Lo frecuentó cuando el granadino vivía en Buenos Aires
Natalio, el amigo villamariense del poeta Federico García Lorca
Su hijo, el humorista Jorge Mario Lewit, recordó a su padre, y su vínculo con el célebre escritor andaluz
Un villamariense de origen polaco fue amigo del famoso escritor español Federico García Lorca.
Se trata de Noson Lewit, un fallecido comerciante que en vida fue más conocido como Natalio, y por su oficio de vendedor a domicilio.
Había nacido en Polonia, en un sector que hoy pertenece a Bielorrusia, en el año 1920.
A los 7 años llegó al puerto de Buenos Aires de la mano de sus padres con una hermana menor.
“Cada 18 de agosto en mi casa era un día de luto, era la fecha del fusilamiento de Federico García Lorca”, recordó ante El Diario su hijo, Jorge Lewit, que actualmente reside en la capital provincial, donde participa del programa radial El discreto encanto de los galenos. “Siempre nos recordaba que en el año 1933, con sus 13 años cumplidos trabajaba en un cambalache de la calle Corrientes, en Buenos Aires. Era una compraventa de artículos usados que se había especializado en elementos de utilería para teatro y comedias musicales”.
“Allá iba seguido el gran granadino a elegir vestidos, oropeles, baúles, candelabros y decenas de artículos que necesitaban en la puesta en escena que realizó Lola Membrives para reponer en el Teatro Avenida la pieza Bodas de sangre.
Noson Lewit y sus compañeros de trabajo -fuera de horario- llevaban los elementos al hombro hasta el teatro de la avenida de Mayo, y aparte de ganarse la changa eran contratados para hacer la claque, que consistía en que en determinado momento del espectáculo iniciaban los aplausos con sus correspondientes “vivas” y “oles”.
Los seis meses de la estancia de García Lorca fueron vividos por ese grupo de adolescentes como una escuela de arte y compromiso. Todos terminaron militando en las filas de la juventud del Partido Comunista y formaron la primera línea de la solidaridad con el pueblo español al desatarse la guerra entre republicanos y monárquicos.
Por su parte, el dramaturgo escribía desde Buenos Aires a sus padres: “Me siento abrumado. Hasta he tenido que contratar a un secretario porque la gente viene a verme hasta a la cama. Aquí tengo la fama de un torero”. Guardaba cada una de las páginas de periódico en las que aparecía su nombre. Lorca, al que llamaban “la voz gitana”, se alojaba en la avenida de Mayo, en el Hotel Castelar, en la habitación 704 que hoy se encuentra como si de un museo se tratara.
Fue el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX. Como dramaturgo se lo considera una de las cimas del teatro español del siglo anterior. Regresó a España, donde murió asesinado un mes después del golpe de estado con el que tuvo lugar el inicio de la Guerra Civil Española.
En nuestra ciudad, como en todo el mundo, las obras teatrales del granadino son permanentemente representadas. Tal el caso de Doña Rosita la soltera, La casa de Bernarda Alba y la citada Bodas de sangre.
Por su parte, el joven inmigrante polaco se radicó en nuestra ciudad donde llegó a ser muy conocido como “el Ruso Natalio”.
Cuando llegó al puerto de Buenos Aires con su familia, casi como único equipaje traía algo de ropa, algunas fotografías y el idish, idioma materno que cultivó y acompañó toda su vida.
Hizo la primaria y la secundaria en la ciudad de Buenos Aires. Luego de la Segunda Guerra Mundial el fenómeno y la desgracia que acompañó a los judíos de Europa fue la dispersión y la falta de noticias sobre su paradero. Cuando algún paisano de Villa María pescaba algún dato, alguna dirección, se llegaba a su casa para que Natalio les escribiera en idish una carta para ver si se transformaba en ese puente de oro para el reencuentro.
Guardaba varios blocks de cartas de papel de avión que se llenaban de deseos, historias, relatos, de más deseos, de muchas lágrimas.
Natalio les ponía una consigna: los que mandaban las cartas las debían escribir en español, las traducía, ponía las dos en un sobre para que los familiares le conocieran la letra y de ahí a su destino.
Viajaban a los cinco continentes, a los Estados Unidos, a Francia, a Polonia, a Rumania, a la Unión Soviética, a Sudáfrica, a Australia y de ahí volvían con textos, con fotos, con deseos de reencuentro.
“Las lágrimas corrían por cuenta de todos. Era una ceremonia colectiva. Es que mi viejo no solo leía, escribía, traducía y hablaba el idish. Lo sentía y le latía. Ese tiempo era oro, era arte, era vida”, evoca su hijo, quien por su militancia política estuvo exiliado -luego de haber permanecido detenido secuestrado en Campo de la Ribera- en la República Democrática Alemana entre 1978 y 1979.
