Borga, un escritor local con estilo salvaje y directo
“Mi padre se golpeaba la cabeza con una piedra”
Escribe: Normand Argarate
ESPECIAL PARA EL DIARIO
La literatura de Gustavo Borga se abisma sobre su propio vacío, busca su propio centro de gravedad, renuncia a cualquier ornato, se despoja de cualquier espesura para delinear siluetas de tiza en el piso del sentido. En definitiva en la capacidad de reconocerse en un estilo salvaje y directo.
La mirada fría y lúcida para descubrir a los objetos y las personas en una síntesis lapidaria, epitafios impiadosos teñidos de sarcasmo sobre lo patético.
La narración deviene poesía y viceversa, en un juego especular entre géneros, y en esa condensación concentra toda su carga explosiva: “Una rosa, antes de marchitarse, se hizo la cirugía estética.
Ahora es una flor de plástico”. Con ironía fantástica sobre los mitos del presente, Borga capta el absurdo del mundo.
Los cuentos de “La pastilla que brillaba como una luciérnaga”, último libro publicado por Gustavo, es una galería de pequeños retratos, por momentos aguafuertes paródicas de trazos rápidos, cortantes. Un par de líneas y la refutación de cualquier impostura dibujan una escena, un cuadro de situación. Borga invierte el sentido de la frase de Oscar Masotta sobre la historieta al definirla como “literatura dibujada”; la inversión de Borga consiste en el movimiento contrario, es el dibujo, la caricatura, el garabato devenido literatura.
En ese despojamiento, desprendimiento de cualquier accesorio, cada texto es una pequeña operación deconstructiva, que socava la tradición costumbrista para desposeerla de sus atributos, y cuyo resultado final es una escena árida, paródica, mordaz, gráfica de la Comedia Humana. A riesgo de parecer impertinentes, podríamos agregar que en la intersección entre literatura y dibujo, la escritura de Borga diseña un nuevo lenguaje, cruza indómita entre Dostoyevski y Caloi.
Esta idea no es nueva; ya el poeta José Di Marco lo había señalado a propósito de la poesía “Explosiva y descarnada, la poesía de Gustavo Borga encuentra en la economía extrema su medio habitual. Quien busque arabescos, derrames sentimentales o exuberancias narrativas hallará, en cambio, frases secas, duras y lapidarias que muestran escenas impávidas o delinean exhortaciones que conjugan el asombro y la diatriba.
Como dibujos con un solo trazo
Hay un estilo Borga que circula desde el primero hasta el último de sus libros, reconocible a simple vista en la grafía de sus versos enjutos, despojados de mayúsculas y signos de puntuación y construidos, a veces, con una sola palabra. Compactos, los poemas de Borga se parecen a dibujos hechos mediante un solo trazo, directo y firme, y remedan la emisión sin dilaciones de una voz, áspera y ceñida, que evita los circunloquios.
Con el lenguaje crudo y neutro, ubicado naturalmente en lo que podríamos denominar lo popular, la maquina ficcional de Borga fabula leyendas que narran la historia de “una vieja” que chupa huesos y los arroja al techo de su casa (“lleno de huesos de animales, la casa de la vieja; nos dice Borga) para luego mutar de lo monstruoso de lo humano, al monstruo creado en la compensación imaginaria con los huesos tirados. Lo desechable, el resto, lo descartable se reconfigura en una unión bestial, de la misma manera que el monstruo de Frankenstein se crea a partir de partes, de retazos de historias, ramalazos epifánicos que nos cruzan el rostro como una iluminación violenta.
“El verdadero camino”, según Kafka
A los cuentos de Borga se los podría comparar con el aforismo de Kafka que sostiene que “el verdadero camino pasa por una cuerda que no está tensada en las alturas, sino por arriba del suelo. Mas pareciera estar destinada a hacernos tropezar que a ser recorrida.”
Finalmente quisiera señalar que algunos de los títulos alcanzan por sí solos, la contundencia en su misma enunciación; “Los niños muertos quieren cortar” por ejemplo, o “mi padre se golpeaba la cabeza con una piedra. Frases que funcionan como azotes para una ascesis del alma humana, para poder escribir con esa “parte del cerebro” que le robaron cuando niño como confiesa nuestro autor, y que por momentos parecen cuentos de terror, y en otros, chistes de bar.
La literatura de Gustavo Borga se construye en su propia extrañeza (la escritura es una anomalía) traza sus propios demonios y los habita en viñetas donde se evidencia lo absurdo porque como dijo Camus, el absurdo surge de la confrontación entre la búsqueda del ser humano y el silencio irracional del mundo.
Por Gustavo Borga
Hijo, no me dejes sola
A las siete de la mañana carga a su madre en brazos y la sienta en el asiento delantero del remís. Sale por la ciudad en busca de pasajeros. La vieja no para de hablar ni un solo instante: “Hijo, cuidado con el semáforo que está en rojo”. “No vayas tan fuerte que te pueden hacer la boleta”. “¿Escuchás ese ruidito que hace el motor? ¿No se estará por fundir el auto?”. “No alces a ese tipo, tiene una cara de chorro bárbaro”. “Esta ciudad está llena de drogadictos”. “Dios mío, como visten las mujeres ahora. Después se quejan si las violan.”
Cada tanto la vieja se duerme. Se despierta llorando. Siempre sueña con Juan, su hijo. El niño murió cuando tenía cinco años. Le cuenta a los pasajeros: “Por eso le puse Juan a él, por su hermanito. Por suerte éste me salió sanito. Y eso que se fuma dos atados de cigarrillos por día. A veces tengo miedo que le pase lo mismo que a su hermanito. Dios no lo permita”.
Al mediodía paran a cargar gas. El empleado de la estación le pide a Juan que baje a su madre del auto: “Es muy peligroso, puede explotar el equipo de gas”. “Dejala - le dice Juan- pobrecita, no puede caminar”. “Me comprometes…” Juan le da cien pesos. El tipo se mete rápido la plata en el bolsillo del pantalón. Cierran las puertas del auto. La vieja grita desde adentro: “¡¡¡Hijo, no me dejes sola!!!”. Juan se retira unos treinta metros. Ve a su madre golpear los vidrios del remís. Prende un cigarrillo. Fuma. Cierra los ojos. Imagina a su madre volando en mil pedazos.
