LAS PALABRAS LLEGAN CUANDO EL CORAZÓN LAS SUELTA

Se te extraña, Baruj

No fuimos amigos. Solamente me hacía bien saber de su existencia. Latía en alguna parte. Y una mañana, una tarde o un desvelo lo traerían cerca con sus letras

L?as “Cartas a un joven poeta”, de Rainer María Rilke, como el intercambio epistolar entre Carlo Maria Martini y Umberto Eco en la obra “En qué creen los que no creen”, son tan solo dos muestras de lo mucho que se pueden expresar dos personas a través de la escritura. Y me remito a esos ejemplos, porque la palabra escrita fue el hilo que me unió a un hombre, a un ser humano cuya necrológica publicamos a mediados de este mes en nuestras páginas.

Recién entonces, en la letra fría, lapidaria, supe que tenía 61 años.

La comunicación que manteníamos era por WhatsApp. Aquí tengo todos sus mensajes; en mi celular.

[19/10/2022 10:24] Baruj: “El patio. Una ventana por la que el cielo nos mira. Hoy con una lluvia que borra la maldad y lava las heridas del alma. Bautismo”. ¡Un abrazo grande, Sergio querido!

Poesía pura. Pura poesía. Y en estos tiempos de necesidad y urgencia, palabras así, surgidas de la nada, de la lluvia, son de agradecer.

[19/10/2022 11:07] Sergio Vaudagnotto: Gracias, querido Baruj. Tus palabras se me cuelan por las ventanitas de arriba hasta el corazón. Gracias, gracias.

Otro día:

[5/8/2023 19:05] Baruj: Lita hacía salsa de tomates. De las mejores. De esas que no se igualan por más que te reciten la receta como un rosario sagrado y se te paren al lado para comprobar que piques como se debe la cebolla. Porque, como cualquiera que haya intentado alguna vez prender un fuego para cocinar sabe, el ingrediente está en las manos. Y las manos de la salsa eran únicamente las de ella. Y como el corazón también está en las manos, replicarla fue y será siempre un imposible.

Yo nunca la probé. Solamente me la contaron en un testimonio nostálgico que hizo el mismísimo Roberto, el hijo de Lita, debajo de un árbol que es un santuario mínimo plantado en el fondo del patio de mi casa. Un relato que terminó en melancolía junto al último mate de la tarde cuando me confesó algo de la vejez de ella, esa sentencia universal, inapelable y paciente que le aflojó las piernas, que hizo sus manos vacilantes, y al final hizo imposibles sus salsas.

Ochenta y tantos Roberto. Un largo tiempo para dar. Para la herencia larga de recuerdos de las mesas de familia, para los convites de pastas acordados con la parentela los domingos o de los fideos con la mismísima salsa recalentados en noches sin pormenores a mediados de semana. Y aunque hoy Lita acá no repita nunca más su estrella, porque hoy temprano se fue, sí lo hará en ese otro mundo en el que la esperan otras manos abiertas como pájaros”. Baruj.

Así firmaba, Baruj.

Tenía esa escritura milagrosa que te hacía sentir el sabor de la salsa de tomates de Lita, que él tampoco había probado jamás.

Porque sucede que cuando alguien está por arriba de los cien libros, ha conocido casi todo, lugares, países, personas, salsas de tomate...

[17/8/2023 08:48] Baruj: Parafraseando a Aroldo Conti mientras sale el sol: “De alguna manera yo ya era así hace sesenta años cuando abrí por primera vez los ojos. Crecer no fue otra cosa que pensarme. Ahora que recuerdo todo eso, pienso para atrás, pero no nazco de nuevo. En eso consiste la vejez. Dulces memorias”.

Y una Navidad. La última.

[24/12/2023 19:07] Baruj: Dos hermanos remendones, de andrajos viejos o de zapatos cansados que ya pedían pido. De lo que fuera por casi nada. Por los mangos seguro que no era porque, como siempre, llegaron otra vez a otra Navidad pobre. Celebración de un breve mendrugo de pan casi dulce y una botella de sidra que fue el pago de algún esmerado zurcido de harapos ajenos.

Noche más buena que las otras que no ostentó moños en los regalos; el Niñito Dios dejó solamente dos hojas de árbol sobre la mesa del festejo: una hoja de oro. Otra de alegría.

En una vida de derroches imposibles, la hoja de oro voló enseguida. Tantas cosas que siempre hay que pagar. La otra, porque ellos la quisieron, pudo perdurar sin perderse cosida en una camisa en el bolsillo del corazón. Y porque la querían así, siempre verde, nunca envejeció”. Baruj.

(Condensado de un cuento que le conté a las chicas hace muchos años en una mesa navideña), me explicaba.

Y así, tengo muchos otros mensajes. Hoy rescato y comparto unos pocos a manera de homenaje y mañana mismo los copio a todos y hago un documento de Word para leer y releer, de tanto en tanto, como su último libro, “El Evangelio de los condenados”, como cualquiera de sus textos, plagados de ese humanismo que seguramente le hacía brillar los ojos cuando nombrabas a la Fabi, a sus hijas, a cada uno de los suyos, rumbo a la feria, con el pan y las migas del corazón.

Lo abrazo desde este medio al que tanto abrazó y alentó. Y... dibuje, maestro. ¡Juegue, juegue!

“Correr con todo el alma.

Ya no juego como antes. Seguramente, por los años y otras yerbas, hay cosas que ya no me salen con las piernas. Aunque, confieso, por ahí la imaginación me las desata y vuelven a ser hábiles y fuertes como cuando salía a correr al lado de las vías del ferrocarril de Villa María para estar en estado, para poder desparramar ‘a piacere’ a los otros en la cancha y hacer un gol en los mundiales domingueros de El Yuyal, en esos arcos de palos torcidos y travesaños dudosos, solamente imaginados a la altura de los arqueros que siempre iban rotando. Un gol cada uno.

Empujo una silla cerca del televisor mientras los años se me desandan rápido. Vuelvo a ser como antes. Ni el viento me alcanza.

Veo a Messi con la pelota pegada al pie y la esperanza se me pega al cuero. Pico al lado. Llego. Me da un pase entre los defensores, gambeteo al último y hago un final que fue de grito. Tenía que ser así. Una alegría tan grande como la del gol del Diego contra los ingleses. Una de las historias a las que ya no habrá nunca tristezas que las puedan.

Estoy viendo al Leo levantar la Copa y me veo a mí también en la foto de la final sentado en mi silla vieja que desvencijó el Mundial de tanta gambeta y saltar patadas. Al borde de todo, a la orilla de la cancha de un metro cuadrado en que jugué la final de Qatar, mis hijas y la Fabi se matan de risa del que está sentado entre lágrimas y gritos, todavía chuequeando y revoleando las piernas.

Las miro seriamente y me río también. Y ahí me doy cuenta: me declaro definitivamente a favor de las alegrías y de todos los que trabajan por ellas”.

Baruj.