Opinión
El poder de un granito de arena
Alberto Morán, tal su nombre artístico, es cantor de tangos, es argentino, vive en París desde siempre y todas las mañanas ejercita su memoria tratando de escribir en un cuaderno los nombres de su familia lejana.
Y no recuerda a nadie.
Apasionado por la filosofía griega, donde asevera, nació el tango, solo lo mantiene vivo la esperanza de encontrar a esa persona que se encargará de poner sobre su boca la moneda el día de su muerte, para pagarle a Caronte el barquero que lo cruzará al mundo de los muertos.
Como buen argentino, lo desvela una duda, la posible devaluación de la moneda que guarda y que la misma sea insuficiente para el peaje y quedarse en este mundo donde la inestabilidad psíquica se ha aliado con el poder.
Lo tranquilizaría saber que la moneda está compuesta de un valor inalterable, el valor de su pasado, de su conciencia y que, sus fallas en la memoria, responden a la memoria de cera, de manufactura argentina, aquella que se derrite para no recordar y empezar de nuevo a creer.
El desequilibrio psíquico ha encontrado su lugar, ha salido de consultorios, hospitales, centros de salud para empoderarse y elevar a la categoría de dioses a líderes personalistas, teorías economicistas, ante un mundo debilitado por frustraciones naturales y otras pergeñadas en oscuros sótanos de algoritmos.
Es el dios de las tinieblas. El mundo está de rodillas ante tanto poderío destructivo e incontrolable, la unión del poder bélico con los vericuetos imprevisibles del desequilibrio.
Es tan brutal la deshumanización que vivimos, que los muertos en los partes de guerra son anunciados en los medios visuales, casi en los mismos formatos de la información meteorológica; muertos hoy, probabilidades para mañana, zonas afectadas.
El mundo pareciera estar en manos de irresponsables ludópatas que juegan a la batalla naval o a los dados con fichas humanas.
El verdadero poder está en las ideas, no hay nada más poderoso que una idea cuando se pone en marcha. El verdadero poder está en entender y respetar los ciclos de la naturaleza, los políticos, los históricos sociales y los emocionales.
Quien se interesara por saber cuántas veces late el corazón en el transcurso de nuestras vidas, jamás se animaría a empuñar un arma.
Se podría decir que estos argumentos que esgrimo son antiguos, superficiales, naif.
Veamos, un hijo se convierte en hombre cuando el padre lo abraza y le dice te quiero, esas palabras tendrán el valor de una biblioteca que lo acompañará siempre y este hijo lo repetirá con sus hijos.
Si el padre le infunde miedo nunca saldrá de su casa y vivirá buscando depender de alguien que le preste el coraje renunciando al valor más preciado, la libertad.
Las sociedades son también permeables al miedo, cuando se siembra el miedo ficticio o real, casi siempre el primero, el desconcierto se expande y le allana el camino a líderes de personalidades que rozan los límites de la cordura, la única luz que ofrecerán, será la de una inmensa hoguera, hoy prendida en medio oriente.
A pesar de todo, apenas un granito de arena, pero contundente de la existencia de los ciclos está ocurriendo cerca de nosotros, el resurgimiento exponencial de la literatura infantil, los libros de cuentos.
Los padres de la mano con los escritores, vuelven a sembrar en esos pequeños cerebros esponjas, el valor de la imaginación, la emoción y las hazañas de las cosas simples, todo lo mejor que nos fue dado.
En el momento más oscuro se descuelga el alba, dice el poeta.
*Escritor y psicoanalista villamariense, vicepresidente de la Sociedad Argentina de Escritores a nivel nacional
