Una historia de vida llevada a las escrituras

“La saqué barata, zafé y ahora estoy escribiendo un libro”

Agustín Pessuto tiene 24 años y acaba de publicar Registros Internos, un libro donde relata sin filtros su convivencia con la discapacidad, las luchas internas que atravesó durante años y el proceso personal y espiritual que le permitió encontrar un nuevo sentido para seguir adelante
jueves, 25 de junio de 2026 · 08:15

Escribe: Beto Arce
ESPECIAL PARA ELDIARIO

Nos encontramos en la Medioteca, un espacio público, accesible y tranquilo, para conversar con Agustín Pessuto, un joven de 24 años que acaba de publicar su primer libro, Registros Internos.

La cita era a las 10 de la mañana. Mientras esperaba sentado en el café, observé por la ventana cómo se acercaba lo que, a la distancia, parecía una pequeña motocicleta. Minutos después, Agustín me explicaría que, en realidad, era su triciclo adaptado, el mismo que utiliza para moverse de manera independiente por la ciudad y que había recuperado apenas tres días antes, luego de un accidente que le provocó algunos golpes y una dolorosa recuperación.

La moto, sin embargo, sigue siendo uno de sus sueños. Uno más dentro de una larga lista de objetivos que se plantea con la misma determinación con la que enfrenta cada desafío cotidiano.

Vecino del barrio Ameghino, estudiante de Martillero Público –carrera que está próximo a finalizar– y también de coaching ontológico, amante del gimnasio y hacer fuerza, Agustín construyó una vida marcada por la perseverancia. Pero detrás de esa imagen de fortaleza hay una historia mucho más profunda.

En su libro escribe una frase que resume gran parte de su recorrido: “El verdadero enemigo no era el mundo, era la voz dentro de mi cabeza”. A partir de allí, narra, con una honestidad poco habitual, los conflictos internos, la exigencia, la vergüenza, la fe, el deseo, el cansancio y los momentos en los que pensó en no seguir adelante.

Agustín convive desde su nacimiento con una parálisis cerebral no aguda que, según sus propias palabras, afectó su caminar, sus movimientos y su habla. “Nací 20 días adelantado, rompí bolsa rápidamente, faltó oxígeno, tragué líquido materno y estuve un mes en incubadora”, relata. Pero, inmediatamente, completa la idea con una sonrisa que parece sintetizar toda una filosofía de vida: “La saqué barata, zafé y hoy estoy escribiendo un libro”.

Durante años, reconoce, su principal conflicto no estuvo en la discapacidad, sino en la manera en que se percibía a sí mismo. “Mi problema nunca fue la discapacidad; mi problema fue que nunca acepté quién era”, explica.

Tampoco se considera escritor. De hecho, aclara que Registros Internos no nació de una vocación literaria ni de una búsqueda editorial. Surgió de algo mucho más íntimo: “No soy un profesional de la escritura ni mucho menos. Esto nació de una necesidad biológica”, afirma. La necesidad de poner en palabras aquello que durante años permaneció encerrado.

El libro tampoco pretende enseñar cómo vivir ni ofrecer fórmulas de superación. “No hay recetas, no hay héroes”, sostiene. Lo que hay es el relato sincero de una persona que atravesó momentos extremadamente difíciles y decidió contarlos para poder liberarse.

Al hablar de esos períodos oscuros, utiliza una frase tan dura como contundente: “Estuve en la línea de fuego de quitarme la vida muchas veces”. Fueron años atravesados por la lucha interna, por preguntas sin respuestas y por una búsqueda permanente de sentido.

Según cuenta, uno de los puntos de inflexión llegó a partir de un retiro espiritual que transformó su manera de ver las cosas. Desde entonces, la fe ocupa un lugar central en su vida. Convencido de la existencia de Dios, reconoce que descubrir quién es realmente sigue siendo un proceso complejo, pero encuentra en esa búsqueda una dirección y una esperanza.

Lejos de aferrarse únicamente al libro, asegura que hoy intenta valorar algo mucho más simple y profundo: la presencia. Estar. Compartir. Hacer las cosas que puede hacer. Disfrutar los avances sin quedar atrapado en las metas alcanzadas.

Durante la charla, Agustín me pidió ayuda para abrir los sobres de azúcar de su cortado en jarrito. Después, entre sorbos tomados con un sorbete, la conversación fue encontrando su propio ritmo. Hubo palabras que tardaron un poco más en llegar y silencios que también tuvieron algo para decir.

Al momento de despedirnos, me pidió que lo ayudara a colocarse y abrocharse el casco antes de volver a subir a su triciclo. Antes de arrancar, nos dimos un abrazo y prometimos seguirla.

Mientras Agustín se aleja en su triciclo, el mismo que utiliza para estudiar, entrenar, encontrarse con amigos y construir su independencia, pienso que su libro cuenta una historia importante. Pero quizás haya algo igual de valioso en todo lo que no está escrito en sus páginas. En la forma en que enfrenta cada día. En la decisión de seguir adelante. Y en esa sonrisa con la que, después de abrirse a contar los capítulos difíciles de su vida, se despide para continuar escribiendo los que vienen.

El motivo de esta nota era solo dar lugar a la presentación de su primer libro, aunque claramente hubo tiempo para más.

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