Dughetti reúne 20 años de poesía

El escritor y docente Marcelo Dughetti presentará durante las próximas semanas “Vertebrar el cielo”, placa que reúne veinte años de escritura desde el fundante “Esa joroba de bronce (2003).

El volumen editado por el sello local Apócrifa, que supera las 500 páginas, reúne la lírica del maestro de enseñanza primaria y Técnico Superior en Comunicación Social, nacido en 1970.

El libro tiene prólogo de Nicolás Jozami y contratapa de María Teresa Andruetto.

Los libros que integran la obra son, a saber: Esa joroba de bronce (2003);?Donde cayó esta muerta (2003); El monte de los árboles sogueros (2007); Los perros del loco Torriglia (2009); Los caballos de Isabel (2009); Hospital (2012); Sioux (2013); Fui a cuidar los árboles (2013); Babuinos (2014); Otras canciones (2018); Ciervos rojos (2019); No sabrías escribir mi nombre (2019); Córtex (2019); Cuando muera mi padre (2019 y 2022); Galgos de sol (2020) y Días de guerra (2023).

 

“El soplo vibrante de la poesía”

Jozami, en el prólogo destaca: “El filósofo e historiador del arte Georges Didi-Huberman dijo en una entrevista que un poema nunca se escribe para quitarle el lugar a otro. La poesía -seguía- nunca es Poder, sino Potencia. Esta obra reunida de Marcelo Dughetti es la puesta en acto de aquel dictamen: atravesamos sus libros -aquí felizmente reunidos, donde podemos calibrar la estatura de sus versos junto a su cosmos espiritual- sin salir ilesos. El obligado temblequeo, el soplo vibrante de la poesía de Dughetti lleva impresa la palabra Comprensión, pero una que se erige desde la soledad. El poeta no juzga, no dirime, no sentencia, no sermonea, no explica, no describe; invita a tomar su mano y acompañarlo para indagar hasta dónde somos capaces de acariciar lo que no tenemos cerca, o lo que hemos perdido, que es más o menos lo mismo”.

“Hay zonas temáticas recurrentes, manchas fulgurantes que se despliegan a lo largo de una vida dedicada a la poesía: la infancia, el sentido del amor, el miedo, la cofradía de la palabra que siempre parece elusiva, la empatía hacia lo yermo, lo alucinatorio de lo cotidiano, vivir para entender que no entendemos qué es vivir. Encontramos en su primer libro, Esa joroba de bronce el poema “Naturaleza muerta”: “La manzana negra y triste/abierta en mitades dispares,/alumbra de horror/la mesa de agosto//Sobre la mesa/los brazos del hombre,/sobre los brazos del hombre/el mundo.” Habrá a lo largo de su escritura el componente sacrificial, cuya propuesta frente al lector será espiar el arrojo desgarrado del mundo, uno donde “Los elementos naturales se desviven por/demostrar el brillo de todo”.

“La fuerza de la poética dughettiana reside en el vaivén entre una gratificante comunión con la vida y la potencia -vital también- que no oculta un verdadero corazón espantado: “esto ha sido/por los siglos de los siglos/la soledad de la serpiente/en tu boca de manzana”, encontramos en El Bosque de los árboles sogueros, donde el sosiego y calor del conocimiento humano no es distante del papel misterioso y vilipendiado que debe cumplir el reptil bíblico. Entiéndase: Dughetti acompaña la orfandad de la serpiente”.

“Esa compañía imposible, sin embargo, niega su concreción con la tenacidad misma de una escritura que se arriesga a comprender los acercamientos y alejamientos humanos entrelazados en un mundo que cautiva por la solidez de sus trampas. En Los caballos de Isabel se cuestiona el poeta: “¿Si en lugar de la respiración de nuestra hija/hubiera un lobo, un lobo triste, que nos come vivos?”, donde otra vez los extremos no están lejos, y la estafa de una vida que nos muestra obcecada, la búsqueda de la felicidad y el escape del dolor es una falacia cuando ampliamos el amperaje de comprensión hacia todo lo que nos envuelve.

En las brutales y piadosas fábulas que son Sioux, Babuinos y Hospital, el poeta clama por ejemplo, la esperanza de que su hija “dibuje un árbol que sangre para siempre”, y he allí una cifra intolerablemente vital. Para muchxs poetas la lengua es un calabozo del corazón; junto a César Vallejo, Jorge Teiller, Olga Orozco, Idea Vilariño, entre varixs más, está Marcelo Dughetti. Si a la vida hay que gastarla, cosas que pocos entienden, Dughetti lo hace limando los barrotes de su calabozo y contaminando de una potencia cegadora cada uno de sus libros; el poeta como alguien “que fabrique un sueño/y te haga creer la mitad”, o como un ser que conoció a “bestias de la noche y el encuentro de dos/que viven con la intensidad de un cadáver”. Esos dos son, claro está, el lenguaje y el autor.

El poema se escribe para comprender. Así, en infinitivo, y en medio de una tormenta que compromete. Un poema no se hace para ocupar el lugar de otro, porque busca comprender todo aquello que no es él. Dughetti, cual omnímodo animal absorbente, succiona los latidos de la más profunda -y profusa- cotidianeidad. Cada texto puede leerse como un fractal de esa máxima. La soledad adánica de la serpiente debe curiosearse y perseguirse para saber qué sitio ocupa en el pentagrama del mundo; debe mantenerse sangrante el árbol en el dibujo del ser amado para saber que la vida lo atraviesa y atravesará; el pastor de murciélagos custodiará los corazones más rojos como cifra del color que renueva la mirada.

“Como escribió Cesare Pavese en sus Diarios el 26 de abril de 1936: “Existe también el tipo que cuanto más cae a tierra, y debería pensar solo en ponerse de pie, más piensa en volar y se exalta”. Este poeta villamariense no es paulatino; es un veloz inconformista del alma crujiente: ser “un llamador de ángeles en la tormenta”; escribir como “rumores de animales perseguidos”: allí el auténtico destino de la poesía de Dughetti, en su ciudad, en nuestra provincia, en las letras contemporáneas de Argentina. Es el que le auguró a Vertebrar el cielo, un testamento de luz”, redondeó el escritor, docente e investigador oriundo de la provincia de La Pampa.