Por la ruta 40, se abre una puerta a lo más profundo de nuestra historia
Al fin y al cabo, Londres no queda tan lejos como muchos imaginan
Calchaquíes, incas, españoles e ingleses, todos se entrecruzan en la segunda ciudad más antigua de la ArgentinaHay un lugar, no muy lejos de esta Villa, que es muchos lugares a la vez. Un punto en el mapa del país, sobre la ruta 40, en el cual, como si fueran hilos en un telar, se teje el poncho de una historia antigua, rica y compleja, se entrecruzan de manera inseparable ya las distintas raíces que conforman nuestra identidad: hay un lugar, no muy lejos de acá, que se llama Londres.
Londres queda en Catamarca, custodiada por la Cordillera de los Andes y aunque no tiene nada que ver con el Londres de allende los mares, a la larga sí, alguna hebra de la historia las emparenta.
Londres es la segunda ciudad más antigua de la que luego fue la República Argentina. Fundada en 1558 por Juan Pérez de Zurita a orillas del río Quimivil, por las guerras calchaquíes, debió cambiar repetidas veces de ubicación hasta quedar fijada en el punto en que la encuentran hoy los viajeros que se aventuran por aquellas latitudes catamarqueñas, a poco más de 750 kilómetros del centro del país.
Londres, “cuna de la nuez”, fue bautizada originalmente Londres de la Nueva Inglaterra, en homenaje a la boda real entre Felipe II, monarca español por aquel entonces y la reina María Tudor de Inglaterra. Ahí, el contacto, aunque remoto, con la Londres del Támesis y el Big Ben.
Pero es de más antigua data, aunque no menos importante para nuestra historia, el territorio bautizado en homenaje a María Tudor.
A escasos 5 kilómetros del casco urbano de Londres, y dentro de su ejido, se yergue aún el Shincal, una de las primeras áreas de la actual Argentina exploradas por la expedición conquistadora española salida del Cusco.
Pero, como se verá, los españoles llegaban tarde a Londres, por entonces Shincal, en su afán imperialista y conquistador, porque como se verá, otro imperio había echado raíces en el lugar.
El Shincal de Quimivil, fue la última ciudad administrativa del estado inca por estas latitudes; hoy es un sitio arqueológico y fue declarado Monumento Histórico Nacional, en 1997. Este sitio tuvo una importante actividad dentro del estado, y su jefe fue un “curaca”, rango de jerarquía entre los gobernantes.
Los arqueólogos reconocieron al Shincal como una “Guamani” (cabecera provincial) del Tawantinsuyo, (estado inca) construida y ocupada entre los años 1380 y 1600. Ocupa una superficie de 23 hectáreas, pobladas por más de cien edificios construidos en piedra y adobe.
El sector central, aparentemente, fue destinado a grandes edificios de corte administrativo conocidos como Kallankas (cinco estructuras rectangulares de piedra labrada), Qollqas (recintos circulares usados para almacén), una Aukaipata (plaza pública central), En el centro de la plaza se levanta un escenario de forma piramidal de 16 metros de lado y dos de alto, llamado ushnu. El ushnu o plataforma ceremonial, es la más grande conocida hasta ahora, desde el lago Titicaca al sur.
También tiene un cuartel de tropas y dos cerros aterrazados de 12 metros de altura a los que se accede por escalinatas construidas en piedra; el que se sitúa al este fue un templo solar.
En los barrios periféricos se ubican “kanchas” rectangulares usadas como viviendas. Tramos empedrados del Camino del Inca y un soberbio acueducto de piedra, atraviesan el casco urbano.
Los incas ingresaron al territorio argentino en 1470. Los diaguitas calchaquíes, que vivían en el noroeste, fueron rápidamente dominados e integrados al sistema inca. El legado son 180 sitios arqueológicos en el país que tienen vestigios de su presencia.
Formaron un poderoso imperio hace cinco siglos, siempre sobre la cordillera de los Andes.
Shincal, como cada pueblo del imperio, estuvo conectada por caminos empedrados que construyeron los incas (Qhapap Ñan). Por ellos, se pueden ir a otras ciudades o parajes que conformaban el estado inca.
Rico en piezas cerámicas de varias culturas, y rico también en cultura textil, Londres abre la puerta tanto al mundo ancestral de la alfarería como al de los centenario telares.
Y de yapa, Belén, la de los ponchos
Y como todo es posible en las rutas argentinas, o tal vez solo en la ruta 40, a muy pocos kilómetros de Londres queda Belén, que no fue señalada tal vez por ningún lucero, pero que deja ver la majestuosa luna besando los picos de Los Andes en increíble estampa.
Ubicada a casi 1.300 metros, Belén fue ( aunque fundada con ese nombre en 1681) poblada desde antiguos días por diversos pueblos originarios: Hualfines, Culampajaes, Quilmes y Famayfiles hasta que llegaron los incas en 1480.
Aunque en la actualidad es básicamente conocida como la “cuna del poncho” y las bodegas de exquisitos torrontés y malbec, los primeros rastros de ocupación de esa zona se ubican entre el año 1000 y 1450 y se la denomina cultura Belén; comunidad del período agro alfarero tardío, se encuentra representaciones de serpientes, surís y sapos en urnas con la base en forma de cono truncado invertido y un cuello cilíndrico con dos asas; también se destacaron por el uso del bronce en hachas y otros artículos.
Alguien dijo alguna vez: “Si no puedo ir a China, puedo traer a China a mi casa”; lo cual puede sonar a locura: sin embargo, como queda demostrado, con solo recorrer unos 750 kilómetros, es posible adentrarnos en un entrecruzamiento de mundos y culturas diversas, tan antiguas como el carbono 14 permita demostrar. Un viaje hacia el crisol de razas y culturas que este país supo albergar desde tiempos en los que a pesar de la brutalidad inherente a la Historia misma, al parecer a nadie se le ocurría cuestionar el derecho a la inmigración con tanta vehemencia como se hace en estos días.
