Lo colonial, lo nativo, lo deslumbrante
Escribe: Pepo Garay
ESPECIAL PARA EL DIARIO
MINI GUIA: Ubicación: centro-oeste de Salta / Distancias: 1.120 kilómetros al norte de Villa María, 170 kilómetros al suroeste de Salta Capital. /Población: 3.000 habitantes
Una arquitectura que enamora:
El nacimiento de Cachi, en las profundidades de Salta, se remonta al siglo XVI. De allí vienen algunas de las construcciones que bendicen a este precioso pueblo, uno de los más bonitos del norte argentino. Y es que todo en su arquitectura, o casi, da idea de colonial. Las callecitas de tierra o adoquín, los muros de roca pura o adobe, los tejados, los pórticos indomables.
En las casas habitan hombres y mujeres de piel tostada y perfil adusto, entre criollaza y nativa la sangre. Y también hosterias, restaurantes, alguna que otra tienda de regalos. El cuadro es auténtico, poco turístico a pesar de las bastantes visitas, y muy lindo.
En cuanto a nombres propios, sobresalen la plaza 9 de Julio (tan colorida y arbolada), la Iglesia San José (muy siglo XVIII, techo de madera de cardón, muros de adobe y cimientos de canto rodado,) y el edificio del Museo Arqueológico (con marcas de los primeros habitantes de la región y las típicas galerías).
Sabia nativa:
Las construcciones encantan, pero también la gente, que es bien propia de este suelo increíble. Ya se dijo de los rasgos físicos, pero no tanto de las características espirituales. Sosegados hasta el extremo en sus formas, los locales regalan paz y hasta sabiduría en sus rostros paspados, sus ojos profundos, su habla queda.
Para conocer más de las formas autóctonas, basta con dirigirse al cementerio (recostado sobre un pequeño cerro, en las orillas del pueblo) y ver las ofrendas que los vecinos le sirven a sus muertos en el viaje eterno: una botella de agua, un puñado de arroz, turrones, manojo de caramelos. Creencias bien alejadas de las de occidente, está claro.
Otros ejemplos de la influencia originaria se encuentran fácil en el alrededor del pueblo. Siguiendo el río Cachi, aparecen los sitios arqueológicos de El Tero (a solo dos kilómetros de la plaza) y de Las Pailas (a 16). Rincones donde emana eterno el hálito de los diaguitas, y el amor sideral hacia su Pachamama.
Impresionante escenario natural:
Claro que nada de la acuarela descripta se luciría tanto sin el impresionante escenario natural que sirve a Cachi de telón de fondo. Aunque desde su centro no se luce en extremo, los alrededores del pueblo son realmente espectaculares.
Instalado en el primor de los valles Calchaquíes, el pequeño municipio respira a casi 2.300 metros de altura, no muy lejos de emblemas norteños como la Quebrada del Escoipe, la Cuesta del Obispo y el Parque Nacional Los Cardones (sitios que por lo que hay que pasar viniendo desde Salta capital, distante 170 kilómetros al noreste).
Sin embargo, las vistas más deliciosas las ofrece el Nevado de Cachi, en el sector oeste. La colosal cadena montañosa está compuesta de nueve cumbres, entre ellas la del Libertador General San Martín y sus 6.380 metros de altura. La base para escalar la colosal cúspide (son varios los extranjeros, sobre todo, que se le animan al desafío) se encuentra a unos 70 kilómetros de la aldea.
La ruta 40, el recorrido más maravilloso:
Cachi también es famosa por servir de centro de servicios para los viajeros que se lanzan a desandar en auto uno de los circuitos más hermosos y extraordinarios de la geografía nacional, continental y hasta mundial. Un tramo de la ruta 40 que conecta a esta adormecida localidad salteña con la más activa y verde Cafayate.
Son casi 160 kilómetros de aventura (todo camino de tierra) que brindan a diestra y siniestra una profusión de colores, formas rocosas, horizontes de cumbres nevadas y pasos de agua. Hasta al más piantado se le caen las medias. Sobre todo al arribar a la surrealista Quebrada de las Flechas, y sus mogotes puntiagudos salidos de una película de ciencia ficción.
Otro gran atractivo del recorrido son los pueblos que lo decoran, tan o más genuinos y adorables que Cachi. Entre ellos destacan Molinos, Angastaco, Animaná, San Carlos (de soberbia arquitectura colonial) y Seclantás (famoso por los ponchos y otros productos textiles artesanales que elaboran señoras y señoritas).
