Así se llama un instrumento armenio que nos enseñó el villamariense Sergio Pons, quien es el único que lo toca en la ciudad y Córdoba

Por los sonidos del ‘duduk’

Está hecho de madera de albaricoque, y además de ser parte de la identidad armenia, produce un sonido tan especial que, afirman, es terapéutico y sanador
lunes, 24 de agosto de 2026 · 08:30

Sergio Pons pasó buena parte de su vida ligado al deporte. Se dedicó a la construcción de espacios deportivos y también fue árbitro durante 12 años. Incluso señaló que, si se hubiera enfocado más en aquella actividad, podría haber dirigido partidos de AFA. Pero la vida tenía preparada otra cancha para él, una ligada a un sonido que oyó por azar en una película.

Y no, no sabía qué instrumento era, de dónde venía ni por qué aquella música le producía una sensación tan especial. Sintió allí que le llamaba particularmente la atención. “Me pegó”, expresó Sergio, y a partir de ese momento comenzó una búsqueda que se prolongó años.

Preguntó, investigó, buscó en Internet y trató de hallar a alguien que pudiera decirle qué instrumento era. Nadie parecía tener la respuesta. Y señaló: “Cuando yo indagaba, nadie me sabía decir qué instrumento era. Uno estuvo cerca y me dijo: ‘Es una flauta turca’”.

 

Un instrumento milenario

Finalmente, descubrió que aquel instrumento tenía un nombre: duduk. Así se lo denomina en Armenia -y en otros países euroasiáticos-, país al que está profundamente ligado. Incluso, se dice que se creó ahí hace 3.000 años. En Azerbaiyán se lo conoce como balaban; y en Turquía, como mey, nombres correspondientes a instrumentos de la misma familia.

Sergio contó que sus primeros antecedentes “habrían sido instrumentos realizados en hueso, aunque rápidamente comenzaron a fabricarse con madera de albaricoque y una lengüeta de caña, conocida como gamish, tal cual se hacen hoy en día”.

Eso lo sorprendió más: descubrir que, pese al paso del tiempo, el instrumento conserva una tradición de fabricación y ejecución que se ha transmitido durante generaciones. “Lo que toqué antes de esta entrevista es lo que se escuchó hace tres mil años atrás. No ha cambiado nada”, explicó.

Para los armenios, el duduk -al que también le llaman tsiranapogh (que significa “tubo o pipa de albaricoque”)- es más que un instrumento musical, ya que Pons afirma que “es como parte del alma, de la esencia misma de los armenios. Lo que sale, el sonido, la melodía, es historia para ellos. Es parte de su identidad e idiosincrasia”.

El duduk y su música han sido reconocidos por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, en reconocimiento a una tradición que forma parte de la identidad cultural armenia.

“Fijate que preservan sus comidas, sus tradiciones, la música, pero también el instrumento y la forma de tocarlo. Esto no es un bombo o una guitarra. Es parte de un país, de una identidad, de una cultura”, expresó Pons.

 

El desafío de tocarlo

Después de tanto buscar, Sergio por fin consiguió su primer duduk. Lo compró por Internet. La expectativa era enorme, pero cuando tuvo el instrumento entre sus manos apareció un problema que no esperaba, ya que le fue imposible hacerlo sonar. “Fue una decepción tremenda. Tres días en el armario y una amargura...”, confesó.

Después comprendió que el problema no era el instrumento, sino todo lo que todavía tenía que aprender. Porque, dijo, “el duduk exige una técnica particular; la posición de los labios, la respiración, la presión del aire y la relajación son fundamentales para conseguir el sonido; un sonido sanador”.

Aquella dificultad lo llevó a buscar un profesor. Finalmente, encontró a un maestro con quien comenzó a estudiar a distancia -vía Estambul- y que terminó siendo, y aún es, una figura fundamental en su aprendizaje. Sergio destaca que no se trata solo de aprender a soplar un instrumento, sino de incorporar “una técnica, una tradición y una forma de vida”.

También descubrió algo que para él resultó especialmente llamativo: el duduk no es un único instrumento. Para trabajar las diferentes tonalidades existe un juego compuesto por siete instrumentos, correspondientes a las siete notas principales: Do, Re, Mi, Fa, Sol, La y Si. El primero que tuvo Sergio fue el La. Después consiguió el Sol, y a través de su profesor fue incorporando los otros cinco restantes de cada nota.

 

Todos los duduks

El aprendizaje tampoco fue inmediato. “Muy difícil tocar”, confesó, ya que “la técnica de los labios y la forma de administrar el aire requieren tiempo y práctica. Pero esa dificultad terminó siendo parte del atractivo. Y con el tiempo, el aprendizaje musical comenzó a convertirse también en una experiencia muy personal para mí”.

“Cuando entré en esto cambió mi vida totalmente, mi forma de ser, de pensar, de sentir. Y ahora recolecto lo que la gente me dice vibrando con el duduk. Y lo que me gusta es que cuando les toco el duduk, sobre todo cerca de la persona, por ejemplo, rozando su espalda, en la espina dorsal, lo que suena es lo que cada uno lleva adentro. Y provoca algo, una especie de sanación. Es mágico”, sostuvo.

Sergio reconoció que siempre fue una persona que necesitó comprobar las cosas por sí mismo para creerlas. Por eso, cuando empezó a acercarse a cuestiones relacionadas con las vibraciones, la energía y las propiedades terapéuticas que él encuentra en el duduk, su primera reacción fue de duda. “Yo en esto no creía”, admitió. Pero siguió investigando, estudiando y experimentando. Y hoy vive para y por el duduk.

 

Música sanadora

Para Sergio, el duduk tiene una característica que excede lo estrictamente musical. Cuando se lo toca cerca de una persona, sostiene, el instrumento parece relacionarse con aquello que esa persona está atravesando. El sonido y la vibración pueden generar, según su experiencia, una respuesta emocional particular. Es allí donde aparece la dimensión terapéutica y sanadora que procura compartir.

Sergio no plantea su experiencia como una fórmula ni como un producto. Tampoco busca hacer del duduk una actividad comercial. Su intención es otra: poner lo que aprendió al servicio de quienes quieran acercarse. Por eso organiza talleres en Villa Yacanto y ha trabajado también con niños, “quienes tienen más facilidad para aprender a tocarlo”. Además, es la única persona que lo toca en esta ciudad y, probablemente, en toda Córdoba. Sergio lo descubrió casi por azar y terminó transformando su propia vida.

También lo toca en la Catedral de Villa María “cada domingo, durante la misa de las 7; ahí interpreto una melodía y dejo que la voz de aquel antiguo instrumento armenio suene en un espacio de profunda significación para la comunidad”, dijo

El objetivo de Sergio es simple: ser un medio para que otras personas puedan acercarse al duduk y experimentar lo que él encontró en su sonido milenario. Quiere transmitir sus conocimientos, acompañar a quienes tengan interés y generar espacios donde la música pueda convertirse en una experiencia de encuentro, meditación y sanación. Contó que él no busca dinero con este instrumento, sino compartirlo con todos.

Por último, Sergio Pons dijo que quienes quieran conocer más del duduk, sobre su particular historia, o tan solo deseen escucharlo o, incluso, acercarse a los talleres y enseñanzas que lleva a cabo, de manera abierta y como cada quien lo desee, pueden contactarse con él a través de Instagram, en @Sonidos del Cáucaso.

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