Una conversación con el pianista y director
Sergio Feferovich: “Que lo que digas, mejore el silencio”
En un presente presuroso, el creador de La música de las ideas, propone una pausa: pensar la música como forma de escucha, de empatía y de construcción socialEs “director, pianista y “ambas cosas” como ilustra en su biografía de Instagram. Sergio Feferovich habla con la misma delicadez con la que dirige. Y sus ideas, compartidas con quién lo escuche o lea, tienen música. Ha dedicado su vida a acercar la música académica a públicos que tal vez no se sientan cercanos a ella de manera directa.
No se trata de simplificar ni de entretener, sino de emocionar, conectarse, sensibilizarse. Eso propone Sergio en su presentación La música de las ideas, con la cual gira por todo el país desde hace muchos años. Y en esa búsqueda, su mirada sobre las nuevas generaciones invita a detenerse, a escuchar, esforzarse y sentir.
¿Qué puede aportar el estudio de la música a los jóvenes?, fue la pregunta disparadora a la que Feferovich respondió: “Estudiar música hace bien, te ayuda a expresar tus emociones, mejora tu inteligencia intrapersonal”, y seguidamente afirmó: “Yo creo que el mensaje que la música debería dar a las nuevas generaciones es que nada se consigue sin realmente esforzarse… más allá de los malos ejemplos que tenemos muchas veces”.
No es una evocación de un tiempo pasado mejor, sino una defensa de algo esencial, la construcción de una vocación, de eso que se va construyendo cuando uno insiste, se compromete. “Estaría bueno que en cierta medida se vuelva a la cultura del esfuerzo, que nada se consigue sin realmente transpirar la camiseta”, aseguró.
Académico y popular
“El cruce entre lo académico y lo popular, es lo que hace que lo que hago yo sea especial porque la gente lo ve como una interconexión entre estos lugares, que no sé por qué razón, siempre se trataron de mantener separados”, expresó Feferovich.
De esta manera, plantea una nueva discusión frente a la percepción de la música que ya no es entre música clásica o popular, sino entre “buena o mala música”.
“En la medida que uno pueda diferenciar y estimular el gusto por la buena música, no importa de qué carácter sea, puede ser popular, comunitaria, clásica o académica; todo hace bien. Sobre todo si nos emociona y si nos enfatiza nuestra sensibilidad ante cualquier manifestación artística”, agregó.
El silencio como forma de decir
En un mundo saturado de sonidos, su definición del silencio, presenta una perspectiva casi filosófica: “El silencio está mal definido como ausencia de sonido. En realidad, lo que hace es anticipar o enfatizar el sonido que viene”, explicó.
“Escuché a alguien decir que cuando uno habla tiene que mejorar el silencio. Y estaría bueno si pensáramos eso a la hora de expresarnos, ¿no? Lo que digo, ¿sirve, ayuda, mejora la vida de alguien?”, propuso. Plantea así, una ética del lenguaje que invita a escuchar antes de expresar, y a decir con más sentido, a cuidar la sutileza de las palabras.
Una buena orquesta
Lejos de pensar en utopías, cuando piensa en el mundo, imagina una orquesta. “Una buena orquesta”, aclaró. “Estaría bueno ver en la sociedad lo que sucede en una orquesta: la parte social, la parte de tocar todos juntos la misma obra, la parte de respetar a un líder, la parte de saber hacer bien lo que tengo que hacer”, destacó. En esa función, cada músico toca y lee su partitura, pero al mismo tiempo escucha al resto. “Si yo no hago bien mi parte, todos nos perjudicamos”, agregó. La orquesta aparece así como un modelo posible de convivencia: cooperación, coordinación, respeto mutuo, compromiso, escucha activa, participación.
Pero señaló: “Me gustaría no ver en la sociedad aspectos de las orquestas que tienen que ver con los egos, con la competencia, con el rol de solista en medio de un todo”.
Es una crítica sutil, pero firme al individualismo contemporáneo.
Sin embargo, también habla de una defensa del grupo, de la pertenencia, del valor de quienes no buscan brillar por encima de otros, sino junto a ellos.
“Los solistas son más que bienvenidos, pero siempre está bueno que sean de afuera de la orquesta. Que la orquesta tenga siempre su grupo de pertenencia y que sepan que todos son indispensables”, aclaró.
La primera nota
Conversar con Sergio es también una manera de asomarse a su propia historia y a ese instante en que la música se convirtió en su destino.
“En un acto de la escuela me puse a tocar la flauta dulce y toqué el tango El choclo, yo solo, sin micrófono, en una peña con 300 personas... Ahí dije: el escenario es mi lugar. Y desde ahí nunca más me bajé”, reveló. Esta anécdota, más que una postal nostálgica, es un recordatorio, muchas veces el amor por el arte comienza en lo simple. En una escuela. En una canción. En un niño que se anima a tocar.
Da capo al fine
Sergio Feferovich no nos da una partitura que seguir da capo al fine. Pero sí ofrece una nueva manera de mirar, de escuchar, de pensar la música como algo más que un oficio, una ambientación o una distracción, si no como una forma de habitar el tiempo, de volver a la pausa, de practicar la empatía. En un presente que apura, que exige, que premia lo instantáneo, él insiste en lo opuesto, en el valor de demorarse, de escuchar, de trabajar con paciencia. Y si, como dice, “lo que decimos debería mejorar el silencio”, entonces tal vez su mensaje -el que deja entre palabra y palabra, entre nota y nota- sea precisamente ese, que hay otra forma de vivir, de aprender, de crear. Una más lenta, más humana, más profunda. Una que, como la música, necesita tiempo para interpretarse.
