Un intento, una aproximación - Las preguntas, siempre, como puntos de partida

¿Por qué, para qué escribimos?

Me lo preguntaron y no sé la respuesta. No sé, tampoco, si quiero saberla. Pero podría decir que lo hago para aprender a mirar, para acercarme, para alejarme, para entender, para desentenderme, para moverme
lunes, 21 de marzo de 2022 · 08:44

Me preguntaron por qué escribo. No sé por qué lo hago. No es una pregunta que me haga. No sé si quiero preguntármelo ni sé si quiero que me lo pregunten. Pero hoy, que intento responder, recuerdo este fragmento de un correo que le envié hace algunos meses, cuando vivía en Buenos Aires, a una mujer que me gustaba. Le escribí: “Pensaba en lo que le sigue a los sábados, en ese período que va desde la medianoche hasta las tres o cuatro de la mañana del domingo. Pensaba en eso, ahora que son casi las dos y media de la madrugada, porque siento que es un tiempo que transcurre como un descuido, como algo que se olvida rápidamente, como un trayecto que uno recorre porque sí, sin otro sentido que el sinsentido”.

Lo que no recuerdo muy bien es por qué se lo dije. Quizás porque me sentía solo en esa habitación de ese complejo de esa ciudad en la que no conocía a nadie excepto a ella, tal vez estaba triste porque no conseguía trabajo, probablemente estaba borracho porque había regresado de tomar cervezas -como hacía casi todos los días con los pocos ahorros que me quedaban- de un bar de barrio San Telmo y me parecía una buena idea impresionarla con una palabra, una frase, un párrafo, un texto.

O simplemente quería escribir porque cada tanto, o todo el tiempo, uno está aturdido y tiene preguntas, y hay que hacer algo con eso. O no. Eso es lo interesante: no es necesario. Creo que, incluso, es prescindible. Y sin embargo, algunos escriben. Escribimos.

Sigo preguntándome por qué, para qué.

No sé los demás. Yo no quiero decir que escribo por capricho, por necesidad, por placer, para divertirme. Podría decir que lo hago, en cambio, para aprender a mirar, para acercarme, para alejarme, para entender, para desentenderme, para moverme, para aquietarme, para ir a alguna parte, para quedarme donde me encuentro, para volver. Pero tampoco sé si es del todo así. Y eso es lo que va a seguir importándome: no saber por qué, ni para qué escribo. Porque esta, parece, es la condición -¿la condición?- para que lo haga. Prefiero la incertidumbre, aquello que se parece a salir a caminar cualquier tarde sin destino, sin horario de llegada ni de regreso. Desde allí, supongo, escribo: desde esa zona sin fronteras, donde nada está claro, donde los bordes son imprecisos. Escribo en esas circunstancias, desorientado, porque no creo que haya, por lo menos para mí, otra manera: así avanzo, despacio, con cuidado, otras veces rápido, torpe y entonces tropiezo, retrocedo y pienso: ¿para qué insisto en esto que, por momentos, se parece a una desgracia? Lo pienso, pero es algo que desaparece tan pronto como aparece y sigo sin darle mucha vuelta al asunto. Continúo porque recuerdo el pasaje de un poema que dice: “Para leer lo que quiero leer/ tendría que escribirlo/ pero no sé escribirlo/ nadie sabe escribirlo”.

Ahí andamos, escribiendo sin saber escribirlo, pero convencidos de que hay que hacerlo.

Solo puedo decir esto: que escribo porque me gusta aquel peligro, la descarga de adrenalina que me provoca ese poema y tantos otros poemas, y tantas otras cosas.

Y yo quiero eso: quién no quiere eso.

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Satisfacción
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Esperanza
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Incertidumbre
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Indiferencia
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