Historias del Bicentenario - El tradicional quiosco y bar villanovense celebró su vigencia
“Lo de Ritta”, una frase que se repitió cincuenta años
Presente en el inconsciente colectivo, el espacio comercial es un símbolo de la ciudad y de la cultura del pueblo. Durante los últimos días tuvo su reconocimientoUn 11 de junio de 1976, momentos en donde el país vivía una efervescencia aún inolvidable, abrió las puertas un quiosco que, con el paso de los años, se volvió emblemático.

Eran tiempos de una democracia condicionada, de un Leandro N. Alem que celebraba sus 50 años de historia. Internet todavía no era imaginable..., muchos menos el Instagram, WhatsApp o Netflix.
Tiempos de televisión de tubo y teléfono fijo. Pero hay algo que ya estaba sobre las mesas y que durante las tardes no faltaba: el vermú, el limón y la soda. Pero la historia todavía no llegaba a ese punto.
Este preámbulo va a que en Villa Nueva, ahí nomás del Parque Hipólito Yrigoyen, más precisamente en Belgrano e Italia, inició su actividad en 1976 el “Kiosco Ritta”. Omar Ritta, y Mabel Almada, quienes decidieron apostar a la atención al público, cumplieron 50 años de trabajo inquebrantable.
Quince años más tarde, llegó otro golpe de timón que también fue una apuesta, el quiosco se transformó en bar, y ahora en ícono…, en símbolo.
Contextos
El quiosco y su bar, claro, no tienen hoy la misma configuración que en aquel momento.
Eran tiempos donde un ventanal enorme mostraba mesas en su interior -y también sobre la vereda-.
Vecinos sentados con una cazuela con maníes y cerveza o algún “sodeado”.
También fue una visita habitual en tiempos donde el fútbol era codificado. El recuerdo de pasar por la vereda caminando y, desde afuera, con la ñata contra el vidrio, el transeúnte espiaba el interior para ver -de paso- cómo iba Talleres-River o quien fuere.
En tiempos de clásicos Boca - River, River - Boca, una silla en “lo de Ritta” era lo más codiciado.
Pero no solamente convivieron los vecinos y amantes del vermú en su interior, sino también aquellos jóvenes que, tras jugar un picadito en el Parque –o en el predio de Sitramun–, iban a consumir una “coca” de vidrio en su vereda. Y la palabra “coca” en este perfil es genérica, porque podía ser otra marca, cualquiera (Dirubín, Moni, Villa, Bichy, Tico-Tico. ¿Cuántas segundas marcas hemos comprado y consumido los argentinos?).
Testigo de la historia, el Bar Ritta (también quiosco), siguió firme, junto al pueblo (como Crónica TV). Vecino de la carnicería “El Galleguillo”, habitante de “la calle honda” (viejo nombre por el que conocían la calle Belgrano). Por su vereda pasó la historia, por su mostrador también habitaron cientos de clientes y en su homenaje no faltó nadie. Estuvo presente el intendente Ignacio Tagni (quien le entregó una placa), vecinos, amigos, clientes, nietos, hijos y demás. Cincuenta años de comercio no son pocos, y siempre es necesario festejar. Festejar para sobrevivir.
