Magia
Escribe: Gustavo Caleri
Especial para El Diario
Por estos días, el tramo de avenida que bordea al Ctalamochita cuando se agranda en lago, trueca su perfil de largas visuales y verde fisonomía, por una apretujada sucesión de carpas y serpenteantes tablones enfundados en nailon. Dos portentos de la ingeniería civil abren y cierran el paréntesis en cuyo espacio se escribe la página 53 de una celebración que, comparable a los fuegos de artificio inaugurales, se origina en el Anfiteatro pero su destello y colorido se derrama por fuera de su hexagonal perímetro.
Como un moderno caballo de Troya, el coloso promueve un evento artístico, pero esconde en su estómago otro mucho más goloso y masivo: el gastronómico.
Hace tiempo ya que la fiesta sumó casilleros en el calendario a los cinco iniciales y de acuerdo a las estadísticas oficiales, poco más de un 10% de los convocados lleva un ticket en la mano. Por el contrario, la inmensa mayoría acude al convite con otras expectativas.
Y no está mal. Comer, la manera en que lo hacemos, también resulta un hecho cultural, máxime cuando la mesa se expande de manera que en ella quepamos todos. La famosa “magia” de estas noches no reside en el escenario de doble apellido, sino en el prodigio de sentar en la misma mesa al pelado que es dueño de tal empresa con el conocido chorro de aquel barrio, a esa señora canosa y tan devota con el grandote empapelado de tatuajes, a la flaquita que era repositora en el súper con el gringo que tiene campo en la zona, al famoso deportista retirado con este cronista que nadie juna. De eso se trata en esencia esta fiesta aunque sepamos, advertidos por el poeta, que al final vuelve el rico a su riqueza y el pobre a su pobreza. Pero mientras tanto, como en una olla de locro gigante donde cada uno aporta su particular sabor, todos juntos y mezclados al calor de febrero, somos capaces de obrar el poderoso milagro de la comunión. Y eso no es Coca, papi.
