necesitara un médico en Buenos Aires todo el tiempo. Eso sirvió para que yo me alejara. Estuve entre 2014 hasta 2018. Me fui poco antes del Mundial 2019 que Argentina fue subcampeón. Hoy la selección no es económicamente tentadora.
Su amistad con Campazzo: “Facu es un personaje hermoso”
“Con Facu tengo muchas anécdotas. A raíz dela baja Tato Rodríguez por ese estudio que le hago, debuta como titular Facundo Campazzo, que era el suplente y tenía 17 años. Yo a Facu siempre lo bromeo con eso, que gracias a mí llegó a donde está. Tengo muchas anécdotas con él. Una de ellas fue en octubre de 2013. Yo no viajo con Peñarol a las giras, salvo en los playoffs. Una noche estaba viendo el partido en mí casa, Facu pisa la pelota y se dobla la rodilla. Al instante me empezó a sonar el teléfono. Al otro día lo revisé y aparentemente era un esguince. Pido que le hagan una resonancia. Estábamos jugando Copa Sudamericana y quedaban pocos días para recuperarlo. Los kinesiólogos hicieron un laburo con triple turno. Yo lo llevaba a la pileta y en 21 días lo tuvimos listo. Un lunes le dimos el alta, el miércoles tenía que viajar para jugar en Uruguay y Facu no quería viajar. Me decía que tenía miedo. El equipo pierde contra Bauru de Brasil y el domingo juega en Bahía y Facu entra 5 minutos. El martes siguiente se jugaba el clásico contra Quilmes. En las redes los quilmeños estaban exitistas, creyendo que Facu no iba a jugar. Nosotros sabíamos que estaba para jugar. En las redes su representante nos mató, nos trató de irresponsables. Yo le pedí que arrancara tranquilo, de menor a mayor. “Mirame, decime como estás, no te arriesgues”, le decía. El se sentía bien. Los de Quilmes no podían creerlo de verlo en la cancha. En la primera pelota, salta Leiva, se la da a Campazzo y hace una jugada preparada. Corre, bandeja de costado y Lucas Vildoza lo toca y se van contra el cartel de publicidad, que se le cae encima. Yo pensé que nos echaban a todos. Facu se levanta, se saca el cartel, mira al banco y me mira, y me hace un gesto con la mano: “Te cagaste”. Facu tiene esas cosas, es un personaje hermoso. Ese partido hizo 34 puntos y ganó Peñarol. En esa Liga y la siguiente, Facu hizo lo que quiso”, contó Paredes.
Su relación con Sergio Hernández: “Su inteligencia es increíble”
“Con Sergio Hernández tengo una gran relación. La otra vez nos dimos cuenta que no tenemos ni una foto juntos y hemos compartido equipos durante 10 años. Cuando viene a Mar del Plata me llama para cenar en lugares tranquilos, con poca gente, con mesa chica y sin fotos. No somos íntimos amigos, pero puede llamarte luego de dos meses y sentís que te hubiera visto ayer. Hasta suele quedarse en mi casa. Es muy particular y me gusta que sea así. Es frontal y tenemos un respeto y confianza mutua. La gente lo ama.
Le cuento una anécdota. Un día vino a comer un asado con mis amigos del rugby. Ninguno podía creerlo. Estaban avisado que era sin fotos. Y el loco se sintió muy cómodo. Sergio es profesor de Educación Física. Pero por sus conocimientos y capacidad, si entrenara un equipo de waterpolo o me hubiera entrenado a mí cuando jugaba al rugby, nos hubiera sacado campeón. Sabe de todos los deportes. Tiene la capacidad de sacar lo bueno, al jugador regular, explotar al máximo al jugador bueno, y hacer sentir bien al suplente. Tiene cosas que lo convierten en un entrenador distinto. Su inteligencia es increíble. Lo vi hacer cosas que no se las vi a ningún técnico, tiene una capacidad de transmisión tremenda y la capacidad de improvisación es increíble. Sabe leer los momentos, te mira y sabe cómo estás. En el día a día es un tipo difícil, retraído e introvertido. Si se abre con vos es porque le generás confianza. Necesita de alguien que lo apuntale desde lo emotivo. No necesita el cholulo, sí al que le dice las cosas como son. Nosotros hemos tenido una relación distinta al cuerpo técnico. Yo siento que en algún momento vamos a volver a laburar juntos, en la selección o en un equipo. Hoy trabajo con el hijo, Lautaro, que es asistente de Picatto, el técnico de Peñarol”.
