Hubo más de 10 mil personas en la segunda noche
Una peregrinación exquisita
Fieles de todas partes acompañaron al “Mandamás” cuartetero con “tetra” en mano para pasar el frío y bailaron y cantaron los clásicos de La Mona“Siempre presente”, dice. Es un pibe de veintipocos que lleva gorras apiladas sobre la cabeza y en uno de sus brazos, como perchero, remeras. “Mirá”, dice después y muestra una, mangas cortas, que en el pecho tiene la cara de La Mona Jiménez y detrás esos versos que dicen: “Soy un muchacho de barrio/ que no tiene horario/ cuando hay que cantar”. El chico es de Córdoba y cuenta que vino, solo esta noche, a vender.
Son las 7.30 de la tarde del sábado 17 de junio, hace siete grados y afuera del Anfiteatro Municipal Centenario Aldo Invernizzi hay tantos como él que ofrecen más remeras, más gorras, pilusos, buzos, vinchas: todas, por supuesto, con algo del “Mandamás”. Muchos son los mismos que estuvieron el viernes, durante la primera noche cuartetera, y no vendieron nada; los mismos que pasada la medianoche, guardaron todo y se fueron.
A las 20 abren las puertas y varios, también, mientras esperan que comience la segunda noche del Festival Nacional del Cuarteto, hacen tiempo en la costanera. Por ejemplo, ese grupo de amigos que llegó alrededor de las 6 de la tarde desde El Trébol, Santa Fe, y que ahora escucha, con un parlante, cuartetos de Jiménez.
“A La Mona la seguimo' pa' to' lao': a San Francisco, al Mario Kempes”, cuenta Martín. Luego, cuando tiene que explicar cuánto tiempo hace que sigue al cantante, dice: “Uhhhh, hace años, hace años. Sus canciones pegan en el corazón de todas las personas. Es lo más grande que hay. No lo cambiaría por nada”.
Falta tanto todavía, el “gran baile” comenzará a las 3.30 de la mañana: entonces, Martín y sus amigos, que hace un rato comieron una picada, ahora siguen con ferné con coca.
El viernes, según el Ente Deporte y Turismo, hubo cinco mil espectadores. Personal del Anfiteatro confirmó que más de siete mil. Policías y fuentes judiciales aseguraron que más o menos dos mil. Un vendedor de remeras calculó tres mil. Otra vendedora, de panchos, dijo que, “exagerando”, 1.500.
Es lo que se dice, y siempre se dice tanto.
Para esta segunda noche, el operativo es mayor porque el movimiento es mayor: el viernes a las 19.30, dicen, había 100 personas. Hoy sábado, a la misma hora, ya hay cientos, tal vez ya unos pocos miles. Entre policías de la Provincia, de Narcóticos y gendarmes hay distribuidos unos 180 que controlan vehículos, el ferrocarril y la Terminal de Ómnibus.
Más tarde, cuando ya no quede nadie, las brigadas habrán desarrollado nueve procedimientos por narcomenudeo -en los que secuestraron marihuana- y detenido a 10 personas.
Además, controlando, este sábado están los 65 de seguridad privada de la productora Universo Jiménez y están coordinando todo, en conjunto, los fiscales de Instrucción, René Bosio y Juliana Companys, que, poco después de las 20 y con seis grados, cuando recién abren las puertas para el ingreso, se van.
Hasta que se hagan las 21 y suba al escenario la primera banda, DJ Cabrito musicaliza: lejos de los reguetones del viernes, suena Sabroso, Banda XXI, La Mona, Magui Olave, La K'onga y la gente -con camperas sobre buzos, sobre remeras térmicas, y gorras sobre capuchas y bufandas envueltas hasta por encima de la nariz- que se acerca al bufé para comprar choripanes o sándwiches de vacío y cajas de vino que pronto abren y arremangan y mezclan con coca para darle un trago, dos tragos, tres tragos, todos los que hagan falta, porque si no el frío no se aguanta.
A las 21, como está previsto, el grupo La Ronda aparece en el escenario y el público, que no es poco, pero tampoco el que será dentro de seis horas, se mueve. Todo lo que ocurre después es similar, pero con gente que sigue llegando. Y todo sucede puntual: La Barra toca a las 22.30, Lore Jiménez a las 0.30, Megatrack a la 1.30.
DJ Cabrito continúa musicalizando y ahora lo hace con Jiménez puro: suena “Cris”, “Luis”, “Para volver”, “Mujer y amante”.
Santiago “Colorete” Gianola y Vane Ludueña son los encargados de la transmisión en vivo y poco después de las 3 comparten una entrevista con el “Mandamás” que está sentado con su hijo Carlos -conocido como Carli- y sus hijas Lorena y Natalia.
“Hace un calorón”, dice La Mona y ríe. “Feliz día a los padres”, dice después y en la charla, que dura muy poco, no mucho más de cinco minutos, La Mona agradece a su gente, a los cordobeses, a los tucumanos, pero también a los chilenos, los españoles y los mexicanos y por eso vuelve a reír y dice que este festival de cuarteto es internacional.
Colorete y Vane leen algunos de los mensajes de la transmisión: “Larga vida al rey”, “Dale Monita, activá”.
A las 3.30 en punto, La Mona activa mientras el Anfiteatro es un coro único: “Soooooy Ji-mé-nez, soooooy Ji-mé-nez, Ji-mé-nez, yo soy”.
La Mona es ese hombre que en la primera parte del show viste un traje negro y plateado que tiene algo de espacial y algo de esquimal (y algo, sobre todo en la parte superior, de Sub-Zero, el personaje ficticio de la saga Mortal Kombat).
Es el hombre que baila e invita a bailar, que se mueve frente a la gente -su gente- y hace el clasiquísimo palma dorso, palma dorso, con una de sus manos, en un ademán que inaugura, que promete, que convoca. Es el hombre que adoran aquellos otros hombres y aquellas otras mujeres: esa multitud que le grita “te amo”, que lo mira como si nunca hubiera visto o, mejor, como si vieran otra vez, algo demasiado lejano. Es el hombre que vuelve al Anfiteatro después de ocho años.
“Estrella de la mañana” es el nombre de la canción con la que abre su show.
Luego, hay un parate. Anuncia que el 17 de junio será el Día del Fan Cuartetero. "A la m...da, chau, decretado por mí”.
Sigue “Ramito de violetas”.
Le pide al público “más huevos” y continúa con “Celosa”. Llega el momento de saludar a esa masa que no deja de gritarle, que necesita que él los mire y los reconozca, que diga, por ejemplo, saludos para el “cabezón” de tal barrio y la abogada de tal otro -barrios que identifica con su lenguaje de señas-, saludos para aquellos de Córdoba, de Buenos Aires, de Santa Fe, de Zenón Pereyra, de San Francisco, de Las Varillas, de Oncativo, de Oliva, de Las Playas, de Bell Ville, de Justiniano Posse, de Mendoza, de Santa María de Punilla y etcétera, etcétera, etcétera, a lo largo de toda la madrugada.
Toda esa masa entrega la garganta: esa masa entre la que hay hombres con banderas y uno, parado sobre otro, en cuero con una térmica de cero grado.
“Tinta china”, “El federal”, “Se fue”, “Laura”, “Tu príncipe azul”, es la seguidilla de temas que canta el “Mandamás” hasta que interpreta “Mujer golpeada” y se suma al escenario su hija Lore -que toma el micrófono y critica a las redes “de m...da”- con quien baila y se besa y se abraza.
“Aventurera” es el último tema de la primera parte, pero apenas lo comienza a cantar, frena y dice:?“¡¿Qué pasa?! ¡¿Están cag...s de frío!”.
Antes de que las luces se apaguen, encima de la gente vuelan cajas de vino, vasos con restos de hielo, de bebida.
Hay una pausa de cinco minutos y La Mona vuelve, con un traje blanco y negro -muy taoísta, muy yin y yang- unido por un cinturón, debajo una remera (también blanca y negra), y unas botas largas acordonadas.
“El león” es la canción con la que abre y sigue “Intentemos” hasta que un hombre, 30 y largos de Ituzaingó, se sube al escenario, camina calmo hasta La Mona, le hace el gesto de alabanza y le dice: “Sos lo mejor que me pasó en la vida. Te amo”.
Jiménez le agradece y pide que no lo saquen del Anfiteatro.
Una de las músicas empieza a tocar el bongó y La Mona baila. En realidad es como si el cuerpo se le estremeciera, como si temblara, como si algo dentro suyo vibrara y continúa haciéndolo cuando los demás músicos también percusionan y llega entonces el momento de “Muchacho de barrio” y el Anfiteatro es una sola voz de nuevo.
“La pupera”, “La huella” y “Beso a beso” son los temas que continúa cantando hasta que el “Mandamás” pide: “Contestenmén”. Y hace lo que hizo Freddie Mercury en Live Aid, durante 1985. Y, mientras el público le devuelve sus onomatopeyas, él les pide que lo hagan saltando y empieza a cantar “El marginal”.
“Vamo', pongan pila, énfasis, corazón. Todo el que no salta es un culiau”, dice después y canta “Me mata”.
Lo que queda es poco, pero una delicia; una intro que interpreta así: “No sé qué pasa en Vía María/ No sé que pasa, no puedo entender/ Estoy a punto de morir de sed”. Y el cierre con el clásico “Vuelvo a vivir... vuelvo a cantar”.
Este es el hombre que juntó a más de 10 mil en el Anfiteatro: el que aprovecha para ser camarógrafo por un rato, el que baila como si tuviera 20 y el que mira y sonríe con los ojos de un muchacho. De un muchacho de barrio.
