¿Adónde se llevaron la estatua que vino de la costa del río al centro?

Primavera secuestrada

Prosérpina se encontraba con otras ninfas juntando flores en un bosque de Sicilia. Y un día se repartió por el mundo. Otro día llegó a Villa María de la mano de Salomón Deiver y anduvo “paseando”. Hasta que la cambiaron por bancos en los que nadie se deposita
miércoles, 6 de mayo de 2020 · 09:00

Escribe: Gustavo Caleri
Especial para El Diario

Tanto nos acostumbramos a verla paradita sola en esa esquina, que la perdimos de vista. Un día ya no estaba y ni cuenta nos dimos. Cuando la conocimos ya se alzaba sobre esa chata columna plantada en la ochava de Hipólito Yrigoyen y el paso a nivel de calle Entre Ríos, de donde a fines del año pasado un puñado de hombres se la llevó, cumpliendo órdenes que decretaban la renovación y el embellecimiento de las veredas del sector.

Desde entonces no volvimos a verla. Como si se la hubiese tragado la tierra y escupido sus huesos, donde antes destacaba su silueta de cemento ahora hay un trío de bancos tan inútiles y vacíos como su ausencia. Por lo que se conoce, al día de hoy no hubo reclamos ni pedidos de informes sobre el faltante.

Es verdad que pocos conocían su nombre y muchos la confundieron, pues el paso del tiempo fue mezclando su verdadera identidad con otras similares, asignándoles a toda la simplificación de un nombre genérico. Pero basta con reparar en algunas de sus señas particulares para inferir que se trataba de una figura tan antigua, que sus orígenes se pierden en los comienzos mismos de la humanidad. Cada cultura la llamó de manera diversa, aunque ninguna logró la cadencia y la belleza del nombre que le dieron los romanos: Prosérpina.

Cuenta Ovidio en el quinto capítulo de su extenso poema “Las metamorfosis” que la bella Prosérpina se encontraba con otras ninfas juntando flores en un bosque de Sicilia, cuando del volcán Etna se precipitó montado en su cuadriga de negros corceles Plutón, el dios del inframundo. Al verlo solo, la diosa Venus mandó a su hijo Cupido a flecharlo y el gordito del arco, diligente, cumplió el encargo. Plutón, aunque enamorado, no era dios de invertir tiempo en cortejos y raptó a la atemorizada Prosérpina, arrastrándola a sus infernales dominios para hacerla su esposa. Enterada del suceso, Ceres, madre de la jovencita, hermana a su vez de su reciente yerno y de su marido Júpiter, puso el grito en el Olimpo reclamando al mayor de los dioses que interviniera, pero éste no quiso entrar en disputas con su hermano menor y lo dejó pasar. Ante la indolente actitud, Ceres entró en cólera y, como era la diosa de las cosechas y los cereales, dispuso arruinar todo el crecimiento de la naturaleza hasta tanto Plutón no devolviese a su hija. Refunfuñando, Júpiter decidió tardíamente intervenir, advirtiendo que de acuerdo a la ley del Destino quien pruebe bocado en el infierno nunca podrá salir de allí. Como su hija había comido unos granos de granada la gestión parecía perdida, pero la intransigencia de la madre logró negociar una solución: Prosérpina pasaría la mitad del año con su tío-esposo en la oscuridad del Hades y la otra mitad con su madre en la tierra, dando lugar de esta manera al mito de la primavera. Cuando madre e hija están juntas, la naturaleza brota y florece, tornándola estéril cuando se separan.

La historia del arte suele mostrarnos muy diversas versiones de este mito, quizás ninguna tan maravillosa como la famosísima escultura que Gian Lorenzo Bernini realizó con solo veintipocos años para Scipione Borghese, sobrino del Papa Paulo V, el mismo que estampó su nombre en el frente de San Pedro cuando le tocó inaugurar la basílica. Esa obra maestra del barroco muestra el momento crucial en que Plutón aferra con sus poderosos brazos a una aterrorizada Prosérpina que intenta escapar, clamando por su madre y pidiendo auxilio.

La versión villamariense, en las antípodas en cuanto a calidad y fama de aquella, fue vaciada en el más común de los cementos y producida en serie seguramente en alguna modesta fábrica porteña. El molde fijó el instante en que la diosa, con su regazo desbordado de flores, se yergue girando el rostro, alarmada ante la sorpresiva y estruendosa aparición del tío secuestrador. Llegó a nuestra ciudad a principios de la década del 40 a instancias del intendente Salomón Deiver, que había vuelto a levantar el puente Vélez Sarsfield (después de haber estado 15 años tirado como ahora) y construido metros más arriba el primer balneario; para realzar el lugar, entre ambos espacios armó una pequeña colinita de tierra y colocó en su cima la escultura, que pronto se convirtió en el escenario elegido por los fotógrafos de la época, para retratar a hombres, mujeres y niñes posando sonrientes a los pies de la diosa.

A mediados de los 60, con la reconstrucción del balneario y el hormigonado de las defensas en ese corto tramo del río, la escultura fue desmontada. Años después alguien (escribiría su nombre con gusto si lo supiese) la rescató de la oscuridad en que aguardaba, para colocarla en la esquina referida al comienzo.

Podrá ser materia de discusión el limitado valor artístico de la réplica, aunque como bien apunta “El Principito”: no es la rosa, sino el tiempo que pasamos junto a ella lo que la vuelve importante. Quizás su desaparición del paisaje público se trate simplemente de una medida temporal, como si también ella estuviese alcanzada por el signo trágico de la mujer que representa y fuese condenada a escenificar cíclicamente aquel calvario, que la obliga a morir y resucitar por temporadas. Ojalá así sea y pronto volvamos a verla.

Por ahora, en tiempos de acechanzas pandémicas, secuestrar los discursos simbólicos que reivindican cuestiones de género, cuando todavía la transmisión comunitaria de tíos Plutones y funcionarios Jupiterianos permanece activa, no hace más que debilitar el sistema inmunológico social que viene luchando denodadamente contra ese otro flagelo, antiquísimo e igualmente inmortal.

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