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Un arco iris de esperanza

Una lectora de 93 años envió a nuestra Redacción un cuento de su autoría, a través del cual transparenta su corazón para desear lo mejor a todos, en estos días especiales de recogimiento y de cara al año nuevo que mañana comienza
sábado, 31 de diciembre de 2022 · 09:04

Escribe: Antonia Cámara / Especial para El Diario

Un 24 de diciembre, víspera de Navidad, las tres amiguitas acordaron ir a la hora de la siesta hasta la casa de doña Iucha, porque esa mañana no fue a la plaza a vender sus golosinas.

Llegaron a la humilde casita; el cuadro que encontraron era muy triste.

Doña Iucha estaba en cama con fiebre y sus tres hijitos llorando de hambre y semidesnudos.

“¿Qué hacer?”, se dijeron.

Al salir, desde la puerta y allá lejos, vieron en todo su esplendor al arco iris y recordaron la leyenda que dice: donde nace el arco iris, hay enterradas vasijas con monedas de oro.

Traerían algunas para doña Iucha.

De pronto, el arco iris no se vio más, pero ellas recordaron que nacía en la montaña gris, por las piedras de color.

Hacia allá enfilaron, cruzaron valles, riachos secos, hondonadas, cerros y montañas altas.

Caminaron tres horas, abajo hacía calor, arriba estaba fresco y con mucho viento. Se dieron cuenta de que se habían perdido.

¿Qué hacer? Se sentaron a los pies de un monte, dormitaban.

En el pueblo, la radio local trasmitía cada cuatro minutos: “Tres niñas pequeñas desaparecieron. En el pueblo no se las pudo encontrar”.

Gendarmería preparó una camioneta con reflectores, parlantes y agua.

Particulares y familiares fueron con sus autos, también iban dos carros y dos mulas. Iba también la radio local a buscarlas.

Tuvieron a último momento una pista: alguien dijo haber visto tres niñitas por el valle. Hacia allí enfilaron, dieron varias vueltas. Con los carruajes no era fácil, al final las divisaron en la montaña, hacia allí acudieron.

El gendarme las increpó. Les preguntó si y no tenían vergüenza: tan pequeñas y traviesas, movilizar a todo el pueblo.

Las niñas explicaron el motivo, la búsqueda de las monedas de oro del arco iris para ayudar a la pastelera y sus hijitos. A ella, porque estaba enferma; y los niños, con hambre.

El gendarme pidió perdón y sus ojos se nublaron.

La radio comenzó a trasmitir que fueron encontradas las niñas y el motivo de su acción.

El médico del pueblo llevó medicinas; y la gente, comida, ropa y juguetes para los niñitos.

Todo fue gozo. Sobre la humilde casa de la pastelera algo brillaba: era la estrella de Belén.

Esa noche, las amiguitas fueron a la misa de Nochebuena.

Entraron a la capilla cuando el celebrante decía “Gloria a Dios en las alturas y paz en la Tierra, a los hombres que ama el Señor”.

Ellas sonreían. Sabían que, aunque pequeñas, esas palabras también eran por ellas.

A las 24 horas ya era Navidad. Por todo alrededor las campanas lo anunciaban.

Después fueron a ver el pesebre; allí, una de ellas recordó la copla que le enseñó su abuela vasca:

Dime Niño quién eres,

al que todos llaman Jesús.

Soy alegría en el pesebre

y redención en la Cruz.

 

Feliz Navidad y próspero Año Nuevo.

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