El 10 de octubre se celebró el Día Nacional de la Danza y elDiario charló con Rosalía Cuello, quien le entregó muchos años a este arte
“El ballet ha sido mi pasión”
Descubrió el baile clásico a los 6 años y desde entonces hizo de este parte de su vida. Aunque no llegó al destino que soñaba, abrió una escuela en un pueblo cordobés para impulsar a jóvenes talentos. Hoy es profesora de pilates clásicoRosalía Cuello tenía apenas 6 años cuando entró por primera vez a una sala de danza en Villa Urquiza, Buenos Aires. Su mamá había advertido que era una niña inquieta y que tenía pie plano. Cerca de su casa funcionaba una escuela y tras visitarla, que pudo ser una actividad más de la infancia, terminó convirtiéndose en el comienzo de una historia que todavía continúa.
Casi toda una vida después, el ballet sigue ocupando un lugar irremplazable en su identidad. Cambiaron los escenarios, las ciudades y hasta la disciplina a la que dedica hoy sus días, pero no esa manera apasionada de vivir el movimiento, enseñar y transmitir lo aprendido.
Cada 10 de octubre, el Día Nacional de la Danza recuerda a los nueve integrantes del Ballet Estable del Teatro Colón que murieron en un accidente aéreo en 1971, entre ellos dos grandes figuras de la danza argentina, Norma Fontenla y José Neglia. La fecha nació de esa tragedia, y hoy es una oportunidad para celebrar la danza en todas sus expresiones y reconocer las historias de quienes la llevan como una vocación.
La de Rosalía es una historia de sueños, formación y escenarios, y de oportunidades compartidas. Porque si hubo un lugar al que no llegó como bailarina, hubo otros caminos que sí pudo abrir para que jóvenes con talento tuvieran la posibilidad de hacerlo.
El sueño de bailar
Nacida en Buenos Aires, en una familia de raíces cordobesas, Rosalía creció mirando el ballet como un horizonte posible. La escuela a la que asistía estaba vinculada con una docente de la Universidad Nacional de las Artes y ofrecía preparación para quienes quisieran ingresar a la Escuela Nacional de Danza. Ese era su sueño. Sin embargo, había inseguridades que pesaban. Y sobre esto señaló: “Yo siempre fui una niña que tuve una historia con el cuerpo”
Y en aquella época, recuerda, la imagen de las bailarinas estaba muy asociada a cuerpos extremadamente delgados. A eso se sumaba una situación familiar difícil que no la ayudó a dar aquel paso. El ingreso que había imaginado no llegó. Pero la danza siguió llamándola.
Alrededor de los 19 años regresó a Córdoba y encontró nuevas posibilidades para continuar su formación. Una maestra, Nadia Freedom, fue fundamental: la acercó a una preparación más rigurosa, a seminarios del Teatro Libertador y a un ámbito profesional que le permitió aprender de maestros y bailarines con una trayectoria importante.
“Fue muy generosa conmigo y fue la que me abrió la puerta a este mundo maravilloso”, recordó, y a partir de entonces, se dedicó a formarse, participó de seminarios y certámenes, y se vinculó con personas que la ayudaron a crecer como bailarina y docente de esta disciplina.
Esa búsqueda intensa también dejó una marca en su carácter.
“Yo tengo la pasión. Hasta para enseñar un ejercicio soy muy pasional”, dice, y enseguida vuelve sobre aquella niña que había entrado por primera vez a una sala de danza: “Una niña de 6 años que buscaba un nivel de exigencia y de superación constante”.
Una idea hecha realidad
A los 36 años, Rosalía encontró la oportunidad de concretar un proyecto propio. Abrió una escuela municipal de danza en La Francia, el pueblo cordobés donde vivía su abuela y donde había transcurrido una parte importante de su vida. La localidad tiene alrededor de 3.800 habitantes, pero nunca pensó que eso limitaría su sueño.
“Yo siempre pensé en grande”, afirmó. Su idea era sencilla y ambiciosa a la vez: que, si había una chica con talento en ese pueblo, tuviera la oportunidad de formarse y llegar tan lejos como sus condiciones y su trabajo se lo permitieran.
“Yo decía: tengo que abrir una escuela que, si hay un talento de acá, tiene que salir, tiene que tener una oportunidad”, dijo.
La escuela funcionó cinco o seis años. Allí enseñó, convocó maestros, organizó viajes y acercó a sus alumnas a seminarios y certámenes en Córdoba y otras ciudades. También buscó oportunidades en la Fundación Julio Bocca, donde se realizaban instancias de formación y galas que podían abrir puertas.
Entre sus recuerdos más valiosos aparecen dos alumnas con condiciones excepcionales para bailar, que pudieron iniciar su formación en el ámbito del seminario del Teatro Libertador, en Córdoba. Para Rosalía, verlas avanzar confirmó que su apuesta tuvo sentido.
“Creo que eso es compartir la pasión con el otro”, reflexiona. En ese gesto aparece una de las dimensiones más significativas de su historia: la posibilidad de ayudar a otros a acercarse a aquello que ella había deseado desde pequeña.
No era solo enseñar pasos o corregir posturas. Quería que sus estudiantes conocieran otros maestros, accedieran a una formación más exigente y comprobaran que un futuro ligado a la danza no era imposible por haber nacido lejos de los grandes centros culturales.
Talento y mucho trabajo
Rosalía sigue atenta a las historias de bailarines que consiguen abrirse camino. En la entrevista menciona el recorrido de Marianela Núñez, la argentina que se convirtió en primera bailarina del Royal Ballet de Londres, y también el de Guillermo Rolutti, el joven cordobés del barrio Alberdi que logró ingresar a la prestigiosa escuela Vaganova, en Rusia.
La historia de Rolutti la conmueve por lo que representa: un chico de un barrio popular de Córdoba que llega a una institución de formación de reconocimiento internacional. Para ella, ejemplos así demuestran que el talento puede surgir en el lugar menos pensado.
Cuando se le pregunta qué les diría a los chicos y chicas que sueñan con bailar, no duda: “Por más que tengan talento, no alcanza. Hay que poner mucho trabajo, mucha dedicación”.
En esa respuesta hay experiencia, pero también una forma de entender la vida. La danza le enseñó a convivir con la exigencia, a buscar una superación permanente.
Otra manera de bailar
Hace 13 años, Rosalía llegó a Villa María. La mudanza implicó cerrar su escuela en La Francia. En la ciudad tuvo la oportunidad de bailar en el Teatro Verdi, donde participó en obras del repertorio clásico como Coppélia, La Bayadera, El lago de los cisnes y Giselle. Y trabajó con Raúl Oliva, a quien reconoce como un referente por su conocimiento y su compromiso con la cultura y el ballet local.
Durante un tiempo intentó enseñar en Villa María, pero las dificultades para vivir del solo del arte se lo impidieron.
“El amor al arte es hermoso, pero no te sostiene”, resume con una sinceridad que no necesita más explicaciones.
Hoy vive de su trabajo como instructora de pilates clásico en un estudio de Villa Nueva. Practica pilates desde hace alrededor de 20 años y lleva seis dedicada específicamente al método clásico, del que fue pionera en su llegada a Villa María. La disciplina tiene sus propias técnicas y objetivos, diferentes a los del ballet, pero Rosalía halló una continuidad en la precisión, el control del cuerpo y la búsqueda de la extensión.
“Creo que he tratado de volcar mis conocimientos y siento muchas veces lo mismo en lo que me dedico hoy”, explica sobre su tarea actual.
Sí, la danza sigue presente en su forma de enseñar, en la pasión con la que acompaña a sus alumnos y en el vínculo que mantiene con ese universo.
¿Volverías a dar clases de ballet? “Sí, me gustaría”. ¿Regresarías a bailar? “No lo descarto”. Igual, sabe que hay que aprender a escuchar al cuerpo y saber hasta dónde llegar. En su historia no hay una despedida definitiva de la danza. Hay una transformación. Aquella niña que soñaba con ingresar a la Escuela Nacional encontró otras maneras de permanecer cerca del ballet: formándose, bailando, enseñando y ayudando a que otras personas llegaron a donde ella soñó llegar. “Si no hay amor, que no haya nada”, dice durante la charla, casi como una declaración de principios.
Y la historia de Rosalía recuerda que una pasión no se mide solo por los escenarios alcanzados. También se reconoce en las puertas que alguien abre para otros, en los conocimientos que transmite y en esa energía que sigue moviéndose aun cuando la vida cambia de rumbo. Porque, para ella, la danza nunca dejó de estar ahí. Solo encontró otra manera de expresarse.
