Lenguaje inclusivo, bajo la lupa
Sobre la elasticidad del lenguaje
¿Alguna vez le agregaremos “e” a los sustantivos? ¿Cuál es la función de la RAE?en el mundo hispánico?Sí, la lengua española posee cargas políticas, de poder, de poderosos y también de sometidos. Pero, de igual modo, la mudanza o los cambios del “estado de la lengua” fueron siguiendo una impronta, un tiempo y una adaptación que maduró hasta que ya no pudo evitarse.
¿A qué nos referimos con “estado de la lengua”? A cómo se comporta nuestro léxico durante el paso de los años y a qué cambió cuando fue analizado.
“¿Se puede obligar a una persona a no decir una palabra? Obvio que no, salvo en contextos totalitarios. Le lengua requiere de tiempo y de convenciones”.
A modo de ejemplo: si empiezan millones de hispanohablantes a decir la palabra “dengue”, a la Real Academia Española (RAE) no le quedará otra que aceptarlo en su enciclopedia, a esto se le llama “neologismo”. Si millones de hispanohablantes dejan de utilizar la palabra “loriga” (porque ya no se utilizan las armaduras en las guerras), RAE deberá modificarlo y moverlo a la lista de “arcaísmo”, palabras que están en desuso.
Esto nos conecta directamente con el lenguaje inclusivo, tan en boga durante este mes por la prohibición de su uso en la Administración Pública por parte del Gobierno nacional.
Las preguntas que nacen aquí son dos: ¿Se puede obligar a una persona a no decir una palabra? Obvio que no, salvo en contextos totalitarios. En democracia, ir en contra del lenguaje inclusivo, como Estado, es una medida electoralista (como también lo es militarlo desde la política y no dejar que las cosas sucedan y sigan su camino).
¿El lenguaje inclusivo puede todavía llegar a imponerse? Sí. Pero lo que necesita es el uso y tiempo.
Existe una falsa idea de legitimación otorgada por la RAE. La institución, según su estatuto y reglamento, tiene como misión principal “velar por que los cambios que experimente la lengua española, en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes, no quiebren la esencial unidad que mantiene todo el ámbito hispánico”.
Es decir, se reconoce que la lengua cambia y que el español (como lengua) también es flexible. Pero no todo tiene la velocidad de un chasquido de dedos.
Por la Península Ibérica –cuna de la lengua española- pasaron cientos de pueblos (y otros jamás se movieron). Algunos de estos pueblos nómadas (iberos, celtas, moros, germánicos, celtiberos, latinos) o sedentarios (vascos), dejaron su influencia y generaron un movimiento.
Si el pueblo vasco no hubiera persistido en su utilización -a pesar del exterminio que quisieron generarle-, hoy no utilizaríamos palabras como chatarra, aquelarre, bacalao, mochila, cencerro o alud. Lo mismo con los árabes (jarra, loza, alfil, sed, nácar, almohada, tabaco) y sobran ejemplos sobre otras sociedades.
La explicación es sencilla, pero las preguntas siempre están mal hechas y el falso progresismo ha hecho creer que ser conservador es subestimar una nueva forma de expresarse. De ninguna manera.
Que una decisión política pretenda levantar como bandera de igualdad y pluralismo el hecho de cambiar una letra para generar una nueva atmósfera social es falso y dañino. Simpatizantes del Gobierno de turno pueden apoyar y hasta utilizar el “lenguaje inclusivo” falsamente, como si realmente creyeran en él; aunque también hay quienes lo avalan, piensan que es necesario y está bien. Pero, al mismo tiempo, aquellos que no simpaticen con determinada idea política, terminarán aborreciéndolo.
Sin más definiciones, la lengua requiere de tiempo. La imposición de una forma de expresarse, por más que sus intenciones sean buenas -como lo vemos- nunca podrá triunfar en un marco de combate constante. Las convenciones no son lo mismo que los consensos. En una convención se vuelve norma una práctica admitida de modo tácito. Es decir, el precedente o la costumbre puede torcer la historia. Estas convenciones, valoradas por todos, termina generando en el habla algo tan natural como el hecho de respirar.
Las instituciones nacionales que bregan por este cambio en la manera de hablar (y de escribir) también lo hacen por otras cuestiones (menor cantidad de crímenes de odio, baja en la cantidad de femicidios, respeto a la identidad sexual y de género y demás). Ahora, y ante la urgencia de un país en crisis, lo que más apresura son otros puntos que el lenguaje en sí mismo.
Eso sí, preocupa cuando se le solicitan opiniones -desde el periodismo- a actores sociales que no tienen formación respecto a la lengua. En ese punto, también juega en contra el hecho de que los portavoces que defienden esta cuestión no estén a la altura o no tengan preparación previa (por ejemplo, no saber cómo funciona la RAE).
*El autor es profesor de Lengua y Literatura
