El sentido que desborda las cosas

El artista visual Marcos Goymil mantuvo una conversación sobre su muestra “Museo Antártico” con la escritora Mariana Robles. Aquí, algo de lo que se vivió en el Museo Bonfiglioli
miércoles, 2 de marzo de 2022 · 08:30

Marcos Goymil es artista: específicamente, como dice su Instagram, artista visual. Nació en Arrecifes, al norte de la provincia de Buenos Aires, en 1976. Su trabajo, de acuerdo con lo que está publicado en su página, “gira en torno a los relatos que nos contamos a nosotros mismos” y su obra “refiere a la acción de desarmar las situaciones para comprenderlas mejor y restaurarlas para darles una nueva vida”. Algunas de sus obras son «La métrica y la lágrima», instalada en el Museo de la fotografía Palacio Dionisi, en Córdoba, y «Escenarios en el turismo industrial», supo estar expuesta en el Museo de Bellas Artes Fernando Bonfiglioli, acá, en la esquina de bulevar Sarmiento y San Martín.

La última, que estará hasta el final de esta semana, también en el Bonfiglioli, es «Museo Antártico» -en la Sala 1, en planta baja-. Hace poco, en esa sala, se conversó sobre la muestra y a la charla se la llamó «La novela de las cosas». Entonces, una vez que el público se acomodó en almohadones circulares colocados en el suelo -algunos pequeños, otros grandes en los que entraban dos personas cómodas-, ella fue la primera en hablar.

Ella es Mariana Robles y nació en Buenos Aires en 1980. Desde el 98 vive en Córdoba Capital, donde trabaja en el Museo Caraffa. Es licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y, además, estudió Bellas Artes en la Escuela Provincial. Publicó estos libros: Línea de Atlas (Alción editora), El árbol de los reflejos (Biblioteca Córdoba), Constelación Escarlata Turquesa (Sofía Cartonera), Los niños de Renoir (Nudista), Alfabeto de la noche (Borde Perdido), Tres mujeres planchadoras (Sofía Cartonera), Escrituras Rituales. Ensayos sobre arte y literatura (Los Ríos), Melancolía. Bucle del cielo (Borde Perdido), El nacimiento de lo extraño (Cartografías) y El Aburrimiento (Maravilla).

Escribió, también, el texto que acompaña a «Museo Antártico», que dice que la obra fotográfica “repone al espectador actual una colección de documentos y piezas emplazadas en el Museo Antártico César A Lisignoli”. Lisignoli nació en noviembre de 1915 en Villa María y estudió en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad de La Plata. En el 44 cursó el doctorado con orientación en geología y se especializó en glaciología: eso representó el inicio de la disciplina en el país. Murió aquí el 11 de enero de 1981. Ese año se creó «El Lisignoli», el museo, como un organismo dependiente de la Dirección Municipal de Cultura a partir de un convenio realizado entre la Dirección Nacional del Antártico y la Municipalidad de Villa María. Fue el 18 de septiembre y la inauguración se concretó el 16 de noviembre. Además de él, otro hombre que no puede pasar desapercibido es Ricardo Capdevila. Nació en la ciudad el 3 de agosto de 1936 y estudió abogacía en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Durante el servicio militar empezó a relacionarse con la Antártida como ayudante científico: se convirtió en director del Instituto Antártico Argentino y durante más de veinte años curó el Museo Antártico Argentino. Y, en el proceso de formación de «El Lisignoli», fue uno de los protagonistas.

Durante el 81, «El Lisignoli» funcionó en la Escuela de Comercio (en Catamarca al 600). Luego, hasta el 85, en el ex Mercado Colón. Después, desde ese año y hasta el 95, en la Casa Municipal (en Mendoza 852). Por último, desde el 95 y hasta el 2000 estuvo en el Salón Cultural, hoy Museo Bonfiglioli. En el 2000, tras diecinueve años, cerró –aún no logré que alguien me explique por qué, excepto versiones que dicen que el museo estaba en decadencia y ya nadie iba- y con el cierre terminaron las visitas y la posibilidad de conocer el acervo: los ejemplares de flora y fauna, fósiles, indumentarias, instrumentos, material fotográfico, cartográfico y bibliográfico. Ahora, ese acervo -me pregunté si el hecho de que estén en un museo las convierte en obras de arte y no supe responder- está en la Sala 2 del Bonfiglioli (donde Goymil lo fotografió) y seguirá ahí por poco tiempo más.

Me quedé pensando en el título de la charla: «La novela de las cosas». Hace poco leí una conferencia que dio el semiólogo francés Roland Barthes en septiembre de 1964, en la Fundación Cini, en Venecia, en el marco de un coloquio acerca de «El arte y la cultura en la civilización contemporánea». La conferencia se llamó «Semántica del objeto» y él, primero, se pregunta qué es un objeto y dice que, por lo general, se lo define como “una cosa que sirve para alguna cosa”. Lo que dice es que el objeto sirve para actuar sobre el mundo, para modificarlo: tiene una función. Y habla de los otros a los que llama inútiles, pero que tienen, sin embargo, una finalidad estética, como los bibelots. Y explica todo esto para llegar al hueso de la cuestión: los objetos significan, «transmiten sistemas estructurados de signos (…), sistemas de diferencias, oposiciones y contrastes». Hay, así, un sentido -o sentidos- que desborda al objeto. Hago la aclaración del plural -sentidos- porque frente a cada objeto puede haber varias lecturas, porque en nosotros hay varias reservas de lecturas. El sentido es, entonces, como dice Barthes, un hecho de cultura.

No recuerdo quién, pero alguien dijo que narrar es tomar decisiones: Goymil, con «Museo Antártico», hace eso: construye un relato y lo hace dentro de otro museo, o sea, dentro de otro relato, porque un museo es un espacio narrativo. Y Robles contó que denominó «La novela de las cosas» a la conversación porque esta idea -la de un museo dentro de un museo- se asemeja, digamos, a una novela contemporánea. Y Goymil se preguntó dónde termina esta novela (los objetos del museo «Lisignoli», su muestra fotográfica) porque, en algunos días, irá a parar, posiblemente, a un depósito.

En la sala se pensó, por ejemplo, por qué están estos objetos «antárticos» en el medio de un museo en la pampa gringa (asociada a la cuenca láctea, a la soja), en un paisaje no correspondido -se propone, así, un desplazamiento extraño- que, si se quiere, invisten a la escena de cierto surrealismo. Se pensó en el acto de encuadrar y fotografiar animales embalsamados (que forman parte del acervo expuesto) como un segundo congelamiento, como una manera de hacer otro recorte, como una forma de mirar de costado, como un modo de insistir, de buscar algo aunque no se sepa bien qué. Se pensó en los poetas norteamericanos y modernistas William Carlos Williams y en Marianne Moore y en cómo pensaron la poesía de “manera objetiva” (había una tendencia a vincular la poesía con la imagen y las artes plásticas durante aquella época, entre 1900 y 1940). Se pensó en el Museo Polifacético Rocsen, en cercanías de la localidad de Nono, como un antimuseo, porque tiene más de sesenta mil piezas (desde una pinacoteca hasta autos y carruajes, pasando por máscaras y juguetes) y eso ya significa, por ejemplo -y tal vez-, la pulsión de su creador por coleccionar -o, ¿por acumular?- o la necesidad, quizá, de llenar un vacío. Se pensó, incluso, en la infancia, y en cómo tendemos a afectivizar los objetos -basta pensar en los que pertenecen a personas que murieron y que conservamos, precisamente, para sentir que hay algo de ellos con nosotros, para colmar una ausencia- y en cómo, cuando niños, los objetos tienen un valor mágico (del orden de la fantasía) y ritual que se contamina, después, con los años, por esa idea del capital y la alienación y la producción seriada.

Y se pensó en la memoria, en la memoria como poder, y yo, mientras hablaban, pensé en la memoria como narración, como fotografía, como puesta en escena, como música, como historia, porque creo que la memoria es eso, lo que supongo que hizo Goymil: recortes de recortes para decir algo con lo que se puede, o no, coincidir, de algo con lo que se puede discutir, pensar. Y de eso se trata, ¿no?

F.G.

 

ESPACIO INCAA

 

Mañana jueves 3 y el domingo 6,  desde las 21.30, el espacio INCAA proyectará “El empleado y el patrón”, de Manuel Nieto Zas. Se trata de una coproducción entre Uruguay, Argentina, Brasil y Francia.

Dura 106 minutos y en el reparto aparecen Nahuel Pérez Biscayart, Cristian Borges, Justina Bustos, Fátima Quintanilla y Jean Pierre Noher. “El patrón es un joven de familia burguesa que practica una vida moderna y no encaja con el estereotipo tradicional de productor rural”, cuenta la sinopsis.

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