Esta noche se hará un homenaje a Eduardo Marzolla
“Todo educador debería ser filósofo”
El destacado pedagogo y referente del Instituto Rivadavia recibirá una estatuilla por su trayectoria y permanente incentivación al pensamiento en la sede de GESTA (Lisandro de la Torre 32)“Popper decía que todos los hombres son filósofos, solo que algunos lo son más que otros porque se sientan a escribir sobre lo que piensan. Pero nada más que por eso”, comenta Eduardo Marzolla. Y sonríe feliz por una declaración de igualdad. Estamos en la Biblioteca Caturelli (la cual forma parte del Grupo GESTA). que lo homenajeará, y tras una pausa lenta y grave como su propia voz, el doctor prosigue. “Creo que Popper tenía razón, ¿quién no se ha puesto a pensar alguna vez en la muerte, en la felicidad o el sentido de la vida? Todos, absolutamente todos lo hemos hecho alguna vez. Y yo también. Desde muy joven pensaba en todas estas cosas, pero un día me doctoré en Filosofía por dedicación. Era muy retraído, pero me empecé a abrir con la docencia, que me llegó de manera tardía”.
Y entonces Marzolla relata el modo en que, tras graduarse de profesor de Economía, trabajó de contador en una fábrica de calzados hasta que le salieron las primeras horas de Contabilidad en el Instituto Rivadavia. “Eso fue en el 67 y cambiaría mi vida para siempre. Porque ese día supe que mi vocación era la docencia. Por eso mi agradecimiento a (Antonio) Sobral es eterno y mi admiración es incondicional. De no mediar él, yo no habría hecho ese descubrimiento ni sería el que soy”.
-Sin embargo, el doctor moriría al poco tiempo ¿no?
-Sí, murió en el 71 y yo seguí mi carrera docente en el Rivadavia. Hasta que por un consenso de los docentes asumí como director general en marzo de 1980. Ahí comienza mi aventura con la gestión.
-¿Y su aventura con la filosofía?
-Empieza, extrañamente, al año siguiente y tiene mucho que ver con mi nuevo puesto. Veía que con el profesorado de Economía no me alcanzaba para mi nueva función. Y entonces ocurrió una extraña casualidad, una de las tantas que atravesaron mi vida. En 1981 envían una invitación de la Universidad de Río Cuarto para que los egresados de las carreras terciarias pudieran cursar una licenciatura en Filosofía. Yo puse el aviso en la sala de profesores, pero no se interesó nadie. Le comenté a mi señora y ella me hizo acordar que de chico había querido estudiar Filosofía…
-¿Y qué hizo?
-Viajé a Río Cuarto y le dije al coordinador de carrera de mis dificultades para cursar. Como él sabía que yo era el director del Rivadavia, me acomodó todo para que pudiera viajar los viernes. Y así fue que me volví siendo el primer inscripto. Con el tiempo, José Julián Prado, que era mi profesor de Filosofía Moderna, me insistió para que hiciera el doctorado. Pero lamentablemente murió y se cierra el doctorado en Río Cuarto. Había una chance de hacerlo en la Universidad Católica de Córdoba y fui. Por suerte ya había elegido el tema.
-¿Cuál era?
-El de “la realidad como un texto”. Era una idea del filósofo francés Paul Ricoeur con la que me encontré, también, de casualidad. ¿Te imaginás? Ese ensayo hablaba de cómo leer la realidad. Yo que estuve obsesionado toda mi vida pensando en lo que hacían mis maestros o cómo producía yo ese “texto” que era mi accionar pedagógico. ¡Ese era el tema! ¡La interpretación hermenéutica de la realidad educativa! Me ayudó mucho el doctor Gustavo Ortiz, que fue mi director de tesis. Y de este modo nació “Explicar y comprender; una dialéctica posible, una propuesta metodológica para la interpretación del campo práctico pedagógico”.
Sobral y después
-Usted fue alumno de Sobral y uno de los mayores difusores de su pedagogía, ¿era Sobral un filósofo?
-Absolutamente. Pero no un filósofo de gabinete, sino uno que entendió mejor que nadie el modo de bajar a la realidad las teorías educativas. Si uno lee el informe de Sobral al gobernador Santiago del Castillo en 1940 lo entiende perfectamente.
-¿Y de qué trata ese informe?
-Resulta que el gobernador lo llama a Sobral para cambiar la educación en Córdoba y él está de acuerdo. Pero le dice que antes hay que formar docentes en el humanismo; una idea absolutamente revolucionaria y alejada del positivismo de esos tiempos. Y así es como Sobral organiza la Escuela Normal Superior de Córdoba; con 10 años de experiencia como director del Rivadavia. Esa carta de Sobral, que por cierto conservo, resume toda su visión filosófica de la educación.
-¿Todo pedagogo es un filósofo?
-Todo educador debería ser un filósofo porque enseñar implica una visión del hombre; una concepción de la vida y de la muerte. Vale decir que, cualquier método que utilice se desprenderá de su visión del mundo. Sobral decía que en todo proyecto educativo hay una filosofía de sostén. Y yo creo que inducir a los alumnos a pensarse a sí mismos y dilucidar cómo pueden ser felices, fue el mensaje sobraliano que abracé con más entusiasmo.
-¿Cómo llega lo del homenaje en la biblioteca Caturelli?
-Fue una sorpresa absoluta y me la comunicó Daniel Lasa. Con Daniel nos conocemos de hace muchos años y es alguien al que respeto muchísimo por su formación. Quise disuadirlo, pero me terminó convenciendo de hacerlo.
Iván Wielikosielek
Especial Sociedad Educativa Argentina
