Sacudió el ambiente teatral de la ciudad en la segunda mitad del siglo pasado y regresó de visita desde Guayaquil

Jorge Massucco: una mirada apasionada y latinoamericana

Nació en Avellaneda hace 86 años, donde fue parte del Movimiento Teatral Independiente. Ya veinteañero, trajo a la ciudad su idea apasionada y rigurosa del arte como herramienta transformadora de la sociedad. Desde el Colegio Nacional sentó los pilares de un teatro estable
viernes, 28 de octubre de 2022 · 07:53

“Uno hace cosas cuyas consecuencias no termina de imaginar”, dice Jorge Massucco, como con asombro porque un periodista y un fotógrafo de El Diario se plantan delante de él en carácter de enviados especiales, de personas que lo recuerdan, lo estiman todavía, después de tanto tiempo…

(Y sí, a este medio de comunicación llaman vecinos que lo sienten propio y ordenan una nota: “Está en Villa María una persona que revolucionó el teatro en la ciudad desde el Colegio Nacional, entre 1959 y 1965… Vive en Ecuador, donde es profesor universitario, y vino a visitar a su hijo. Vayan…”. Listo. Y acá estamos).

“Hasta los 20 años viví en Avellaneda, siempre en la misma casa y muy ligado a la actividad teatral, de títeres, a las llamadas Veladas de Estudio después del trabajo; todo ello ligado al Movimiento Teatral Independiente de Buenos Aires, por lo que asiduamente recibíamos visitas de personalidades como Alejandra Boero, Héctor Alterio… que venían a supervisar alguna puesta y nos corregían… Crecí en ese ambiente. En ese ambiente se crecía en lo teatral y en lo personal. Y me vine a Córdoba capital, donde conseguí trabajo en el Banco de Préstamos, que en un momento dado se fusionó con la Caja de Jubilaciones para dar nacimiento al Banco Social. Ahí me ganaba la vida, hasta que me trasladaron a la sucursal de Villa María. Tendría entonces unos 25 años”.

El relato es ameno, amigable. Con pausas que al momento se llenan de detalles. Un libro que nunca fue escrito. Un guión que proviene de la profundidad de la memoria y que se está ensamblando.

“Acá tomé contacto con un grupo de teatro vocacional que dirigía el Negro Sánchez y en el que se destacaba Odel Sponer, por su carisma, por su histrionismo, su capacidad, su facilidad para hacerte reír… Era un grupo de amigos que leía una obra, comedia generalmente, si les gustaba memorizaban el texto y lo ponían en escena. Creo que la primera obra que les vi hacer fue ‘Prohibido suicidarse en primavera’, de Alejandro Casona, y me parece que debuté con ellos haciendo el papel de Ladrón de ladrones. Pero les notaba la falta de técnica, de rigor y de ese espíritu transformador del Nuevo Teatro, de la misma Alejandra Boero y Pedro Asquini o del Fray Mocho de Oscar Ferrigno… Y empecé a inclinarlos hacia el teatro de texto, de autor, a proponerles obras de Tennessee Williams, de Roberto J. Pairó… Les hice entender que teníamos que ser más constantes, hacer un teatro estable, poner una obra todos los sábados y domingos, aunque no fuese nadie a vernos”.

 

¿Lo consiguió?

“Sí. Lo hicimos. Alfredo ‘el Gordo’ Morello era un motivador nato, el mentalizador del proyecto. Creamos hasta un sistema artesanal por el cual las luces cambiaban su intensidad, una suerte de reóstato casero… Y la verdad es que en el Colegio Nacional nos dieron todo el apoyo. Carranza Llanos, el director, nos daba plena libertad. Hicimos obras como ‘Ha llegado un inspector’ del británico John Boynton Priestley, otras osadas como ‘El Prestamista’ del chileno de Fernando Josseau. Yo después supervisaba para que dirigiesen Pilar Monesterolo o Quique Mena y los demás. Lo hicimos por ejemplo, con tres obras breves de Casona, para que se multiplicara el saber en el medio social al que pertenecíamos… Después hubo un problema con algún padre de la Cooperadora del colegio cuando ensayábamos ‘El diario de Ana Frank’ y tuvimos que abandonar el espacio. Pero nos recibió el sindicato de Comercio que comandaba Leslie Árbol y seguimos en su sede. Hasta que el Banco Social me llevó nuevamente a la casa central. Ahí aproveché a matricularme y cursar cuatro años en la Escuela de Cine de la Universidad Nacional de Córdoba. Después un nuevo traslado como encargado a la sucursal de Huerta Grande…”.

Y por las cosas de la vida, por las cosas del querer… pidió una licencia sin goce de sueldo, sacó un pasaje de avión a Venezuela,  pero se quedó en la primera escala: Lima, Perú. Luego bajó a Bolivia, cruzó a Brasil y lo recorrió durante casi un año, para regresar a Lima, todo ello ya como artesano, exhibiendo su producción sobre una manta, descubriendo nuevas cosas en su interior y “redescubriendo América; nuestra América, y llegar a entender al peronismo desde lo profundo, desde la diversidad de nuestros pueblos indígenas”.

 

¿Cómo es eso?

“Me había criado rodeado de socialistas, pero antiperonista al mismo tiempo. Y después, conviviendo con los desposeídos, entendí la rebelión popular contra del desprecio, contra la actitud peyorativa del porteño hacia los cabecitas negras”.

 

Una historia dentro de la historia.

 

“Caminaba por una calle céntrica de Lima, cuando una chata se para en medio del tránsito, se baja el conductor y me grita: ¡Buby! Porque acá me decían Buby. Era el Toto Villarroel. El doctor Elvio Villarroel, abogado laboralista, creo que era el presidente del Partido Comunista en Villa María y recibió una amenaza de la Triple A, por lo que cargó en su camioneta Peugeot toda la escenografía de su teatro de marionetas y con dos jóvenes se escapó de la ciudad y del país por Chile. Siempre me quiso afiliar al PC y yo nunca lo hice por más que lo quería mucho. En el exterior, él iba remontando el continente y en la escuela de cada pueblo y de cada ciudad, ofrecía su extraordinario espectáculo de marionetas. Nos abrazamos en medio de la calle y me sumé a su troupe. Seguimos viaje y en 1976 llegamos a Guayaquil, donde se nos sumó su esposa y sus dos hijas. Luego ellos siguieron a otra ciudad. Un día tendrán que escribir la historia de Toto Villarroel en El Diario. Será un homenaje más que merecido”.

 

Pedido tomado. Lo haremos.

¿Y Buby? ¿Se quedó en Guayaquil hasta ahora?

“Supe que la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Guayaquil iba a crear un Departamento Audiovisual, fui con mis antecedentes de haber estudiado cine y me contrataron. Armamos el laboratorio de fotografía, un cineclub con programación regular y cuando necesitaron un profesor de cine ya me tenían ahí. Ese fue el paso previo a que me contratara la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Católica Santiago de Guayaquil, donde llegué a ser el coordinador académico, el que seleccionaba a los docentes. Allí surgieron mis libros, uno de ellos especialmente reconocido (se refiere a ‘El nosotros, identidad y ciudadanía; teoría y práctica de la cultura desde la universidad’). Y allí me jubilé a comienzos de 2014”.

La charla sigue. Llevamos dos horas. Se suma su esposa chilena, Marina, reportera gráfica, profesora también, quien agrega datos que Massucco ahorró “porque si lo cuento todo hoy, ya no me harán otra nota” (bromea). Ella habla sobre las exitosas exposiciones de fotografías de Jorge en diferentes ciudades, sobre sus otros libros…

 

Y ¿cómo ve a Villa María?

“Veo a la ciudad a través de los ojos de mi mujer, que está enamorada de sus plazas, de sus parques, de las casas de los años 20 o de los años 30 que siguen en pie, del río y de la actividad que desarrollan los vecinos en torno al río, del uso que hacen de la costa… Sigue estando la casa en la que viví en la calle San Luis al 270, está mi hijo, están los amigos que son los del grupo de teatro. Ya me invitaron a una reunión literaria y a ver una obra de teatro. Hay una movida interesante aquí”.

Se va el domingo este señor, que algo tiene que ver con lo que somos acá, a la vuelta de la vida.

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