Pelusa Ponce: pionera del fútbol
Entrevista a quien integró el seleccionado de fútbol argentino que participó, en México, del Mundial del Fútbol Femenino desarrollado en el año 1971. Una pionera, al igual que nuestras futbolistas locales que, hace cuarenta años, jugaban en las canchas de la ciudadPatear la pelota a los 82 años
Pelusa mantiene intacto su amor por el fútbol, que tanto le ha dado. A los 82 años, no puede resistir la tentación que significa la pelota que jóvenes de la escuela Jeanette Campbell, en Villa Ciudad Parque, le ponen delante de sus pies. Pelusa dice “a esta edad ya no tengo fuerza”, pero los jóvenes se emocionan cuando se pone a jugar con ellos, hace un caño y tira al arco. Todos nos sumamos a la emoción del momento: una de las pioneras del fútbol femenino en el país juega en la cancha de la escuela que lleva el nombre de la primera mujer argentina que participó en las olimpiadas y ganó una Medalla de Plata en Berlín, durante los juegos de 1936.
En una de las paredes de la escuela se exhibe un cuadro con la tapa que, en 1935, publicó la revista El Gráfico con la imagen de Jeanette: puede verse la leyenda “Campeona nacional y sudamericana de natación en 100 metros. Estilo libre, con 1´ 15”. “Un año después, en Berlín, logró la medalla de plata en los 100 metros libres con un tiempo de 1:06:4. En esos mismos juegos, la prensa acreditada la eligió Miss Olímpica Berlín 1936”. Antes de su fallecimiento, en 2003, supo declarar que en la delegación argentina de entonces había cierto rechazo hacia ella: “…Era la primera vez que una mujer viajaba a unos Juegos Olímpicos y no tenían mucha simpatía”.
Todos somos conscientes de que Pelusa está jugando al fútbol en una escuela que lleva el nombre de otra pionera del deporte argentino.
Participó del Mundial de fútbol de 1971
María Esther Ponce, conocida como “Pelusa Ponce” o, simplemente, Pelusa, integró la selección nacional de fútbol que nos representó en el segundo Campeonato Mundial de Fútbol Femenino de 1971. La primera edición tuvo lugar un año antes, en Italia.
La edición de la cual participó Pelusa Ponce se jugó en México, entre el 15 de agosto y el 5 de septiembre de 1971. Si bien la FIFA no lo considera oficial, sin lugar a dudas, es uno de los más importantes antecedentes para el desarrollo del fútbol femenino. La organización estuvo a cargo de la Federación Internacional y Europea de Fútbol Femenino y contó con la participación de los seleccionados de: Argentina, México, Italia, Inglaterra, Dinamarca y Francia.
Pelusa, junto a dos compañeras de equipo, arribó a México antes que el resto del equipo. Dice que las mandaron para atender a la prensa y calentar un poco el ambiente. Días después llegaron el resto de las jugadoras argentinas, excepto la arquera, que “llegó la noche anterior del primer partido que era contra México. Ella era menor y tuvo que viajar con otros documentos”.
El primer partido oficial por el mundial tuvo lugar en el Estadio Azteca, ante 100 mil personas, las locales le ganaron a las argentinas. Nuestras compatriotas habían viajado sin botines, sin camisetas y, también, sin técnico. Pelusa dice “Argentina era muy buen equipo a pesar de todas las contras que tenía encima, porque fue sin nada”. Ella, que jugaba de dos, integró aquella selección como suplente. Siempre sentada en el banco, salvo en los partidos que jugaban fuera del mundial: “Fueron distintos partidos durante los días de semana. Recuerdo exhibiciones para un hospital, para los bomberos, etcétera.”
Botones de nácar
Jugó al fútbol desde chica, dice haberse criado “con el fútbol, por mi papá, que era jugador de la Liga Santafesina. Él me inculcó el deporte y el fútbol”. Esta mujer, de origen pobre, nació el primer día del mes de junio de 1944. En relación a su familia, dice: “Nosotros somos santafesinos. Mi papá era de Alto Verde, frente al puerto de Santa Fe. Mi papá adoptivo (Juan Ponce), porque yo soy adoptada. Y mi mamá (Eduarda Martínez) era de Iturraspe. Mi mamá biológica murió al poco tiempo de que yo naciera. Ella era de la misma familia de mi mamá adoptiva, que era mi tía. Nunca supe quién fue mi papá biológico, porque mamá fue madre soltera”.
Pelusa reconoce que tiene sangre guaraní por sus abuelos maternos, que eran correntinos; en tanto, los paternos, por su padre adoptivo, eran paraguayos. Cuenta que su apodo, el mismo que luego tendría Diego Armando Maradona, en su caso tiene origen en el hecho de que “… cuando era chiquita no me crecía el pelo, tenía una pelusa rubia, y por eso me pelaban cada dos por tres. Creían que pelándome seguido me iba a crecer el pelo con fuerza. Hasta los 4 años me pelaron y por eso mi mamá me puso Pelusa”.
En Santa Fe, su familia vivía bajo el imperio de escasez de ingresos económicos. Señala que, “literalmente, vivíamos de la caza y la pesca. Estábamos al lado del Río Paraná. Mi papá pescaba y, aparte de vender, comíamos pescado. Cazaba patos silvestres en las islas dentro del delta santafesino. Mi papá era buen nadador y sabía sacar unas ostras que se llaman cuchara del agua, eran unas conchas de almejas y las juntaba y luego vendía esos nácares a la fábrica de botones para hacer botones de nácar”.
Su vida en Buenos Aires
Cuando ella tenía tres años y medio, su madre vendió el rancho de adobe y las pocas pertenencias que tenían para viajar a encontrarse con Juan, que ya estaba trabajando en Buenos Aires. Explica que entonces no existían planes sociales ni la asignación universal por hijo, tampoco había trabajo y era muy difícil subsistir. Por ello, su familia decidió buscar otros horizontes, así su padre fue a trabajar hombreando bolsas que llegaban al puerto en tren y eran subidas a los barcos. La familia se estableció en Avellaneda y Pelusa vivió allí hasta hace 17 años, cuando se vino para Córdoba instalándose en Río Ceballos, donde reside actualmente. Su residencia permanente en Avellaneda tuvo una corta interrupción cuando su padre, por tres o cuatro años las llevó a Bahía Blanca, donde había conseguido trabajo en la construcción.
Comenzó a cursar sus estudios primarios en una escuela “de monjas, en Dock Sud”, la sacaron de allí “porque antes pegaban las monjas. Una vez no quise ir a misa”, pero dijo que sí había ido, entonces “una monja me pegó un cachetazo. Por eso mi mamá me sacó del colegio y me puso en uno público, en tercer grado. Terminé la primaria en Bahía Blanca”. De regreso a Avellaneda, comenzó a trabajar como cadete, y un día apareció lo del fútbol y los equipos de mujeres. Cuando volvió de México entró a trabajar a una fábrica de alfombras, luego fue ascendiendo y la llevaron a trabajar en la administración, pues sabía escribir a máquina. “Tenía 32 años más o menos y me dio vergüenza no tener el secundario, fui a hacer perito mercantil”, pero le quedaba lejos la escuela, demandándole un viaje de 45 minutos en tren y otros 20 en colectivo. Regresaba cerca de las 12 de la noche a su casa, era mucho esfuerzo. Al otro día se levantaba muy temprano para ir al trabajo. Entonces debió abandonar sus estudios: “Llegué hasta cuarto año de perito mercantil, tengo la teneduría de libros de ese tiempo”.
Pioneras
Regresando a lo que fue el mundial de 1971, el segundo partido fue ante Inglaterra. Para ese encuentro un futbolista argentino, Norberto Rozas, radicado en México, asumió como director técnico del equipo. Aquel 21 de agosto, el Estadio Azteca se llenó de público. Pelusa remarca que ellas pasaron de jugar en “campitos” a hacerlo ante esas multitudes. El partido inició difícil, pero gracias al talento de nuestras jugadoras el resultado final fue 4 a 1 a favor de Argentina. Elba Selva, quien jugaba con la camiseta número 10, convirtió los cuatro tantos de nuestro seleccionado. En honor a ese importante hito de nuestro deporte es que cada 21 de agosto se conmemora el Día de la Futbolista. Argentina terminó aquel mundial en el cuarto puesto, debajo de la campeona Dinamarca, México que salió segundo e Italia que logró el tercer lugar.
Pelusa cuenta y continúa contando cientos de anécdotas relacionadas con aquella importante gesta deportiva de la cual formó parte. Ella, como las mujeres de Villa María y Villa Nueva que nombré hace un par de domingos en este mismo espacio, tuvieron que luchar contra los prejuicios y las prohibiciones para poder hacer lo que querían. También debemos rescatar la importancia de aquellas mujeres que, a principios de los años 80, jugaron al fútbol en nuestra zona. Por ahora, relevé los nombres de Rosa Alejandra Chirino, Mabel Cabrera, Marisa Checón, Myriam Delgado, Noemí Machado, Claudia Bonini, Nelly Fornero, Gladis de Montes, Sandra Irigoita, Mónica y Nancy Cuzcueta. Seguro que irán apareciendo muchos más pioneros locales.
Pelusa Ponce señala que “siempre que tengo una charla con chicas les digo que sigan luchando por lo que quieren, que nosotras en realidad no hicimos nada extraordinario, sino ir a ejercer un derecho que nos correspondía como seres humanos, hacer algo que nos gustaba. No tenían por qué prohibir. Nosotras no estábamos haciéndole daño a nadie, sino ejerciendo el derecho de hacer algo como jugar a la pelota”.
