Entrevista - Darío Falconi, poeta y editor, pensando sus oficios en un tiempo en el que casi nadie lee

“La gente ha cambiado su manera de leer”

Llegó a publicar 250 títulos con su editorial El Mensú. reflexiona sobre la poesía, la tarea editorial, la tecnología y las redes sociales
domingo, 24 de noviembre de 2019 · 11:33

En los tiempos que corren, en los que la costumbre de leer parece ir diluyéndose en el transcurrir, como una nube que se va desintegrando en el aire, escribir o editar libros para una tarea tan ardua e inútil como aquella con la que los dioses castigaron a Sísifo: llevar la pesada roca cuesta arriba para que al llegar a la cima, la roca vuelva a caer al pie del monte y así el condenado vuelve e empezar, una y otra y otra vez.

Pero, acaso heridos de ese espíritu trágico, siguen naciendo autores y editores, contra viento y marea, perpetuando los nobles oficios aludidos.

Darío Falconi reúne en una sola persona ambas condiciones: autor y editor; y no cuenta cómo se pone a diario el overol para llevar adelante la tarea. 

“Es complicado. En este momento soy más editor que escritor; el volumen de edición la verdad es que me ha superado un poco y no me ha dejado tiempo para la tarea de la escritura, la cual extraño y a la que quiero volver, pero estoy laburando en 5, 6, a veces 10 libros al mismo tiempo y no tenés tiempo de escribir. Y cuando tenés un ratito, ya uno está cansado. Hoy hay mucha producción, mucha gente que escribe y creo que hay menos cantidad de personas que leen, en realidad. A veces decimos, medio en broma, que hay más escritores que lectores. Y en esto tiene que ver un poco la tecnología, que hace más fácil llegar a publicar un libro y hay más comodidades. La tecnología ha llegado a la ‘gente común’, por así decirlo, y el que no publica es porque no quiere. Hay diez millones de formas de publicar; desde la artesanal, en tu propia casa, hasta recurrir a una editorial”.

La tecnología, claro, es un tema ineludible en la actualidad ya que atraviesa transversalmente todas las actividades humanas.

Falconi lo sabe y lo analiza desde su perspectiva.

“También la tecnología tiene que ver con esto de que hay más escritores que lectores. Estamos tan bombardeados, todo el tiempo, de mensajes de todo tipo, visuales, auditivos, que la gente lee cada vez menos. Y uno puede comprobarlo en cosas mínimas. Por ejemplo, cuando publicás algo en una red social y alguien te lo comenta y dice algo que te hace dar cuenta que esa persona no leyó lo que vos escribiste. La gente ha cambiado su manera de leer y cada vez se aguanta menos la lectura, y eso repercute en esa realidad de que haya más escritores que lectores”.

La tarea del lector, sin embargo, no es menor. Y acaso se vuelve aún más interesante cuando todo parece indicar que se trata de una especie en vías de extinción.

“Creo que hay libros valiosos; pero está en la competencia del lector el saber elegir qué, de todo lo que hay, está bueno y rescatarlo. Porque no se puede leer tanto; hay tanta cantidad que tenés que saber, sí o sí, seleccionar qué vas a leer. Pasa eso. Pero al mismo tiempo, festejo que esté al alcance de todos publicar, que no sea algo para pocos. Está bueno que quien tenga un proyecto, una idea, una obra, la dé a conocer”.

 

Buenos tiempos para la poesía

La poesía tiene múltiples virtudes y algunas ventajas respecto de la narrativa. Por empezar, como le gustaba decir a Jorge Luis Borges, “es portátil”, es decir, puede llevarse puesta en la memoria y puede ser evocada en cualquier momento sin necesidad de tener que llevar el libro a cuestas; y para agregarle valor al ya de por sí irrefutable argumento borgiano, podemos decir que además, un poema es como cien o mil ventanas al mismo tiempo, porque más que en ningún otro género literario, la poesía ofrece infinitos modos de ser leída, abordada, comprendida o aún incomprendida. Y siempre encenderá la sensibilidad y la curiosidad de asomarse a universos extraños.

Darío dixit:

“Me parece que es un buen momento para la poesía. La poesía me gusta mucho. Siempre leí más narrativa, pero a la hora de escribir, escribí poesía o  intenté escribir poesía. En el haiku, en la brevedad, crea que hay un desafío, implica sentarse y ponerse a pensar para condensar en tres versos una idea mucho mayor de lo que expresan esas grafías”.

“Villa María se caracterizó siempre por ser una ciudad de poesía, de poetas; la mayoría de los escritores son poetas. Hay unos cuantos narradores, pero la mayoría son poetas. Hay poetas muy buenos, y Villa María siempre fue muy bien vista a nivel regional, provincial y nacional. Hay un encuentro a nivel nacional muy importante que se hace todos los años, creo que es un centro interesante, que no tiene nada que envidiarle a Córdoba u otras ciudades más grandes”.

“En cuanto a la poesía, puntualmente, en la actualidad, como desde lo formal ha perdido rima y métrica, y se habla más de lo cotidiano, a veces uno se pone a leer y se pregunta ‘¿esto es un poema o una lista del súper?’; a veces uno lee textos que no pueden ser poesía; aunque lo cotidiano me parece que está bueno. Uno puede hacer poesía de lo y con lo cotidiano, pero no todo lo expresado de manera cotidiana es poesía. En eso está la mano del poeta. Pero hay mucha gente que escribe sobre lo cotidiano sin hacer poesía”.

 

Tuits de antología

A esta altura de la charla, cuando ya hace rato que los cafés se terminaron pero el bombardeo del televisor en el bar, los teléfonos que no paran de sonar y los ruidos de la calle persisten con el mismo empeño con el que el poeta y editor se entrega a su labor, volvemos al mismo lugar del que no hemos podido salir ni con ayuda de la poesía: la tecnología y las redes sociales; pero volvemos para comprobar que, aunque a los apocalípticos les guste pensar lo contrario, no todo está perdido en las enmarañadas trenzas de la Matrix.

El editor/poeta cuenta:

“La semana pasada le compré a un amigo un libro, una antología, que reúne tuits. Se lo regalé. Ahí está, por ejemplo, esa poesía tan breve, trascendió el espacio original desde donde salió y volvió al libro de papel, y están recuperados ahí un montón de tuits que está muy buenos. Ahí está esa contundencia, en poco más de 200 caracteres, creo que esa es la extensión, está expresada una idea, como una piña, una cachetada. La verdad es que ahí sí hay poesía, diría yo, en algo tan breve. Y ese libro recopila tuits de personas de todo el mundo, o sea que uno no sabe realmente quién es el autor. Lo importante, ahí, es el mensaje ¿no?; lo que está transmitiendo”.

Finalmente, se vuelve a las fuentes y por alguna misteriosa razón, alguien siente la necesidad de recopilar en un libro lo que se ha publicado en las redes sociales, en un círculo virtuoso de retroalimentación. El tuit alimenta al libro y el libro le da de comer al lector que busca aún el contacto ceremonial con el libro en la reposera, en la playa, bajo un árbol, en el colectivo; el libro y el lector, una relación íntima, amorosa, en público o en solitario, pero siempre privada.

Y en el caso del tuit, de la antología de tuits, estamos recopilando ese ingenio, ese saber popular, del que acaso se pierdan para siempre los autores, incluso son ser jamás conocidos por sus verdaderos nombres, pues muchos tuiteros ejercen bajo seudónimo. Si algo queda, entonces, serán esos caracteres sorprendentes y reveladores del ingenio y el saber popular, casi como una oralidad, pese a estar escritos.

 

Y todo vuelve a empezar

Nada mejor que una historia para cerrar la charla de café, cuando la tarde rebota su brillo incandescente en el espejo de una bicicleta y encandila a la empleada de Seppey que cruza presurosa la calle buscando una sombra bendita.

Tal vez, en pocos minutos más llegará a su oficina, se sentará en su escritorio, encenderá la compu y abrirá el Facebook porque quizá, quien sabe, tiene algún mensaje esperándola. Algo para leer. Tal vez alguna noticia, tal vez alguna respuesta, o una pregunta, o un poema. Porque aunque cada vez se lea menos, todavía hay quien escribe poemas. Y también hay quien gusta de recibirlos.

Darío Falconi tiene una historia inspiradora, que tal vez sirva para hacer menos pesada a tarea de Sísifo, el trabajo de editar, el trabajo de escribir.

“Volviendo al haiku y a mi actividad como editor, hay una anécdota linda para compartir: yo edité a un poeta oriundo de Las Parejas, provincia de Santa Fe, que me contactó porque quería editar un libro de haiku. Pero lo curioso es que lo escribió junto a una mujer de La Plata, con la que no se conocían. El escribió un haiku en Facebook  y ella, que aunque no se conocían lo tenía de amigo, le respondió con otro haiku. A él le gustó eso y le contestó con un nuevo haiku y así, haiku va, haiku viene, entre los dos armaron un libro de haikus, sin conocerse. Finalmente, nos conocimos los tres en Las Parejas, cuando salió impreso el libro”. 

Un cierre a medida.

Darío tiene, como editor, algunas historias bajo la manga

“El tema es que llegamos a los 250 títulos con El Mensú”

Darío Falconi, el poeta, el editor, el empedernido, el agradecido, el que va y viene del papel a la red social, publicó hace algunos días en su muro de Facebook lo siguiente:

“El tema es que llegamos a los 250 títulos publicados con El Mensú Ediciones. Luego de casi 10 años de trabajo, con la inconstancia que me caracteriza, seguimos (El Mensú y yo) en pie. Si bien celebrar fechas o hitos de este tipo me parece muchas veces insignificantes y marketineros, permítanme sentarme a tomar un café y mirar un poco el laburo realizado.

Ha sido un recorrido arduo, créanme que sí, siempre a mil, tratando de hacer las cosas de la mejor manera posible, aunque a veces la haya pifiado. Pero es mucho más el sentimiento de satisfacción que el de insatisfacción.

Además de estos 250 títulos que hoy cuento en el haber, más allá de publicarle libros a los autores de muchas localidades de la provincia y provincias vecinas, lo que más me queda es el hecho de haber conocido buena gente, escritores que hacen equipo con uno para que el libro salga lo mejor posible. Es un aprendizaje constante que me ha nutrido muchísimo y lo sigue haciendo. Esta es una editorial independiente unipersonal; aunque siempre han participado colaboradores que han aportado desde su lado a los distintos proyectos publicados. Una editorial no es una sola persona que, por cada título, maqueta, diseña, corrige, registra, presenta, invita, difunde, etc., etc., etc... Por eso es que agradezco cuando el trabajo se comparte, porque cuando hay sinergia los resultados son mejores.

Celebro cada vez que un libro se presenta y, a veces, me bajonea un poco el hecho de no poderlos acompañar, más aún si son de otras localidades; agradezco la comprensión cuando eso sucede (he llegado a tener tres presentaciones el mismo día, a la misma hora y en ciudades distantes).

Parece ayer nomás, cuando por “culpa” de Fernando de Zárate y Susana Zazzetti vieron la luz los poemarios “Brumario” y “El hilo que sostiene”, sin saber que ese sería el puntapié inicial de este camino que continúa. Lo que comenzó siendo un apoyo a los poetas amigos se convirtió en un oficio que me gratifica.

Finalmente, me tomo el último sorbo de café y dedico este breve momento para los que creyeron, para los que no, para los que me apoyaron en los tropezones, para los que me bancan incondicionalmente, para los que creen que uno se paga las vacaciones en el exterior con esta actividad (y si lo fuera, ¿qué? es un trabajo), para los que critican sin preguntar y para los que ayudan sin preguntar, para la gente de gráfica que me soporta cuando los números se pintan de rojo, para mis hijos que muchas veces les falto por dedicarme a estos menesteres, para mi compañera y colaboradora constante, para todos los que hacen que uno crezca con tropezones y aciertos. A todos y cada uno, gracias”.

 

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