Nota Nº 905
La Playosa: resto bar Molinari, 70 años de historia
Abordo aquí algunos apuntes de la historia de un lugar histórico de La Playosa, que está a cargo de una familia cuyo apellido figura entre los primeros pobladores de esa localidad nacida en 1903, dentro de lo que fueron los campos de Bernardo FernándezEspacio de encuentro
Con la mano derecha abierta, extendida, y su mirada cálida, nos recibe un hombre de 58 años. Es Hugo Molinari, quien, junto a su pareja Claudia Pino, conduce este negocio familiar que, según reza en la puerta de ingreso, fue iniciado en 1958. Se trata de un bar, restaurante y hospedaje a la vera de la Ruta Nacional 158. Del otro lado de esa arteria vial, se encuentran los terrenos que ocupaban las vías del Ferrocarril Santa Fe en su ramal San Francisco/Villa María, ahora convertido en un prolijo espacio público destinado a diversos usos.
Afuera, al frente del local, un cartel amarillo reza “Molinari café resto bar”, es media mañana y al entrar nos encontramos con unos 10 parroquianos ocupando algunas de las mesas del lugar. Todos están charlando, jugando a las cartas o leyendo elDiario. Al rato, ingresan algunas mujeres, cada una saluda. Con el paso de los minutos vamos entendiendo que se trata de un gesto de amabilidad que aún se mantiene en las localidades pequeñas a las cuales no han llegado el frenético ritmo y la soledad propia de urbes más grandes. La Playosa tiene algo más de tres mil habitantes y pareciera que todos se conocen.
Charlando con Hugo y Claudia, van informando que “el lugar funciona casi como un club”, un espacio de socialización, de encuentro. “Ahora se sumó gente que iba al bar de Pérez”, un negocio que estaba en la esquina, que hace un año cerró sus puertas y dio lugar a un comercio de otro rubro. “Con ellos coordinábamos cuándo salíamos de vacaciones para que los dos bares no estuvieran cerrados al mismo tiempo y la gente tuviera dónde ir”.
El Chiquito, a sus 91 años, cuenta el inicio
En un momento se acerca a la mesa Roberto “Chiquito” Molinari, padre de Hugo, y nos cuenta los inicios del lugar. Él nació en enero de 1935, cuando tenía 20 años, alquiló el bar junto a su padre Luis. A los tres años pudieron comprar el lugar. Ellos tenían una carpintería, pero vieron que este otro tipo de negocio funcionaba. Por entonces, cuenta, era un bar de hombres, “de timba, cartas y juego de bochas enfrente”, cruzando la ruta. En esa época se fumaba dentro del local, “una vez al año teníamos que lavar las paredes”. Hugo recuerda el hollín que retiraban de la pintura y cómo “hasta las heladeras se manchaban”. Por su parte, Chiquito agrega: “Algunos días de invierno había que abrir un rato las ventanas para que saliera un poco de humo y se aireara el ambiente”. Muy distinto a la actualidad, donde poca gente fuma y ya nadie lo hace adentro.
El cine de La Playosa
En sus casi 70 años de existencia, el local ha pasado por varias transformaciones. Eso se visualiza en cómo lo nombra la gente. Para algunos sigue siendo el bar del Chiquito, hay quienes le dicen El Cine; otros, simplemente lo nombran como “El hotel” y los más memoriosos aún recuerdan que supo ser el Central. Todas esas denominaciones hablan de la historia del negocio. Un breve e incompleto repaso por las actividades del lugar, hace que Hugo cuente que allí también funcionó el Cine que tuvo su tiempo de esplendor. “En esa pared interna había una puerta por donde, la gente que salía del intervalo venía a comprar golosinas y volvía a la sala para continuar viendo la película”.
Cuando el cine entró en crisis cerró la sala. Pero la transformación es propia de la manera de gestionar el local que tienen los Molinari. Hugo cuenta que durante la pandemia había que subsistir, entonces se adecuó el funcionamiento del resto bar haciendo entregas a domicilio, algo que continúa. Donde era el cine, también funcionó un pub, una confitería denominada Cecrop: “Alguna vez contratamos a músicos como Marcelo Ceballos, de Villa María, que vino a cantar”. Alguna vez, un adolescente del lugar, Raúl Olcelli, junto a un amigo, invitaron a una profesora para impartir clases de dibujo y entonces allí funcionó una academia donde se enseñó este arte.
El huésped “petrolero”
En la parte del hospedaje, siempre cuentan con gente que está de viaje o que llegó a La Playosa por algún evento especial. Antes tenían gente que venía de otras localidades y, durante la semana, trabajaba en alguna institución local. Recuerdan, por ejemplo, a Lombardo, un bancario que viajaba desde Villa Nueva y pasaba la semana en el lugar. También recuerdan el caso de un señor que supo alojarse en el lugar y revolucionó medio pueblo. Dijo que estaba de paso, que se le había roto su camioneta, pagó de contado una noche de hospedaje, dejó unas tarjetas y salió a ver si podía lograr que le arreglaran su vehículo. Sostuvo que trabajaba para una firma que explotaría petróleo en la zona, cuestión que despertó expectativas de empleo en la localidad. En el fin de semana que permaneció en el lugar, entusiasmó a varios vecinos y algunos renunciaron a sus trabajos, seguros de que obtendrían el empleo en la industria petrolera. Pero el hombre se fue del lugar, dejó una prenda de vestir en su cuarto y una gran incógnita, pues nunca más se supo nada de él.
La parte del local donde funcionó el cine ahora está en otras manos y destinado a una actividad diferente, ya no está la puerta que comunicaba el bar con el vestíbulo. Lo que sí continúan son el servicio del bar y el desfile de platos de comida, con un menú de bodegón. “Hacemos lo tradicional y a precios accesibles”, el hospedaje sigue albergando gente que viaja. Las que trabajan en la cocina son mujeres, comandadas por Claudia.
Muestra de pinturas
Dentro de las transformaciones del lugar, hay una que está desde hace poco. De un tiempo a esta parte hay una exposición permanente de pinturas realizadas por Raúl Olcelli, hijo de La Playosa, autor del escudo de la localidad y reconocido artista plástico, autor de muchos murales e ilustrador habitual de las notas de este espacio. Desde las paredes nos miran mujeres y niños brasileños que nacieron en los cuadros de Olcelli cuando este pasó un tiempo en San Salvador de Bahía. En otra pintura está retratado el propio bar, con la apariencia que tenía hace varias décadas. Hugo lo mira y dice “es nuestra infancia. La Chancha, que era la perra de Raúl, una chica de aquí y algunos amigos”.
Tanto Hugo como su padre señalan la importancia que ha tenido el lugar en su vida, pero Claudia agrega que también para mucha gente: “Han pasado varias generaciones por aquí. Muchos, cuando iban a la escuela secundaria. Los otros días, un hombre de otro pueblo vino y me dijo que deberíamos hacer una noche de sándwich de milanesa y granadina, para recordar aquellos tiempos en que ellos tomaban eso”. Hablamos acerca de las marcas que dejan esos lugares en los cuales se compartió tanto con amigos. Claudia volvió a intervenir para decir que “si bien los sábados a la noche no abrimos, al igual que los domingos al mediodía, prendemos las luces de afuera porque la gente se acerca y dice que no les gusta pasar y ver todo oscuro a la noche”. Con casi setenta años de historia, es lógico que muchos vecinos sientan que les pertenece un poco el Hotel, el Cine, el Bar de Chiquito o el resto bar Molinari. Todo es parte de sus historias.
