MICRORRELATOS desde Tío Pujio

La tempestad

David Valdez (26) es oriundo de Tío Pujio. Desde muy temprana edad, lo cautivó la lectura. Esto, sumado a una pasión por los idiomas, despertó en él un anhelo de explorar el mundo de la escritura
domingo, 10 de septiembre de 2023 · 08:54

Y comenzó a crear historias en las que, según su testimonio, pudo “ser libre a través del poder de la palabra”. El 10 de agosto presentó su primer libro, Alas de libertad, una historia que resume la importancia del servicio a los demás y del amor en todas sus vertientes. En esta página, dos de sus microrrelatos inéditos

Esta mañana regresé más rápido que lo habitual al refugio que entraña mi hogar, un santuario donde quedo a corazón abierto y me despojo de mis alegrías y mis penas, allí donde lo cromático de la vida pugna por desplegarse como un caudal turbulento de emociones.

Al cerrar la puerta, el silbido del viento se coló por detrás y rasgó el velo silencioso que reinaba en la habitación. Dejé las bolsas con las compras semanales sobre la mesa y froté mis manos, entumecidas por el despiadado frío de julio. Las incesantes gotas de lluvia que golpeaban el techo gestaban una melodía irregular, y el paisaje plomizo e inhóspito que se dibujaba sobre el ventanal acrecentaba lo íngrimo de la escena.

Embelesado por lo risueño y lo perturbador de la soledad, tupida como una traicionera niebla de madrugada, repasé el camino que me había guiado hasta la seguridad de mi morada. No obstante, mi atención se desvió hacia las frágiles hojas de las plantas que danzaban en medio del temporal. Reparé principalmente en cuán desteñidas lucían a causa del paso inevitable de las estaciones y, por alguna extraña razón, pensé en vos.

En nosotros.

En lo nuestro.

Sonreí al rememorar lo esplendoroso que había sido el árbol de nuestra relación y los ostentosos frutos que habíamos cosechado hasta que la sentencia irrevocable del invierno lo despojó de su vitalidad. Con desdén, desnudó su copa y saturó su belleza con el vacío del adiós. Lo que habíamos creído como perenne solo había sido otro castillo de naipes que buscaba burlarse de una tormenta descomunal.

Escapé de mi abstracción cuando un inadvertido rayo de luz rompió con la monotonía de mi ritual dedicado a la añoranza. Al enfocar mis ojos, descubrí que las nubes negras del cielo se arremolinaban con desesperación ante la ostentosidad de un halo dorado. De repente, el aguacero había cesado para darle paso a una benevolente armonía.

Sonreí por segunda vez al comprender la señal: así como la tempestad sucumbe ante una nueva promesa del sol, el dolor también tiene su fecha de vencimiento.

Y sé que esta lacerante distancia que hoy nos separa no será la excepción.

 

La vida misma

Me rebullo en mi asiento y cruzo las piernas para disimular la incomodidad que me inunda segundo a segundo. Mientras repiqueteo los dedos sobre la mesa, escrutinio a quienes me circundan. Prácticamente, la totalidad de los invitados pueblan la pista. Sus vítores y carcajadas contribuyen a reforzar lo que a estas alturas resulta evidente: la fiesta ha alcanzado su clímax. Muy pocas personas permanecen ancladas a sus asientos. No solo portan una máscara que linda entre el desánimo y la apatía, sino que el rictus que exhiben contrasta con la algarabía que nace desde el corazón mismo del salón.

Suspiro y me pregunto por qué soy parte de ellos. No bien concibo la duda, mi fuero interior irrumpe en carcajadas que se prolongan en un eco atiborrado de ironía. Conozco la respuesta con una claridad meridiana. Solo reparar en las cicatrices de sus almas, algunas de ellas sin suturar, es suficiente para darme cuenta de las similitudes que compartimos.

Algo en mí pugna por rebelarse, por apoderarse de mi cuerpo y encomendarme al júbilo que se desata a escasos centímetros de mi mesa, pero la misma secuencia repleta de recuerdos lánguidos se interpone y me condena a la monotonía de la impasividad. Bajo la mirada en señal de derrota. ¿Acaso otra vez las cadenas del pasado surgen de las cenizas para condenarme al sinsabor del lamento?

Cuando decido girarme e ignorar los hechos, una mano gentil se abre paso entre la multitud y se despliega ante mí. Me quedo estupefacta por la invitación implícita del gesto, pero también por la familiaridad de la figura que se recorta en medio de tantas luces. La observo incrédula y comprendo a la perfección el calibre de los sentimientos que refulge en sus ojos. En ellos priman la armonía y el desinterés, pero también el amor, esa luz tan frágil que hace tiempo me sumió en las penumbras.

Mi pretendiente luce expectante. Ansía atestiguar alguna reacción de mi parte, obtener ese «sí» que mis labios aún no se animan a susurrar. De repente, la música eleva su cadencia y desemboca en un ritmo desenfrenado. Como su mano tendida se impacienta, da el paso que yo tanto temo. Me obliga a pararme y, cuando menos lo espero, se ajusta en torno a la curva de mi cintura para hacerme girar en medio de la pista.

En un segundo, soy consciente del cambio operado, por lo que respiro para que mis pulmones se llenen de una brisa fresca, de esas que vienen a limpiar el aire viciado de una habitación. Mi corazón relincha y comienza a galopar con la misma adrenalina que imprime lo desconocido. Otra vez la vida y sus mil matices me han sacado bailar.

Desconozco la pieza, por lo que me enfrasco en el mejor de los esfuerzos para seguir el ritmo. No quiero tropezar, ni caer, ni vivenciar el mismo desenlace de la última vez. Mi bailarín, sin embargo, parece encontrarse en el polo opuesto. Se mueve con un aire que refleja pericia pero naturalidad a la vez. Lo observo sonreír y mis comisuras caen bajo el mismo influjo de alegría. Es justo en ese momento que me posee la más inesperada de las epifanías: esta vida es prueba y error, estrellarse contra el suelo para luego volver a emprender vuelo, pero mucho más alto que antes. Esta vida es una melodía sin igual, una combinación imprevisible de sonidos y silencios que siempre nos regala un nuevo compás para que regresemos a la pista.

Me siento vibrante.

Me había olvidado tan rápidamente del frenesí de esta fiesta, de la aventura que implica vivir, que deseo bailar la próxima pieza y mil más.

Sí, a pesar de haber jurado en nombre del miedo que no volvería a hacerlo, me animo a bailar una vez más.

Me animo a la música y a su libertad.

Me animo a la vida misma.