Despedida al Indio Solari

Adiós al único héroe en este lío

Escribe: Beto Arce ESPECIAL DESDE BUENOS AIRES

 

Elegí pasar el Día del Periodista en una fila.

No en una redacción. No frente a una computadora. No detrás de un escritorio.

Me tocó en una procesión popular en Villa Dominico de más de siete kilómetros, entre interminables coros, lágrimas, flores, abrazos y silencios, esperando despedir a Carlos “El Indio” Solari.

Y lo primero que me impactó no fue la dimensión del acontecimiento.

Fue la gente.

Las caras cansadas.

Los cuerpos olvidados y golpeados por esta vida injusta:

Las muletas.

Las prótesis.

Las sillas de ruedas.

Los bastones.

Tipos mancos, tipas sin piernas, otros ciegos... Gente rota, con la coraza curtida y con el alma en pena.

“Un corazón no se endurece porque sí”...

Ahí estaban:

Los trabajadores. Los jubilados. Las familias enteras. Los jóvenes. Los abuelos. Los hijos que crecieron escuchando canciones que antes habían escuchado sus padres.

No era una multitud cualquiera. Era el pueblo de verdad.

Nadie mandó a nadie. Solo jugó el deber de la memoria y la gratitud a quien lo merece.

Y eso explica buena parte de lo que significa el Indio para la Argentina.

Mientras miles de personas avanzaban lentamente para despedirse, a pocas cuadras del Microestadio de Villa Dominico, otros argentinos dormían y aguantaban en la calle. La indigencia gana terreno. La pobreza se vuelve paisaje. La exclusión duele cada vez más.

Por eso, la despedida del Indio también tiene algo de espejo.

Porque entre quienes hacen esta cola aparecen muchos de los que rara vez ocupan las primeras planas. Los que siguen peleándola todos los días. Los que saben lo que cuesta llegar a fin de mes. Los que conocen el dolor, la frustración y la resistencia.

“Todo un palo, ya lo ves”. La frase resuena, inevitablemente.

Y sí. Todo parece un palo. Porque ya no está Diego. Y ahora tampoco está el Indio.

Se van los referentes que ayudaron a construir una identidad colectiva para millones de argentinos, fuera de las canchas y de los escenarios.

No soy el más ricotero ni a palos. Pero el Indio me marcó. Me abrió la cabeza. Me ayudó a mirar más allá de lo evidente.

Me enseñó que aunque nos inyecten “Nike es la cultura”, la cultura popular es una forma de resistencia.

Y que las canciones, muchas veces, dicen lo que la política, los medios o las instituciones no logran, pueden o les impiden expresar.

Por eso, resulta imposible no sentir cierta tristeza al pensar que el Gobierno nacional decidió no habilitar la casa del pueblo para su despedida.

Porque, más allá de cualquier diferencia ideológica, la magnitud popular del Indio merece ser comprendida como parte del patrimonio cultural argentino. Pero claro, la diferencia ideológica es abismal y está en las antípodas.

La fila sigue avanzando. Las flores siguen llegando. Los abrazos siguen multiplicándose.

Banderas rojas, banderas negras... El pueblo ricotero es más que una fidelidad a un grupo de rock. Es la adversidad y angustia de estos días transformada en esperanza y lealtad a nosotros mismos. Porque “el que abandona no tiene premio...”.

Y yo pienso en aquel pibe que soñaba con ser periodista.

Pienso en el privilegio de estar acá para contarlo. Pienso también en que nunca fui de los periodistas más obedientes.

Quizás por eso algunas notas no encuentran espacio. Quizás por eso este tiempo me encuentra más independiente. Escribiendo lo que veo. Escribiendo lo que siento. Escribiendo lo que el corazón manda y dicta.

“¿Cómo no sentirme así?”

Porque duele. Duele mucho.

Duele esta vida, no solo el Indio. Esta despedida es también una excusa para llorar por todo lo que hace falta llorar. “Maldición, va a ser un día hermoso”, y vaya que lo es.

Pero también hay algo que permanece.

Una certeza.

Somos semilla de nuestros referentes. Y nos toca seguir.

Seguir escribiendo. Seguir cantando. Seguir peleando. Seguir abrazando. Seguir construyendo comunidad, aun en tiempos de mierda como este.

Me abrazo con desconocidos una y otra vez. Saltamos en rondas y coreamos canciones al volumen de parlantes que se van moviendo con la procesión.

Afortunadamente, todavía me falta descifrar muchas poesías del Indio. Y eso quiere decir que la conversación sigue abierta y que la lucha popular recién comienza.

Porque si algo queda claro en esta despedida multitudinaria es que algunos artistas trascienden la música y se transforman en leyendas, en próceres, en santos o dioses...

Se convierten en parte de la vida de un pueblo, un pueblo que peregrinó en paz y en familia hacia la última misa, como siempre lo pidió el míster: “Cuidémonos entre nosotros”.

Y mientras la noche cae sobre Buenos Aires y la fila continúa avanzando, la garúa moja, te pega, te angustia, pero transmuta... Para el pueblo, lo que es del pueblo, y donde hay dolor, habrá canciones.

Seguiremos de pie, querido Indio..., “la marea ayudará y no tendremos miedo”.

Tus valientes y graciosos.

Cargando más noticias
Cargar mas noticias