EL LECHUZÓN
Final con sabor a comienzo
Y al final llegó el final, que no es otra cosa que volver a empezar, como bien canta Alejandro Lerner (ojo, lo de que bien canta o canta bien es un modo de decir, nada más, lejos de una opinión musical, que no es lo mismo “Rita, dame la guita” que “dame la guitarrita”), pero si es igual del derecho que del revés es que el Festival llegó a su fin que es, ni más ni menos, que el principio de la próxima edición. Y mientras cada cual hace sus cuentas y va poniendo los porotos en el debe o el haber, según le haya ido, cuando todavía resuenan los acordes edulcorados y extradulces (no aptos para diabéticos) de la romántica noche del Día de los Enamorados, no faltan los enamorados de la moneda que ya están pensando en cómo, qué y por cuánto van a contratar a los artistas para la próxima edición del Festival. Porque el show debe continuar y cocodrilo que duerme es cartera, entonces, en el mundo del show businnes, los únicos que sueñan son los que garpan las entradas para ver a su cantante favorito. El resto, apenas si dormita con un ojo abierto, junando las ofertas y posibilidades del mercado, cerrando precontratos y rogando que la vaca sagrada no se seque y siga metiéndole cumbia a la maquinita. Y ya que hablamos de dinero, hay que hacer una observación, que de paso le puede servir de sugerencia al ministro de Economía, Sergio Massa. Porque si hay algo que quedó patente en este Festival que se va para volver y ser millones -o hacer millones, mejor dicho- es que el cuarteto cordobés es el causal de la inflación, que nada tiene que ver la emisión monetaria, la deuda con el FMI, la fuga de divisas o las exportaciones en negro, ¡no, señora; no, señor! Es el cuarteto el que hace que los productos aumenten de un día para el otro. Basta con haberle pegado una mirada a la lista de precios de las cantinas del Anfi para comprobar, científicamente, que lo que un día costaba 10, al otro día costaba 12, o 15, o 20, y así con cada una de las mercaderías disponibles. Así que no me vengan con que el costo del barril de crudo trepó en los mercados internacionales por la guerra en Ucrania, ni que el gas aumentó el precio en boca de pozo, porque acá, lo que trepó es el costo del barril de chop y el ferné en boca del sediento espectador. Y los cantineros no tienen piedad. Y la Unión Europea y la OTAN se quedan bien chito la boca, porque yo no he visto en ningún medio, ni gráfico ni televisivo, que Kristalina Georgieva dijera “este pico es mío”, pero yo no me callo porque alguien tiene que advertir a los consumidores que no sean rehenes voluntarios de los que causan la inflación. ¡Si le quieren cobrar de más, no compre m’hijo! Y eso, por no mencionar la reventa de entradas, que sería algo así como el dólar blue o paralelo. Si hasta revendían entradas de gentileza, sin cargo. Así, no hay AFIP que alcance. Y si bien es cierto que donde hay una necesidad nace un derecho, no es menos verdad que, donde esa necesidad se manifiesta, no falta el torcido que aprovecha la situación y a río revuelto, me quedo con el vuelto. En fin, una vez realizada esta contribución a la economía nacional, pero siempre en las inmediaciones del Anfi, quisiera hacer un comentario aparte sobre las tremendas colas (no, esas no), las tremendas colas que había para entrar el lunes al tunga tunga y anoche al show de los románticos. Me hizo recordar mucho a los días más masivos del hisopado para el test del COVID, solo que sin barbijos. ¡Qué manera de haber gente, por dió! Y anoche, principalmente, gente enamorada, enamorada de otra gente, enamorada de sí misma, enamorada del amor, enamorada del pata ‘e lana y enamorada de los artistas. Así es con San Valentín. Tanto amor, tanto arrumaco, tanta pasión, que no sería de extrañar que allá, por mediados de octubre próximo, la población mundial se multiplique considerablemente. Para mí, que San Valentín es un invento de los ginecólogos y los obstetras, para asegurarse la fuente laboral. Ya lo dice el adagio popular: “cada cual atiende su juego”, aunque, en el caso de los ginecólogos y obstetras, daría la impresión de que atienden más que nada el juego ajeno. En fin, para ir redondeando y cerrar esta intervención que no ha tenido más objeto que el de echar luz sobre los aspectos humanos y filosóficos del Festival Internacional de Peñas, me permito una última reflexión antes de decir hasta el próximo febrero, si es que no logré jubilarme con la moratoria.
Anden con cuidado, que hay mucho mentiroso dando vueltas.
