Mañana se cumple un mes de su partida
Una evocación a la madre artista
Ana, la hija de Cuqui Ayassa envió a nuestra Redacción una semblanza de la artista, coleccionista y museóloga, que falleció el pasado 16 de julio"No se puede cuidar lo que no se conoce y ama", solía decir mi madre cuando juntas observábamos las ruinas de una casa antigua, o el deterioro de un objeto de la vida doméstica con cierto valor artístico.
Lo material no es importante -sosteníamos- pero hay objetos que transportan al plano más inmaterial y elevado, el del espíritu, del recuerdo y la memoria.
Cuqui Carballo era espíritu cotidiano, fuerza de superación de obstáculos, instinto de conservación de vida, de cuidado y belleza personal, motivadora de mis gustos personales y la de tantas personas que atraía. Siempre preocupada y atenta a su familia, hermanos y padres; generosa colaboradora del Patronato de la Infancia en Villa María. Sostén de amigos de personalidades diversas. Mujer de palabra y valores. Respetuosa de sus orígenes, su nación y su ciudad donde transcurrió toda su vida.
Las fechas patrias eran motivo de inspiración para sus cuadros, ambientación de vidrieras de su galería de arte y festejos. La Bandera argentina era su emblema más preciado.
Se habla actualmente de resiliencia, pero ella creció con esa actitud ante cualquier obstáculo. Ante grandes dolores por la ausencia de familiares o enfermedad, comenzaba algún curso o tecnicatura en arte en Villa María, La Plata o Buenos Aires.
A quien no tuvo la oportunidad de conocerla puedo decirle que nos superó en capacidad y actitud frente a las dificultades de la vida.
Sus elecciones de colecciones de objetos no fueron casuales. Ninguno deja de ser una inspiración del espíritu de misericordia y devoción por lo sagrado. Pero también de la magia y lo sublime. Asistió a Buenos aires a conocer y aprender la técnica del dorado a la hoja con un monje francés. Regresó y se inspiró en una imagen sagrada, presentándose a un concurso nacional. Para sorpresa de todos había obtenido los primeros lugares en un concurso de 1.400 obras. Esto la llevó a conservar objetos e imágenes religiosas y a pintar arte sacro.
Asimismo, motivada por este impulso, generó una continuidad de obras del paisaje de la región, capillas, y vegetación cordobesa. Intercalaba mientras tanto con gusto, la siembra de bellotas que recogió con mi padre en una plaza de robles de Villa María. Las mismas serían árboles luego en su querido patio. Hoy han caído las primeras bellotas.
Guardó y cuidó sus colecciones de estampillas, abanicos, discos, rocas naturales, dedales (de su pasión por la moda y la costura), su colección de 360 botellas de perfumes, que presentó en Buenos Aires, difundiendo la historia del perfume y el gusto por las esencias naturales.
Integró un grupo de baile flamenco de Villa María, dejó un libro escrito inconcluso. Realizó diversos viajes, siendo la ciudad de Londres la que más la cautivó. Asimismo, viajó frecuentemente a Córdoba a escuchar recitales en Radio Nacional.
Recuerdo que en nuestra infancia nos hacía escuchar a Zuma Paz y Argentino Luna, y todo repertorio nacional folclórico. Tampoco dejaba de asistir todos los días a las peñas del Anfiteatro en Villa María.
Músicos y bailarines clásicos inspiraron su vida también: Witold Malcuzynski, pianista polaco, Mijaíl Baryshnikov, Maya Plisetskaya, Rudolf Nureyev, bailarines rusos, destacando su admiración y pasión por la música de Chopin. Sus amigos entrañables le llevaron innumerables objetos para sus colecciones, festejándolos siempre con café mediante.
Generó la convocatoria y participación de pintores locales y regionales para pintar el río Ctalamochita en períodos de aniversario de la ciudad, congregando a niños y jóvenes para así difundir los recursos naturales, flora, y aves del lugar. Disfrutaba en plenitud de esos encuentros.
Posó su atril también en San Lorenzo, Talampaya, Oliva, Río Ceballos, Unquillo, Córdoba, entre otros lugares, mientras acompañaba a mi padre, Tito Ayassa, a sus viajes de pesca. Participó de toda exposición de cuadros que surgiera en el interior cordobés y nacional, fuera un pueblo, villa o ciudad.
“El arte debe alcanzar a todos, todos pueden plasmar su personalidad en algo artístico”, decía. Uno de sus últimos gustos fueron las colecciones de etiquetas de vino. El placer por la lectura en arte y películas retro fueron sus hábitos más preciados.
En sus últimos días quiso tener brotes de su higuera, y yo le corté unos cuántos para plantarlos a la espera de sus frutos. Como siempre ella mencionaba, es deber de los padres cuidar y enseñar a sus hijos a querer y conservar el patrimonio del lugar donde se ha nacido.
Ana Elizabeth Ayassa
