Entrevista a Raúl Zuin

“El teatro ha sido mi vida”

sábado, 16 de octubre de 2021 · 08:00

Escribe Normand Argarate
Especial para El Diario

Desde los micrófonos de la radio, el Negro Campodónico solía quejarse sobre el público villamariense que asistía a las funciones de elencos porteños, y “no van a ver a mi amigo Raúl Zuin, el mejor actor de la ciudad”. Zuin, cuya trayectoria supera el medio siglo sobre las tablas, acaba de filmar una escena con Eduardo Blanco en la película El Vasco, de Jabi Elortegi, en una producción internacional. 

En Casi un Bar nos reunimos. Con voz potente, remarcada con gestos asertivos, Raúl hilvana sus recuerdos con pasión. En esas charlas de café que tanto le gustan, y si es para hablar de teatro, aún mejor. 

-Yo iba a la escuela comercial de noche, tenía 16 años y un día veo en el diario, creo que fue el diario El Momento, la promoción de un curso que dictaba Daniel Tieffemberg, y fui y me anoté. El curso se hacía el domingo a la mañana y cuando los cursos avanzan se modifican y pasan a la noche, entonces abandoné la secundaria y me dediqué a estudiar Teatro con Daniel, que tengo el mejor de los recuerdos, era un tipazo. Y desde entonces no paré más…es decir que hago teatro desde hace 51 años.

-¿En cuántas obras participaste? También hiciste cine.

-Hice treinta y seis obras. Ahora hice El Vasco y también un lindo trabajo con Mario Pedernera, que fue una película que hizo Mario sobre la llegada de los trenes a Villa María. Un documental sin texto que salió muy bien, ahí hice un personaje que era un inglés que traía los trenes. Y también hice muchos cortos con los estudiantes de la universidad

-De toda esa extensa trayectoria ¿cuáles fueron tus trabajos que más recordás?

-Tres obras principalmente, si bien todas fueron muy importantes para mí, pero pienso en tres. Heredaras el viento, de Lawrence y Lee; Cámara Lenta, de Tato Pavlovsky y la que hice junto a Antonio Giacardi: El príncipe azul,  de Griffero. Aunque por supuesto hice tantas que me encantaron como Papi, o Gepetto, o El Acompañamiento, pero recuerdo especialmente esas tres porque me hicieron muy bien en el alma.

-¿Cómo fue trabajar en una filmación profesional?

-La primera sorpresa es descubrir que los actores del interior estamos a la altura de un nivel profesional, y lo segundo es el respeto con el que se trabaja, que me pareció extraordinario. La consideración del director, de Eduardo Blanco, protagonista de la película y con el cual interactúo en una escena. Los técnicos con mucha seriedad y atendiendo cada detalle. En todo momento me hicieron sentir parte de todo lo que estaba ocurriendo, que no solo era una especie de extra que cae porque el tipo soluciona el problema, sino que sos un actor de la película, que pasas a ser parte del proyecto, que formas parte del elenco.

-¿Creés que la ciudad podría servir como lugar de locación para el cine?

-Sería una gran salida, pero mas allá de las cuestiones económicas, lo que significaría como experiencia aprender de los que ya están en un nivel profesional, sería maravilloso para el crecimiento de los actores y porque no es fácil que nosotros desde Villa María podamos encontrar una proyección a nuestro trabajo, y todo el aporte que puede significar esa profesionalidad. Para los chicos que están estudiando la carrera de Cine, entrar en contacto con estos profesionales es muy valioso. Fijate que esta película ahora sigue el rodaje en Mendoza y luego en Bilbao (España). Es esa importancia del trabajo profesional. La escena que grabamos con Eduardo Blanco, la repetimos unas diez u once veces, y en todo momento el director tenía el mismo respeto de Blanco como de mí. Si había que corregirlo a Blanco, se lo corregía, y si había que corregirme se hacía en un plano de absoluta igualdad. En ningún momento sentí que había diferencias. Salí feliz de la experiencia, e insisto, el clima de respeto era total.

 

El teatro local

-Y con respecto al teatro local, ¿cómo lo ves?

-Hay propuestas. Precisamente días pasados estuve reunido con muchachos más jóvenes que hacen teatro y les decía al respecto que lo que uno tiene que lograr, para que el teatro trascienda cada día más, es seriedad. Y qué digo cuando digo seriedad, que el trabajo sea respetuoso para el gran soberano que es el público, porque sin el soberano nosotros no podríamos hacer teatro. La posibilidad que te salga mal siempre está, pero que se demuestre que vos te esforzaste para lograr el mejor resultado. Seriedad, respeto, trabajo, eso es lo que siempre le repito a las generaciones más jóvenes. No significa que por aprender la letra, tenés que largar la letra, tiene que haber un laburo interior. Por eso yo tengo esta relación con Juan (Montes) a lo largo de treinta años de ser respetuosos y serios con el trabajo. Eso no implica que no pueda hacerlo mal, o que no salga como esperaba, pero la gente debe darse cuenta que uno no está al pedo ahí arriba. Y no importa el tiempo que uno invierta en encontrar el tono, porque puede muchas veces no gustar del todo lo que uno hace, pero el esfuerzo, el trabajo, debe notarse.

-Si tuvieras que definir la cualidad de un actor, ¿qué señalarías?

-Creo en la versatilidad de un actor. Muchas veces hay actores muy buenos, vos los ves actuar y están siempre en el mismo registro, encajados en un mismo personaje. Por ejemplo, me gusta mucho el trabajo de Rodrigo De la Serna, me gustan esos actores capaces de interpretar un villano o un pavo. Ese trabajo donde el actor pueda determinar con precisión las características del personaje. Cuando el actor borra su individualidad y se puede volver cualquier cosa. Ese es el tipo de actor que me gusta. Uno por ejemplo ve a Jack Nicholson, y lo podés ver en una comedia, o de psicópata, o de Hoffa, o en El cartero llama dos veces, esa capacidad de hacer reír y también atemorizar, esa versatilidad es la cualidad que admiro. El actor es capaz de crear esa mentira que el público cree.  Ese es el desafío del actor. Cómo le hago creer que soy un cura, por ejemplo, y en realidad soy un fabricante de zapatos.

 

A futuro

-¿Cuáles son los proyectos futuros?

-Vamos a reponer la puesta de El Acompañamiento con el Negro (José) Maldonado, con la dirección de Juan Montes, y a la vez participo junto a él, dándole una mano en el proyecto de El Conventillo de la Paloma, con actores que tienen muy poca experiencia o nada. Un especie de taller para montar una obra. Y la verdad que es hermoso, porque nunca he visto personas con tanto entusiasmo. Puntuales, obedientes, trabajadores. Está resultando una gran cosa, y cuando se trabaja con un clásico como este del sainete argentino, de Alberto Vacarezza, que es una obra hermosa, se puede hacer un gran laburo.

-¿Y qué obra te gustaría hacer?

-La muerte de un viajante, de Arthur Miller, sin dudarlo, que hizo Hoffman en Broadway. Es una pieza fantástica. Y últimamente  también venimos pensando con mi amigo Montes una puesta, a propósito de una película que vi y me gustó mucho, que se llama La Duda. Y por ahí hacemos una adaptación. En realidad la hace Juan, que es el que sabe escribir. Recuerdo cuando hicimos Gepetto, que era una obra que me encantaba, tenía una alegría arriba del escenario, sobre todo cuando sentís que te está saliendo bien.

 

Volver a empezar

-¿Y hay una forma de saber si te está saliendo bien?

-Creo que sí, de la misma manera que te das cuenta cuando lo estás haciendo mal.  Hace poco, en El Acompañamiento, paramos una función porque nos olvidamos la letra y volvimos a empezar. Le pedimos disculpas al público. Es una irresponsabilidad, pero yo sentí esa necesidad de reconcentrarme. Es como la famosa anécdota de Alfredo Alcón cuando una señora en primera fila estaba meta comer caramelos y el sonido de los envoltorios llegó hasta el escenario, entonces Alcón detuvo la escena y mirando a la mujer le dijo: “Coma tranquila los caramelos, yo no tengo apuro. Cuando usted termine, yo sigo”.

-¿Qué significa el espacio del café en tu vida?

-El café es el encuentro con el amigo o la soledad. Hay momentos en que te sirve para pensar, para reflexionar sobre tus cosas. Te sentás solo y mirás por la ventana, y pensás que sos vos, qué ha sido tu vida, esos balances íntimos. Otros para hablar boludeces con tus amigos. Es como el teatro, convivir con la tragedia y la comedia, la risa y el llanto. Y el teatro ha sido mi vida, yo amo el teatro. No puedo pasar un año sin hacer teatro y a la vez tengo un gran acompañamiento de mi familia, que siempre están alentándome. Y me encanta ver la sala llena. Mirá, yo hice algunas producciones a nivel nacional. Hice Taxi, con Adrián Ghio, que la dirigió Carlos Moreno, y también El último de los amantes ardientes, con la dirección de Villanueva Cosse, un verdadero tipazo. Yo lo llevaba en un 147 y el tipo era tan grandote que se tenía que sentar en el asiento de atrás. Y a través de eso conocí a mucha gente, y me permitió entender dónde estamos parados, porque como dice mi amigo Pepe Soriano: “Todos somos actores, no importa el lugar donde vivamos”.

 

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