El docente presentará su segundo poemario, “Con mis manos dormidas”
Cucharas que chocan contra tazas
Juan Pablo Abraham abre una caja de sensaciones, recuerdos, emociones y sentires en su placa. Se presenta el próximo viernes 27 de junio en la Medioteca Mariano MorenoPoner la mesa y que los cuchillos y los tenedores no sean del mismo juego -o que las sillas no sean parecidas- son actos tan cotidianos y de entrecasa que se vuelven mágicos por la observación atenta de un artista. Algo así expone el escritor villamariense (por adopción) Juan Pablo Abraham en su última obra poética, “Con mis manos dormidas” (Editorial Elemento Disruptivo, 2024).
La placa, que se presentará el próximo jueves 27 de junio en la Medioteca Mariano Moreno, desde las 19, se amalgama con “La Soledad del pan” (Borde Perdido, 2019), ya que posee las mismas nobles armas que seducen, hacen pensar y generan travesías, tanto en el viejo continente como en nuestra pampa húmeda y alambrada. ¿Es posible que lo germánico lo haya atravesado? ¿Qué es un hombre si no más que un cúmulo de circunstancias?
Metáforas con vertientes de Oliverio Girondo, elección de palabras de raíces borgeanas y el pan como un elemento en el que se concentra una significancia de varias aristas, son algunas de las excusas para encarar un libro que promedia las cincuenta páginas.
En medio de la atmósfera, bien marcada, se encuentra la muerte vista a los ojos, cara a cara. Pero la contemplación de la finitud tiene dos contextos bien distintos: la confirmación de un fallecimiento y la partida dolorosa que nunca llegó a encontrar su desenlace -la herida cierra, pero la cicatriz queda-.
“Pompeya”, “paloma”, “pan”, “juncos”, “muerte”, “perros”, “mamá”, “papá”, “hijas”… ¿Para qué realizar citas directas? Sería sacarle la sábana al fantasma o evitar aquella sorpresa -y alegría- que nos da un nuevo libro de poesía que tiene lo esperado: pausa, prisas, remates y el deseo de más.
Recuerdos que caminan despacio
La docente y licenciada en Ciencias de la Educación, Silvia Giambroni, se expresó respecto al naciente libro de Abraham en el texto que se comparte a continuación:
“… el presente
es una Pompeya
que bajo las cenizas
espera
ser visitada.”
El cielo de Pompeya, nos cuenta la necesidad de hallar en el silencio de la casa, mientras todos duermen, el conjuro que revele el secreto de Pompeya, de las cenizas de un tiempo endurecido, del deseo de limpiar los ojos de la niebla y escuchar la canción lejana de los ancestros. De descubrir entre los recuerdos que caminan despacio, que cantan la infancia de las uvas y las cabras, el misterio del tiempo y las cenizas de la memoria. Cenizas de un volcán, cenizas de dolor, cenizas que ahogan, que dejan sin aire, que obligan al olvido. Y así, pateando palabras, atravesando el campo gris de los miedos, se arma, poema a poema, este libro, que se nutre del arrullo del corazón. Y los versos se siguen escribiendo:
“Hasta que el Vesubio
haga de mis palabras
una sola obra
con mis manos dormidas.”
Y la vida y su listado de tareas cotidianas parece demorar el momento epifánico en que puedan verse de nuevo aquellas calles que corrían con los niños, calles de un tiempo en que no había ni miedo ni odio.
Pompeya como refugio y palabra del dios que mira desde el poniente y también vuela la paloma que le dona la palabra al poeta, que le ofrece la memoria para componer estos versos del amor, del arrullo y el frío, de la piedra, el volcán, la ternura y el olvido, y también, de la cesta vacía y la soledad del pan.
Una obra repleta de metáforas, atmósfera e intimidad compartida.
