El cantautor local Andrés Parodi vuelve para presentar un disco

“Soy un tipo que vive componiendo”

Hoy a las 18.30 se respaldará en la Usina Cultural el álbum “En el país de las melodías”  con su hija y músicos invitados
jueves, 29 de agosto de 2019 · 11:30

En su viaje de estudios del secundario, Andrés Parodi se puso a tocar el piano. Se hallaba en un pintoresco pueblito de Salta, en una de esas típicas paradas obligadas de los contingentes estudiantiles. Cuando terminó de actuar percibió que todos sus compañeros estaban eufóricos, que ahí había pasado algo. Al volver se dijo para sus adentros: “No sé si voy a estudiar medicina, me parece que voy a ser músico”.

De allí en más, su trayectoria profesional se perfiló sobre un intenso pentagrama que lo llevaría a recorrer la provincia de Santa Fe y la Capital Federal hasta regresar, al menos por un rato, a su ciudad natal: Villa María.

Andrés Parodi presentará hoy a las 18.30 en la Usina Cultural (Sabattini 51), su reciente disco de música infantil “En el país de las melodías”, junto a su hija mayor, Angela Parodi, y artistas convocados para la ocasión: Facundo Seppey (guitarra), Gastón Hernández (bajo), Belén Pérez (flauta), Cindi Andrada (coros) y Andrés Stanfield (percusión). En diálogo con El Diario, el cantautor repasa su carrera y cuenta cómo surgió el proyecto que lo trae nuevamente a sus pagos luego de varios años.

-¿En qué año partiste de Villa María?

- Al terminar el secundario. Después de hacer toda mi escolaridad en el Rivadavia (incluso tuve de directora de jardín a la gran Edith Vera) y tomar clases de piano con Edith Rosso en el Instituto Chopin, me fui a estudiar a la Universidad del Litoral en Santa Fe. Fue más bien por la influencia de mi madre quien se había contactado con las universidades que en ese momento daban música y la única que le contestó cálidamente fue la santafesina. Yo me fui prácticamente solo para allá porque la mayoría de mis amigos se fueron a Córdoba. En Villa María ni existía la UNVM y tal vez otro hubiera sido mi destino. Años después, cuando se conformó, me ofrecieron tomar horas, pero yo estaba muy enfrascado en mi carrera.

 

De la universidad  a Midachi y “Tres  tristes tigres”

-¿Llegaste a tocar acá antes de irte?

- En esa época tenía contacto con “Cacho” Aiello y Sergio Aranda con quienes pergeñamos un grupito. También me juntaba con Marcos Young, Monky y Otoño. Como mis viejos eran amigos y colegas de Eduardo Marzolla, el director del Rivadavia, llegué a tocar en el Sobral y en el Cine Broadway, un concierto de piano con folclore y tango. En el secundario también jugábamos bastante. Había gente talentosa como Claudio Massetti o Marcos Morales. Con Daniel Rocha (quien trabaja en El Diario), recreábamos Los Tres Tenores, que estaban de moda en ese entonces. Yo siempre muy orejero, o sea que sacaba los temas de oreja. Y con ese tipo de cosas nos presentábamos en las farándulas.

-¿Y cómo fue tu formación académica y tu desarrollo artístico?

-En la UNL cursé tres carreras: Dirección Coral, actividad que hice durante 9 a 10 años, Composición, que en aquel entonces se llamaba Armonía y Contrapunto y ese es mi título, y Piano, de la que no me recibí porque para ello tenés que estar 8 o 9 años estudiando técnica como Bruno Gelber o Martha Argerich. Y yo prefería pasarme el tiempo componiendo. Luego emigré al interior de Santa Fe (a lugares como El Trébol y Carlos Pellegrini), donde formé coros infantiles, juveniles y de adultos. Era el resurgir democrático y hacíamos canciones de Charly, Fito, de Lerner, de folclore argentino y latinoamericano. Era un momento muy pleno. Con lo que gané me compré equipos modernos para grabar música y dispararla en vivo. Coincidió que uno de mis amigos estaba tocando con los Midachi y necesitaban alguien que hiciera justamente eso de hacer y disparar música. Hice temporada en Mar del Plata durante tres meses y luego nueve meses más en Buenos Aires. Los músicos santafesinos del staff se volvieron y yo me quedé allá. Había campo de acción para el músico profesional. Lo único que era bravo cuando el trío se separaba o se tomaban un año sabático. Ahí tuve que tocar en lugares de mala muerte. De todos modos terminé siendo su director musical y el director de proyectos de Dady (Brieva) y el Chino (Volpato), como el programa “Tres tristes tigres” en Canal 13, junto a Guinzburg, donde compuse el jingle y como cien musicales para ellos. Paralelamente me contacté con Georgina Barbarossa que andaba buscando un pianista para su espectáculo “Georgina está revista” que lo hacía a lo Tita Merello. Estuvimos en Canal 9, América y Canal 7 y luego también fui “maestruli” de Carmen Barbieri cuando Georgina dejó. Luego fui parte del grupo tropical La Banda, estuve con Antonio Laje y Baby Etchecopar en teatro. Hasta hace poco participé de una obra de teatro musical (“Mandinga en el paraíso”), junto a Claudio Gallardou y Alejandro Sanz (del Trío Laurel), con la que ganamos los Premio Hugo. Actualmente formo parte de un cuarteto de jazz y tango y presento el disco infantil adonde pueda ir. Como ves soy un tipo que vive componiendo, para niños, adultos, viejos, marcianos (risas).

-¿Qué te motivó a desarrollar el proyecto "El país de las melodías"?

- Este proyecto arranca antes, cuando dejé de lidiar con los altos egos de los personajes de la tele y demás y empecé mi propio camino, adentrándome en la docencia, precisamente en las villas de emergencia. De ese amor y vínculo con los niños nacieron 40 canciones, de las cuales quedaron 30: 15 fueron para el primer disco y quedaron 15 más para uno próximo. Pero la gran artífice de este álbum es mi hija Angela quien me dijo: “Tus canciones funcionan, tenés que grabarlas”. Y juntó a músicos amigos para hacerlo. Mis dos hijas hicieron el camino inverso al mío. Ellas se formaron en Buenos Aires y se fueron a vivir a Córdoba (Angela se radicó en Villa María y Violeta en Villa Allende).

-¿Cómo ves a Villa María en la actualidad?

- Es la ciudad que yo dejé, pero más florecida, más viva. Vi cómo crecieron la universidad, los movimientos culturales, el Rivadavia y las instituciones. El Festival se convirtió en una suerte Viña del Mar. Aunque mi corazoncito está con aquel viejo Festival de Peñas.

 

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