Teatro - “La media medalla” es una historia que rompe sutilmente con la frontera entre la realidad y lo titiritesco
Buena puesta en escena del absurdo
Escrita y protagonizada por Marisabel Demonte, junto a Valentina Morello, quien da vida “humana” a los títeres, coprotagonistas de los personajes de carne y hueso, esta es una obra a través de tres historias, en clave de humor sutil, sobre las relaciones humanasEscribe Juan Manuel Orbea ESPECIAL PARA EL DIARIO
Podría decirse que, en tiempos de crisis y de historias cada vez más súbitas e intrascendentes, donde una selfie en Instagram pretende pasar por contenido profundo y contarnos una “historia”, hacer teatro es un acto revolucionario.
Y hacerlo en Villa María más, porque la agenda teatral es, por obvias razones, limitada. Aunque las obras que hay pueden sorprender mucho y demuestran que acá se montan dramaturgias de excelente nivel.
El buen teatro, y hablamos del que logra mover las entrañas del espectador, sea a través de lágrimas o de la risa, siempre se agradece. Y esta obra merece un “gracias”, pues tiene una producción sobria, pero creativa, un texto muy bien trabajado y actuaciones sobresalientes.
Por lo que, sin duda, esta minimalista puesta en escena, es un regalo del mismísimo Dionisio, quien además del dios griego del vino, de la diversión y la fertilidad, lo es también del universo teatral.
Un texto a la altura de las actuaciones
“La media medalla”, escrita por la estupenda actriz, directora de teatro, periodista y locutora Marisabel Demonte, acompañada en el escenario por Valentina Morello, otra gran actriz y titiritera de altos vueltos, es uno de esos ejemplos de buen teatro villamariense.
Esta producción es como un híbrido teatral, por el uso de seres vivos y títeres en el mismo nivel existencial, que da como resultado un experimento exitoso y más que interesante.
Las protagonistas de esta obra conforman el grupo Dúo Dueto, y logran multiplicarse en escena a través de tres historias, entrelazadas por una estación de tren, que se encuentra en todas partes y en ninguna al mismo tiempo.?Sin saber si los personajes van o vienen de o hacia algún lugar.
Y claro: ahí surgen sutiles pincelazos del amor, la locura, el deseo, la muerte y otros absurdos cotidianos; tantos, como las mitades que somos, las mitades que creemos, ilusos, nos faltan para ser un todo.
Un todo relativo, como relativa es la razón o no, del porqué estamos ahí, y aunque seguro no esperamos alguien que se llama Godot, sí esperamos a que algo más suceda. Y ocurre en esos diálogos por un instante hilarantes, por absurdo que (no) parezca.
Una obra contada a través de seis personajes tan distintos como relacionados entre sí. Un trío de mujeres reales e intensas interpretadas por Demonte, y otros tres títeres, prácticamente humanos, que cobran mucha vida gracias a Morello, incluido un hombre muy particular.
La mezcla de realidad y fantasía, entre seres humanos de verdad y quienes no lo son “tanto”, provoca un efecto maravilloso.
Porque sucede que, en un momento, gracias al hábil texto y las magníficas actuaciones (de ambas, porque Morello, aun detrás de tamaños títeres, también actúa y está más que presente), nos olvidamos de que los títeres lo son, y los suponemos reales. Mientras que los personajes de verdad (tres mujeres), entre taras y contradicciones, de pronto, parecen irreales, caricaturescas, casi títeres.
Surge así un juego de espejos donde a veces no sabemos qué es real y qué no.
Una obra ingeniosa y que “vuela”
Los más o menos 50 minutos que dura la obra vuelan. Y ya se sabe: cuando el tiempo pasa rápido, generalmente es porque, o no deseamos que pase o porque lo estamos pasando muy bien. Y eso ocurre al ver “La media medalla”: de pronto advertimos que terminó, como queriendo ver una historia más. Porque quizá, en el lugar de conformar un tríptico de mundanidades y obsesiones humanas en clave de absurdo, bien podría haber sido un cuadríptico, para beneplácito de los espectadores.
Quienes, entre reflexiones y risas, se dejan llevar por el talento y entrega de Marisabel y Valentina.
Pero antes, estará ahí, una estación imaginaria, frente a un barco imaginario, en una espera imaginaria, donde se hablará de todo, y de nada, de lo que hablan los seres humanos en esta tan breve como eterna espera que es la vida, desde que nacemos hasta que morimos, cada uno con su propia agenda, cada uno con su manera de ser y de sentir. Y ahí, los personajes se entrelazarán directa e indirectamente, siendo medallas, o más bien, apenas media medalla, siempre en conflicto. Tres conflictos que harán reír, no llorar.
Esta obra se escenificó tres veces en el Teatro de Herejes, 2 en junio y el pasado 7 de julio. Y prontamente volverá a montarse.
Así que hay que estar atentos para cuando se anuncien las próximas funciones.
